Hace algunos años, durante una conversación entre amigos, alguien afirmó con la seguridad que suele acompañar a las ideas equivocadas: “La teoría no sirve para nada”. Nadie respondió de inmediato. La frase quedó suspendida en el aire, como tantas otras que se repiten hasta adquirir apariencia de verdad. Sin embargo, desde entonces vuelvo a ella con frecuencia porque resume uno de los malentendidos más extendidos de nuestro tiempo.
Vivimos fascinados por lo inmediato. Todo debe producir resultados rápidos, demostrar utilidad instantánea y ofrecer soluciones prácticas. Las redes sociales han convertido la opinión en reflejo, la reacción en virtud y la velocidad en criterio de verdad. Pensar demasiado parece sospechoso. Reflexionar antes de actuar se interpreta muchas veces como una pérdida de tiempo. Y, sin embargo, nunca hemos necesitado tanto de la teoría como ahora. Kurt Lewin, uno de los pioneros de la psicología social, dejó una frase memorable: “No hay nada más práctico que una buena teoría”. La aparente paradoja encierra una verdad profunda. La teoría no es algo separado de la vida ni una ocupación reservada para académicos. Es la manera en que intentamos comprender el mundo para orientarnos dentro de él.
Todos tenemos teorías. Las tiene el comerciante que invierte porque cree que la economía mejorará. Las tiene el político que diseña una estrategia electoral. Las tiene la madre que educa a sus hijos siguiendo ciertas convicciones. Las tiene el ciudadano que confía o desconfía de las instituciones. Incluso las tiene quien afirma que las teorías no sirven para nada. Detrás de toda acción existe siempre una idea acerca de cómo funciona la realidad. Los grandes filósofos dedicaron sus vidas a perfeccionar esas ideas. Platón buscó las verdades ocultas detrás de las apariencias. Aristóteles intentó comprender las causas de los fenómenos. Descartes nos enseñó a dudar para pensar mejor. Kant mostró que no observamos el mundo de manera pasiva, sino que lo interpretamos mediante categorías que organizan nuestra experiencia. Todos intentaban responder una misma pregunta: ¿cómo orientarnos en medio de la complejidad de la existencia?
Los sociólogos heredamos esa inquietud. Marx descubrió que muchas de nuestras ideas están condicionadas por las estructuras materiales de la sociedad. Durkheim reveló la fuerza de las normas y valores colectivos. Weber enseñó que para comprender la acción humana debemos comprender también los significados que las personas atribuyen a sus actos. Más cerca de nuestra experiencia cotidiana, Alfred Schutz observó que vivimos dentro de un mundo que damos por sentado.
Sabemos cómo saludar, conversar, trabajar o desplazarnos por la ciudad. Todo parece natural, pero no lo es. Son construcciones sociales aprendidas y reproducidas diariamente. Berger y Luckmann explicaron que la realidad social es una obra colectiva que producimos de manera permanente. Goffman descubrió que la vida cotidiana se parece muchas veces a una representación teatral en la que interpretamos roles, administramos imágenes y negociamos identidades.
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La teoría, entonces, no nos aleja de la vida, más bien, nos permite verla mejor. Nos ayuda a comprender la polarización política, la proliferación de noticias falsas, la fragmentación de las conversaciones públicas o las transformaciones provocadas por la inteligencia artificial. La teoría ilumina aquello que la costumbre vuelve invisible.
Pero los grandes pensadores nunca concibieron la teoría como un fin en sí mismo. La entendieron como una herramienta para actuar. Es aquí donde aparece uno de los conceptos más fecundos de las ciencias sociales: la praxis. La praxis es el encuentro entre reflexión y acción. Es el momento en que el pensamiento se convierte en intervención sobre la realidad y la experiencia regresa para enriquecer el pensamiento. Pensamos para actuar mejor y actuamos para comprender mejor. Toda sociología de la vida cotidiana tiene necesariamente a la praxis en su centro.
Algunas corrientes contemporáneas, agrupadas metafóricamente bajo la idea de una sociología cuántica, aportan intuiciones sugerentes. Nos recuerdan que vivimos en sistemas complejos donde todo está conectado con todo y que pequeñas acciones pueden generar consecuencias inesperadas, en las que el observador forma parte de aquello que observa. No somos espectadores de la realidad, somos participantes de ella.
Por eso, cuando escucho que la teoría no sirve para nada, recuerdo aquella conversación y sonrío. La historia humana demuestra exactamente lo contrario. Las grandes transformaciones sociales comenzaron como ideas. Las revoluciones científicas fueron primero hipótesis. Las innovaciones tecnológicas fueron primero imaginación. Toda práctica eficaz nace de una comprensión profunda de la realidad. Y toda buena teoría encuentra finalmente su destino en la vida cotidiana de las personas. Después de todo, pensar no es alejarnos del mundo. Pensar es una de las formas más profundas de habitarlo.
*Es sociólogo
