Scarlett Menacho Eyzaguirre, directora de Ratio Legis y especialista en franquicias, viene acompañando a la Cámara de la Pequeña y Mediana Empresa (CAPYME) en la ruta de la gastronomía boliviana hacia el modelo de franquicia. Sintetiza la idea de manera directa. «Crecer con la plata de otros, eso es crecer con una franquicia, no abrir sucursales con una inversión propia», asevera.
Las franquicias no son una novedad en Bolivia —existen en el país desde 1999—, pero según Menacho el fenómeno reciente tiene otra explicación. «Recién desde el 2020 han comenzado a surgir nuevos emprendimientos, después de la pandemia», señala. El repliegue de marcas extranjeras en 2024 y 2025, sumado a las restricciones cambiarias, aceleró el giro hacia negocios locales. «No teníamos dólares, no se podía pagar regalías afuera, entonces hay muchos emprendimientos que han optado por este modelo. Y han comenzado a crecer exponencialmente», explica.
El ejemplo que cita es el de Bianca Flor, que «solo en 2025 abrió seis franquicias». Para Menacho, el rubro gastronómico concentra hoy la mayor cantidad de franquicias del país, tanto extranjeras como locales, y sigue en expansión. Las charlas y capacitaciones de la Cámara, dice, buscan instalar el modelo «a nivel nacional, no solo del cruceño o del cochabambino». Esto porque, advierte, persiste el desconocimiento sobre este sistema. Insiste en que «no necesitamos inventarlo, ya está inventado». Cita como referencia a EEUU, donde operan 800.000 franquicias.
Estandarizar todo
El paso previo a franquiciar, explica Menacho, no es comercial sino operativo: un estudio de franquiciabilidad. «Existen unos 23 modelos de franquicia», precisa, y cada emprendimiento debe identificar cuál se ajusta a su negocio antes de avanzar.
El núcleo del proceso, sin embargo, está en los manuales. «La franquicia no puede ser un autoempleo», afirma, en referencia a los negocios que dejan de funcionar apenas se ausenta su dueño. La solución pasa por documentar cada proceso: producción, atención al cliente, sistemas operativos, etcétera, La idea es que «no necesite el dueño en el local su negocio, porque todo va a estar plasmado en manuales». Esto incluye también la elección de proveedores, tarea que corresponde únicamente al franquiciante. «Para que su producto, en todas sus cadenas franquiciadas, tenga la misma calidad», explica la especialista.
El objetivo, dice, es replicar la experiencia de las grandes cadenas. «En cualquier Burger King que vamos, nos atienden de la misma forma, nos sirven el mismo producto y tienen los mismos precios». Esa estandarización, subraya, protege al negocio de la rotación de personal. «Si hay un trabajador que sabe las recetas, se nos va y nos deja vacíos», ejemplifica.
Marca registrada
Desde su rol de abogada, Menacho es clara sobre el punto de partida legal. «Para poder franquiciar, lo primero que tenemos que hacer es registrar nuestra marca, nuestro nombre, en el Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (SENAPI)». Esa marca es, en rigor, lo que se otorga en una franquicia: el derecho a usar un nombre con reputación en el mercado.
Los manuales de operación también son registrables, aunque —advierte— «muy pocas empresas lo realizan». El contrato de franquicia es, en cambio, el instrumento donde se plasma la relación entre franquiciante y franquiciado, con una cláusula de confidencialidad que protege el know how transmitido. Bolivia, recuerda Menacho, no cuenta con una ley específica de franquicias. Por lo que estos acuerdos se elaboran como contratos atípicos, «conforme al Código de Comercio, el Código Civil y la Ley de Propiedad Intelectual». Esa ausencia normativa, dice, es también la razón por la que no existen contratos modelo: cada uno se adapta al negocio particular.
Con la mira en México
La agenda de Menacho no se detiene en Bolivia. En octubre expondrá en el Congreso Internacional de Franquicias, organizado por ILAF en México, adonde llevará marcas bolivianas interesadas en ingresar a ese mercado. Un movimiento que confirma, en los hechos, la tesis que sostiene desde la Cámara: que el modelo de franquicia dejó de ser una rareza para convertirse en una vía de expansión para el empresariado boliviano.
