Hace un par de semanas atrás, Willy Zeballos, cantante de PK2, desató una ola de críticas: “Las canciones de PK2 son para clase alta”, dijo. Desde ese instante, corrió mucha agua por el río. La indignación y el enojo se hicieron sentir. No era para menos, esa declaración pone en evidencia un tema recurrente: la manía de estilizar el arte, especialmente, la música.
La estilización de la música tiene efectos sociales nocivos, su objetivo convertir la música en una mercancía en desmedro del debilitamiento, obviamente, de una determinada identidad cultural. O sea: convertir lo popular u originario –muchas veces desdeñado y tildado de “populacho”—en algo apetecible para el gusto de sectores elitistas. Eso ocurrió hace años cuando se intentó estilizar la música de Los Karkas devenido en Pacha.
El intento fue un fiasco. En su momento, el filósofo y musicólogo, Theodor W. Adorno se opuso a que el jazz se convirtiera en un producto para el consumo de masas, gracias a la Industria Cultural por su efecto alienante. Así es el capitalismo.
La música, aunque muchos dicen es “universal”, pero, en los hechos es diferenciadora: establece fronteras socio/culturales dándole la razón a Pierre Bourdieu: los habitus, o sea, los gustos, estilos de vida y formas de pensar están moldeados y, en tal sentido, el consumo cultural, sirve, en definitiva, para establecer esas distancias sociales que caracterizan a las sociedades jerarquizadas y, aun peor, racializadas, ejemplo, el caso boliviano.
De allí, consumir cumbia para los sectores elitistas, a pesar de su ritmo pegajoso, no responden a su estilo de vida, quizás, les gustan, pero, confesarlo sería considerado herejía por su clase social, y necesitan de una cumbia que no sea propiamente cumbia, o sea, una cumbia jailona. Aquí, quizás, radica el nudo gordiano. La cumbia en cualquiera de sus modalidades resulta ser un nicho apetecido por los mercaderes de la música que necesitaban que ese ritmo “populachero” sea aceptado y, obviamente, consumido por esos sectores elitistas, que, además, no tengan carga de conciencia al momento de escuchar ese tipo de música. De allí, su estilización.
La forma de despreciar la música consumida por el “populacho” no solo es una cuestión mercantil, es, también, una cuestión cultural e inclusive de rasgos racistas. Escuchar música de ellos (del “populacho”) sería rebajar su gusto musical modelada para un determinado consumo cultural, entonces, escuchar ese tipo de música sería rebajarse socialmente. De allí, esa cumbia hecha supuestamente por PK2 –confesada por uno de sus integrantes– cuaja perfectamente a esa forma de concebir la música de forma estilizada. O sea: convertir la cumbia chicha en una cumbia wiski.
Ciertamente, el proceso de estilización genera un debilitamiento de la identidad cultural en aras que ese producto sea globalizado y, por lo tanto, globalizado. No es sola una modificación musical—o sonora–, sino que tiene implicancias en el tejido identitario. Es una mestización cultural y, como todo proceso de mestización sirve para ocultar el trasfondo cultural que subyace en esa forma de concebir la música: la cuestión colonial que arrastramos como sociedad.
La cumbia jailona responde a esa lógica cultural colonial que se empecina en ocultar las jerarquías sociales, vía la estandarización cultural. La cumbia de PK2 muestra esa estilización musical sirve para que los jóvenes elitistas no tengan vergüenza por escuchar cumbia chicha, escondido por una estilización, igual que sus abuelos: no confesaban gustar la chicha, pero, a escondidas se escapaban a las chicherías.
