El 9 de julio de 2026, tras seis días de duelo, fue enterrado en Mashhad el hombre al que sus seguidores conocían como «El Imam de los Oprimidos», el bastión del Eje de la Resistencia, el Líder Mártir de Irán, ayatolá Seyed Ali Jamenei, cuyo cortejo fúnebre fue calificado por el Financial Times como uno de los funerales más multitudinarios de la historia contemporánea, con una asistencia de entre 10 y 20 millones de personas en Teherán y más de 40 millones en todo el país según estimaciones de la agencia Fars, un adiós que el mundo no esperaba.
A las exequias asistieron delegaciones de más de 100 países, entre ellos jefes de Estado de Rusia, Turquía, Irak, Pakistán, China, Cuba y Armenia, y las ceremonias se extendieron por Irán, Irak, Yemen, Líbano, países de Europa y América Latina, un dato que desarma la narrativa de aislamiento que Estados Unidos e Israel intentaron consolidar tras el ataque del 28 de febrero, cuando pensaron que con su martirio destruirían a la República Islámica, pues todo lo contrario, el funeral histórico mostró la derrota estratégica de Washington y Tel Aviv.
La enorme popularidad de Jamenei y su importancia geopolítica radican en el Eje de la Resistencia, una filosofía de soberanía, la convicción de que la revolución es un proceso permanente que debe defenderse contra la injerencia extranjera, una política de defensa activa de los vulnerables y los oprimidos, tal cual lo erigió el Imam Jomeini, una arquitectura ideológica que fusiona la fe chiíta con la lucha antiimperialista.
¿Pero quién era el ayatolá Seyed Ali Jamenei? Desde el derecho internacional, Jamenei era el Jefe de Estado de un país reconocido por la comunidad internacional, miembro de Naciones Unidas, que gobernó durante casi 37 años. Tras la Revolución Islámica de 1979 y la guerra impuesta por Estados Unidos a través de su aliado Saddam Husein, la teocracia islámica fue conducida primero por el ayatolá Ruhollah Jomeini y, a su muerte en 1989, la dirección recayó en Ali Jamenei, quien ya había ejercido dos mandatos como presidente, consolidando el Estado, su estructura política y su geopolítica de defensa y resistencia, avizorando desde sus inicios la confrontación con sus enemigos.
Durante casi 37 años, Jamenei le dio identidad a Irán frente a sus vecinos del Golfo, quienes, pese a estar bajo la capa protectora estadounidense, vieron cómo ese paraguas se desmantelaba y comprendieron que el Irán chiíta, pese a estar aislado, bloqueado y bombardeado, se ha convertido en la nueva potencia de Asia Occidental. Su legado demuestra que la teocracia islámica no es dogma; sino poder misilístico, conocimiento nuclear y capacidad defensiva, y cohesionó una sociedad que sus enemigos daban por derrumbada. Su sucesor, el ayatolá Mojtaba Jamenei, calificó la participación popular como «histórica» y ha jurado venganza contra «los asesinos criminales», una advertencia que eleva la preocupación internacional.
Cuando Donald Trump ordenó su asesinato el 28 de febrero, creyó que el sistema político iraní se desplomaría, pero la República Islámica no solo ha sobrevivido, sino que se ha consolidado como un contrincante fuerte. Analistas señalan que Jamenei derrotó al imperialismo: los 14 puntos del memorándum de entendimiento fueron favorables a Irán, mientras Washington aceptó las condiciones de Teherán. Esta derrota no ha dejado dormir a Trump, lo ha incomodado como aquel boxeador que no acepta su derrota y busca la revancha para lavar su imagen, más aún cuando el impeachment, tras una posible derrota en las elecciones de medio término en noviembre, podría sepultar definitivamente su carrera política.
Desde el santuario del Imam Reza en Mashhad, el eco de la marea humana que despidió a Jamenei sigue resonando como un recordatorio de que los pueblos que resisten no se rinden ni con bombas ni con bloqueos, y que el legado del «Imam de los Oprimidos» trasciende las fronteras de Irán para convertirse en un símbolo de la lucha por la soberanía y la dignidad en todo el mundo.
