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Malvinas … continúa?

Renzo (papá de Alessandro) , experto en futbol, me habló de la cábala y la camiseta gaucha. Creo que cuando Argentina e Inglaterra se enfrentaron, el partido comienzó antes del pitazo inicial, en la memoria colectiva. En el campo estuvieron once jugadores por lado; fuera de él comparecieron. Malvinas y la derrota militar, Maradona y la “mano de Dios”, la revancha deportiva y una antigua necesidad de reparación simbólica.

La camiseta azul es una buena puerta de entrada para comprenderlo. Después de la victoria de 1986, dejó de ser una simple prenda deportiva y se convirtió en objeto ritual. Su poder simbólico se reforzó incluso cuando Argentina no la utilizó y perdió. La lógica del mito es circular: si se usa y se gana, el símbolo funciona; si no se usa y se pierde, la ausencia del símbolo explica la derrota. De ese modo, tanto su presencia como su ausencia confirman la creencia. El imaginario construye un sistema difícil de refutar.

Esto permite ir más allá del fútbol. La verdadera cuestión es cómo los imaginarios colectivos limitan nuestra libertad. Actúan de una manera profunda: organizan el mundo dentro del cual creemos elegir. Nos dicen qué recordar, qué olvidar, quién pertenece al “nosotros”, quién encarna al adversario, qué emociones son legítimas y qué conductas merecen aprobación o rechazo.

Y aparece Foucault, aunque con una precisión necesaria: no elaboró una teoría de los “imaginarios colectivos”. Su lenguaje fue otro: discursos, dispositivos, relaciones de poder, normalización y producción de subjetividades. Pero la tesis de fondo coincide con esta reflexión: el poder no actúa solamente prohibiendo o castigando; también produce saberes, identidades, verdades y formas de percibirnos a nosotros mismos.

El poder más eficaz no es siempre el que ordena desde afuera. Es aquel que consigue que el sujeto interiorice una norma y la viva como propia. Entonces ya no hace falta obligarlo a sentir: aprende qué debe sentir. No hace falta imponerle un enemigo: aprende a reconocerlo. No hace falta dictarle una conducta: el relato colectivo le proporciona un guion que ejecuta convencido de actuar espontáneamente.

Por eso, ante Inglaterra, un futbolista argentino puede no estar pensando conscientemente en la guerra de 1982 y, sin embargo, jugar dentro de una atmósfera simbólica que exige garra, resistencia y victoria. Del mismo modo, el espectador puede creer que contempla solamente un partido, aunque interpreta cada acción mediante una memoria que lo precede.

El imaginario, entonces, no destruye la libertad; reduce silenciosamente su horizonte. La presión no siempre castiga el cuerpo: muchas veces disciplina la pertenencia.

Foucault no conduce al fatalismo. Si existen relaciones de poder, también existen resistencias. La libertad comienza cuando hacemos visible aquello que parecía natural. Preguntar por qué una camiseta se convierte en amuleto, por qué una nación necesita conservar simbólicamente a un enemigo o por qué un gol puede sentirse como reparación histórica, es comenzar a romper la aparente evidencia del mito.

La persona completamente libre no existe, porque todos nacemos dentro de lenguajes, memorias y relaciones de poder que no elegimos. Pero puede existir una libertad más lúcida: la de quien reconoce los relatos que lo habitan y decide cuáles conservar, cuáles transformar y cuáles abandonar.

El fútbol es un escenario privilegiado para observar cómo una sociedad recuerda, fabrica identidades y administra enemistades. La pelota rueda durante noventa minutos; los imaginarios, en cambio, llevan décadas jugando el partido.

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