El Bicentenario, hace un año, nos encontró con la cabeza puesta en otra parte, en las filas de combustible, el precio de los alimentos y la incertidumbre de cada semana. La cifra redonda pasó casi de largo, sin la celebración que dos siglos de vida republicana merecían. Ese aniversario nos llegó en un mal momento.
Con todo, el tercer siglo empieza este mes, en un año sin efeméride propia y sin solemnidad. Nos encuentra procesando cambios, adaptándonos a ciertos ajustes y aguardando otros urgentes; con temas pendientes aún sin resolver, pero con la certeza de que la incertidumbre no nos puede paralizar. Quizás por eso sea el aniversario que más diga sobre nosotros. Los países no se conocen por cómo celebran, sino por lo que hacen al año siguiente, cuando los reflectores se apagan y la vida sigue.
La tarea por delante es distinta a la que nos formó. Bolivia demostró una capacidad extraordinaria para conmoverse, convocarse y levantarse. Lo hizo tras cada crisis y haciendo respetar la decisión de las urnas. Esa fortaleza está probada. Pero la virtud que nos toca ejercitar ahora es más callada y difícil, la capacidad de sostener. No recibe aplausos, pero es la más importante al final del día.
Este año el país volvió a comprobar hasta qué punto la vida cotidiana depende de algo tan elemental como un camino abierto. Lo vimos en cada región, en la carga varada, las familias que perdieron ingresos y las que perdieron mucho más. De esa dura experiencia debemos rescatar lo que sirve. Un camino abierto es la forma más concreta que tiene un país de decirse que está de acuerdo consigo mismo. Cuidar esa forma de acuerdo, entre regiones, sectores y bolivianos que piensan distinto, es la primera obra pública pendiente del tercer siglo y debe ser construida por todos.
Hay una idea central que quisiera proponer, la confianza se construye por repetición. El mundo evalúa a las naciones por aquello que sostienen en el tiempo, mucho más que por lo que anuncian en un momento dado. Una regla que se mantiene, un contrato que se cumple, un plazo que se respeta, una cuenta que se rinde. Cada hecho parece pequeño y no genera titulares. Sin embargo, repetidos durante años, vuelven previsible a un país. Y la previsibilidad es hoy el activo más escaso y valioso que Bolivia debe construir.
Conviene admitir que esta idea carece de espectáculo. La constancia no se inaugura, no tiene fotografía ni se anuncia en cadena nacional. Pero es lo único que ha cambiado el destino de las naciones. Los países que admiramos hicieron lo mismo durante décadas. Nosotros no tenemos más tiempo para discutir cómo empezar de nuevo desde cero; ya perdimos dos décadas dando vueltas en círculo.
El sector empresarial tiene una responsabilidad específica, y la asumimos. La reputación de un país se produce todos los días, en cada exportación a tiempo, en cada obligación que se honra, en cada empleo formal que se crea y en cada empresa que decide crecer en lugar de esperar. CAINCO ha acompañado 111 de los 201 años de vida de nuestro país, más de la mitad de nuestra historia, y ha visto al país atravesar circunstancias muy complejas. De esa trayectoria aprendimos algo simple: las instituciones que permanecen son las que hacen lo correcto tanto en los años buenos como en los difíciles.
La agenda del tercer siglo está a la vista, y requiere constancia: integrarnos al mundo con reglas estables; aprovechar nuestra posición y recursos energéticos con visión de futuro; incorporar a la economía formal a la mayoría que trabaja al margen de ella; sostener la inversión en innovación y hacer del encuentro entre oriente y occidente una práctica cotidiana, no un gesto de ocasión. Ninguno de estos objetivos se resuelve en un año, pero todos se pierden en un año si se abandonan.
Quisiera que el 201 se recuerde como el año en que Bolivia empezó a sostener. No habrá un acto conmemorativo para eso, porque la constancia no tiene fecha en el calendario. Se verá dentro de una década, cuando alguien mire atrás y encuentre una línea continua donde antes había interrupciones.
Ese es el aniversario que de verdad vale la pena preparar. Que el primer año del tercer siglo nos encuentre haciendo lo que mejor sabemos hacer, sostener el país.
