Alejandro y Richard invirtieron lo suyo en poner un pequeño snack de gyros. Uno de ellos trabajó dos años con un turco que le enseñó cómo darle sazón a ese manjar del medio oriente. Llevaban cinco meses de buenas ventas –el vecindario ya los conocía y apreciaba– cuando llegaron los bloqueos, y con ellos, la falta de carne, pollo y de transporte para llegar hasta donde tenían alquilado el local. Ahora, tienen la deuda asumida por la compra del equipo y el mobiliario, además de tener que pagar el alquiler del mes y medio que no abrieron.
Uruguay es llamado por muchos “la Suiza del cono sur”. Su estilo de vida y su nivel de desarrollo son envidiables. Eso lo hace un mercado muy exigente, y los bananeros del Chapare llegaron a posicionar sus productos allí con mucho esfuerzo. Sus “hermanos” a las órdenes de las famosas seis federaciones bloquearon durante 51 días, y ahora, ese mercado está perdido, cubierto por proveedores de Paraguay y Ecuador.
Luis llegó al hospital producto de una neumonía. El cuadro no hubiera progresado con mayor riesgo, de no ser porque esa noche se acabó el oxígeno. Todo el disponible tuvo que ir para la sala de neonatos y para emergencias. El fallecimiento de Luis era posible de prevenir, pero imposible de adivinar, y él partió sin haber cumplido el medio siglo de vida.
Hay una ley que cualquier persona que haya hecho una mudanza conoce de memoria: lo que no se sostiene, se cae. Lo curioso es que llevamos años construyendo instituciones sin esa ley elemental de la ingeniería social que es la responsabilidad. Funcionarios que se van sin dar explicaciones, dirigentes que bloquean sin que nadie les cobre la factura, autoridades que se equivocan y, en lugar de corregir, simplemente cambian (“queman”) a un personero.
La impunidad no es solo la ausencia de cárcel para el culpable; es, sobre todo, la certeza compartida de que nada va a pasar. Y cuando una sociedad internaliza esa certeza, deja de hacer preguntas, porque ya sabe, de antemano, que nadie va a responder.
El costo de esto no se mide solamente en juicios que nunca llegan, sino en la arquitectura invisible de la confianza, ese espacio negativo que se define no por lo que vemos, sino por lo que falta. Cuando el ciudadano de a pie comprueba, una y otra vez, que el dirigente que paralizó el país durante semanas nunca respondió por las muertes que dejó a su paso, que el que profirió amenazas xenófobas vuelve a hacer uso de los micrófonos, que el que cometió horribles actos con menores se pasea todo campante y protegido por sicarios extranjeros, algo se quiebra: el contrato social se convierte en una sugerencia, y cada uno empieza a jugar con sus propias reglas. La corrupción deja de ser escándalo y se vuelve costumbre; la mentira deja de ser noticia y se vuelve clima.
Una sociedad sin consecuencias no es una sociedad libre: es una sociedad a la deriva, donde el más fuerte, el más violento o el más cínico termina llevándose la mejor parte, mientras el que cumple las reglas se siente, cada vez más, como un tonto útil. No hay gestión, ni discurso, ni billete nuevo que reconstruya lo que la impunidad demuele todos los días, ladrillo a ladrillo, hasta que un día la estructura entera cede y nadie entiende por qué.
Estamos ya en el día después. Terminaron los bloqueos, las razones de los mismos siguen ahí: incumplimiento de compromisos, angurria política, incomunicación que deriva en desconfianza. Estamos bajo un estado de excepción que la mayor parte de la sociedad aprobó y casi que solicitó como un mal necesario (nadie lo celebró, a todos nos alivió), pero sabemos que algo se ha roto y algo se ha quedado sin cerrar, hay una puerta que está abierta y los malos aires van a volver si no exigimos que quienes han causado este descalabro económico y social se hagan responsables.
Es increíble que tengamos que pedir una “ley antibloqueo”, que tengamos que recordar que los derechos de uno terminan donde comienzan los de los demás, que el derecho a la protesta viene con la responsabilidad de hacerse cargo de las consecuencias de la misma.
Si queremos un país distinto, va a tocar empezar por algo incómodamente simple: que las consecuencias dejen de ser opcionales.
