No cuestiono investigar la posible infiltración del narcotráfico en la cadena forestal . Sería ingenuo negarlo. Mas al contrario, creo que es saludable que se realice una investigación seria, internacional, transparente y técnicamente verificable.
Lo que sí cuestiono es que una narrativa de “madera impregnada” sea aceptada como verdad concluyente sin peritaje suficiente. Peor aún cuando se trata de maderas tropicales duras, secadas industrialmente, no perforadas y aparentemente lisas. No es lo mismo afirmar que una carga dio positivo en una prueba preliminar que demostrar que toneladas de madera contienen droga incorporada de manera real, recuperable y económicamente funcional.
La naturaleza del soporte material es decisiva. El caso de las drogas sintéticas impregnadas en papel, detectado en cárcel norteamericana, muestra cómo pueden adherirse en soportes altamente porosos: cartas, documentos, etc. El papel absorbe líquidos y retiene sustancias. Pero esa lógica no puede trasladarse mecánicamente a maderas como tajibo, almendrillo, morado o cuchi. Papel no es madera tropical y secada en horno. La porosidad, densidad, humedad residual y el tratamiento industrial modifican radicalmente la posibilidad de impregnación.
Documentos técnicos recientes sostienen que las especies mencionadas están clasificadas como no permeables. Si ni siquiera un procedimiento tecnificado logra penetración relevante; la afirmación de una impregnación masiva mediante baño químico exige una explicación científica extraordinariamente rigurosa.
A ello se suma el problema de las pruebas presuntivas. Las colorimétricas de campo, como las utilizadas para detectar cocaína o ketamina, pueden orientar una investigación, pero no cerrar una verdad penal. La prueba del guantelete ofrece una analogía útil: durante años se creyó que ciertas reacciones químicas bastaban para inferir que una persona había disparado un arma; luego se advirtió que podían existir falsos positivos por contaminación, contacto con otras sustancias. El error no estaba en investigar disparos, sino en convertir una señal preliminar en prueba concluyente.
También existe una duda de escala productiva. Si se compara la coca excedentaria boliviana con las toneladas atribuidas a Chile, Brasil, Argentina y otros puntos, las cifras difundidas parecen exigir una explicación logística y productiva mucho más robusta. La tesis de que Bolivia sería principalmente país de tránsito de droga peruana tampoco puede funcionar como alcahuete.
Puede existir tránsito, acopio o refinación de pasta base proveniente del Perú; pero si Perú tiene producción propia y salidas portuarias directas, debe explicarse por qué una organización criminal asumiría el costo y riesgo de traer droga a Bolivia para luego reenviarla por Chile, Brasil, Argentina o Paraguay. La respuesta no puede limitarse a invocar corrupción o menor control, porque esos países de salida también presentan riesgos, controles y vulnerabilidades propias. Deben demostrarse nodos concretos: laboratorios, rutas, operadores, funcionarios capturados, empresas pantalla, transportistas y firmas químicas coincidentes.
Finalmente, el caso aparece en un clima geopolítico particular: la puesta en marcha del llamado Escudo de las Américas (07/03/26) contra las drogas, bajo liderazgo estadounidense, y su recepción regional como política de seguridad frente al crimen transnacional. A ello se suma la oportunidad interna boliviana: una noticia conocida inicialmente en Chile meses antes fue reflotada en junio, durante una fuerte confrontación entre el gobierno y Evo Morales, en medio de bloqueos, crisis social y acusaciones oficiales sobre financiamiento del narcotráfico a la movilización. Ese dato no prueba que el caso sea falso ni que haya sido fabricado. Pero obliga a distinguir entre hecho criminal, peritaje técnico y uso político del hecho criminal.
Mi hipótesis: debe investigarse a fondo toda posible penetración narco en la cadena forestal, pero no puede aceptarse sin examen riguroso la idea de una impregnación masiva en maderas tropicales duras, secadas industrialmente y no perforadas. La verdad del caso no depende del escándalo mediático ni de la conveniencia política del momento, sino de la trazabilidad de la carga, la cadena de custodia, el método de muestreo, la contramuestra, la identificación exacta de las especies, la prueba confirmatoria instrumental, la explicación científica del supuesto mecanismo de contaminación y el enriquecimiento ilícito (UIF) del propietario. Sin eso, más que criminología, estaríamos haciendo propaganda con bata de laboratorio.
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