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El fin de la política sin algoritmos en América Latina

Durante décadas, la política formal funcionó bajo una lógica en la cual la fuerza bruta financiera y mediática eran los factores determinantes. Para construir una candidatura viable era imprescindible contar con una maquinaria partidaria consolidada, una red de alianzas territoriales y, sobre todo, un muy grande presupuesto para financiar spots televisivos, vallas publicitarias y propagandas radiales. Ese ecosistema que, cabe decir, estuvo muy bien custodiado por la prensa tradicional y las dirigencias históricas, dictaba quién tenía la legitimidad para aspirar al poder. Hoy, esa arquitectura se encuentra en pleno colapso frente a nuevas formas de intermediación digital.

El ascenso masivo de plataformas como TikTok, Instagram, YouTube y Facebook no ha representado una simple actualización en los canales de difusión; ha reconfigurado por completo la lógica misma de la representatividad política. Vivimos en una era en la que la interacción es directa y está intermediada por algoritmos. En esta era, el formato corto, la inmediatez, la polarización y la emoción cruda han dejado obsoletos a los costosos aparatos de campaña de antaño. La plaza pública se ha trasladado al teléfono móvil y, en ese nuevo terreno, las reglas del juego son radicalmente distintas. No gana necesariamente quien tiene el programa de gobierno más sólido, sino quien logra secuestrar la atención del usuario por más segundos.

La irrupción del «fiscalizador digital» en Bolivia y la región

América Latina se ha convertido en uno de los laboratorios más dinámicos y representativos de esta metamorfosis. En un entorno fuertemente marcado por el desencanto hacia las instituciones públicas, la desconfianza en la justicia y el agotamiento de los discursos ideológicos tradicionales, el electorado no busca propuestas programáticas densas ni planes de gobierno de cientos de páginas. Lo que demanda es acción perceptible, conflicto frontal y una apariencia de autenticidad que rompa con la impostura de la política clásica.

En Bolivia, este fenómeno ha alcanzado un punto de inflexión mediante el surgimiento de liderazgos gestados y alimentados íntegramente en las redes sociales. Casos como los de Carlos «Mamén» Saavedra o el Capitán Edmand Lara ilustran a la perfección cómo el poder político actual puede construirse al margen de las estructuras partidarias históricas y de los viejos padrinazgos territoriales.

De TikTok al sillón del poder

Mamén Saavedra no articuló su proyección pública a través de grandes mítines ni pactos entre bambalinas, sino mediante transmisiones en vivo y videos cortos enfocados en la fiscalización urbana. Con un teléfono en la mano, exponiendo irregularidades municipales, cobros indebidos u obras abandonadas, convirtió la denuncia en tiempo real en su principal activo, acumulando millones de reproducciones y un respaldo popular tangible. La cámara se convirtió verdaderamente en una herramienta de ejecución política.

Por su parte, Edmand Lara pasó de ser un oficial de policía sancionado y perseguido institucionalmente por difundir actos de corrupción interna en redes sociales a convertirse en una figura política de alcance nacional. En ambos casos, el algoritmo hizo más que solamente multiplicar su alcance; también validó su narrativa de justicieros y fiscalizadores frente a un sistema francamente ineficiente y corrupto.

Este patrón, con obvias ciertas diferencias, se asimila con lo sucedido en otros rincones de la región. Figuras como Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina demostraron tempranamente que la confrontación abierta, el lenguaje simple y agresivo, la estética disruptiva y la producción de contenido adaptado a la economía de la atención son capaces de aplastar a los partidos centenarios sin necesidad de apelar a los canales de comunicación tradicionales ni a las formas del pasado.

El antecedente global: del algoritmo a la Casa Blanca

Aunque los casos latinoamericanos tienen características propias derivadas en gran parte de la informalidad y la desconfianza institucional, el antecedente indiscutible de esta era se encuentra en la política estadounidense con la irrupción de Donald Trump.

Trump fue el primer líder de escala global en comprender que los medios de comunicación tradicionales (periódicos, grandes cadenas de televisión) habían perdido el monopolio de la agenda pública. Al utilizar Twitter para comunicarse sin filtros, insultar a rivales y posicionar temas controversiales en cuestión de segundos, estableció el marco rector de la nueva política. Quedó completamente claro que la provocación constante genera cobertura gratuita y un engagement (interés) orgánico imbatible. Trump demostró que la indignación es el combustible más eficiente para el algoritmo y que la atención mediática, incluso si es profundamente negativa o escandalosa, se traduce en un formidable capital electoral.

La paradoja del algoritmo: viralidad versus idoneidad

Es innegable que el desplazamiento de los viejos intermediarios ofrece en apariencia una democratización del acceso al espacio público. Sin embargo, este modelo puede llevarnos a una distorsión peligrosa sobre los criterios de selección de las democracias contemporáneas, transformando el debate público en un mercado de estímulos hiperactivos.

Las plataformas digitales no están pensadas para buscar la verdad, ponderar argumentos o incentivar la deliberación racional; están diseñadas para premiar el conflicto, la simplificación, lo estruendoso y la polarización, porque son esos los elementos que retienen al usuario pegado a la pantalla. Como consecuencia directa, el debate político queda reducido a una puesta en escena permanente, un espectáculo donde la complejidad técnica se descarta por aburrida y la narrativa de choque se premia con millones de reproducciones.

En este nuevo ecosistema, los atributos que teóricamente definen a un gobernante, como la preparación técnica, el conocimiento profundo de la administración pública, la capacidad de negociación, la honestidad comprobada y la idoneidad moral, pueden perder casi todo su valor frente al volumen de likes y seguidores. Se podría decir que hoy es infinitamente más ventajoso para un candidato ser famoso y viral que ser competente y decente. En medio de una infinidad de otros fenómenos, esto hace que la democracia corra grave riesgo. Específicamente, debemos evitar que el concurso electoral se transforme en una mera competencia de entretenimiento, donde la capacidad real para gobernar quede en un plano irrelevante frente a la habilidad para capturar la atención de las personas y monetizar la indignación colectiva.

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