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La peligrosa fatiga social

La fatiga social no es nueva, pero no por eso es menos peligrosa. Más bien en estos momentos de caos sistémico en Bolivia, es muy peligrosa. Y lo es por la acumulación de una rabia contenida por la cada vez mayor crisis económica, por la cada vez mayor crisis política y por el cada vez mayor cabreo social. En todos los sentidos. Desde los mundanos que también están siendo afectados porque lo ordinario es extraordinario, hasta los más sublimes como el arte y la cultura que también se ven impactados por una crisis económica descomunal.

El boliviano vivió demasiadas veces todos estos escenarios caóticos durante las últimas tres décadas y el peligro de este actual contexto es el hecho de que una sociedad cansada – incluso diría exhausta y decepcionada – suele salir del lugar donde está por cualquier puerta tras romper la vajilla y los vasos puestos sobre la mesa.

La gente valora menos la democracia que hace 10 años, desconfía de las instituciones políticas, los presidentes, congresos, partidos, de cualquier instancia de poder. Todo están en la misma olla desportillada y ennegrecida por los fuegos sobre carbón de tantas crisis sociales, políticas y económicas.

Hay una crisis en la representación política que afecta a los partidos políticos en tres dimensiones: han perdido su identidad –y como consecuencia de eso la gente no se identifica con ellos–, han sido capturados por individuos y se han fragmentado al máximo.

Y las consecuencias son un cabreo que es la tónica diaria y el límite está a punto de ser cruzado – una vez más – en busca de una solución in extremis. La impotencia de todos los bolivianos es generalizada. Ya no importa cuáles y hasta ni siquiera quiénes y cómo: lo único que importa es que alguien venga y ordene este desmadre. El gran peligro es que aquella persona o caudillo – somos caudillistas desde siempre y esperamos las grandes soluciones bajadas del cielo – vendrá con una carga autoritaria muy fuerte. Y eso lo hace muy peligroso por imprimir una conducta ilegal, inmoral y, obviamente, inconstitucional.

Las encuestas, por su parte, sostienen que los jóvenes están muy abiertos hacia un gobierno autoritario porque ven su futuro inmediato precarizado, a sus familias en una crisis de sobrevivencia económica y a los políticos como una suerte de fulanos que sólo buscan su beneficio propio por medio de corruptelas.

Las personas cansadas mantienen, de alguna manera, una pequeña dosis de energía. Una reserva mínima que recupera su energía por momentos, pero luego retorna al límite. Su cansancio es, en cierta forma, temporal. Muy por el contrario, los fatigados ya han agotado por completo sus reservas y están imposibilitados de reaccionar o de mantener un cierto esfuerzo prolongado en un lapso breve de tiempo. Sólo les queda la bronca. La rabia contenida y son ampliamente sujetos de manipulación para fines muy peligrosos, por buscar una redención.

Los fatigados no recuperan sus energías positivas solo con un descanso. El cansancio, sí. Entonces, el peligro real reside en el hecho de que esta fatiga ya está afectando a la sociedad en s conjunto. Los fatigados ya forman parte de colectivos masivos y sectoriales y los une la rabia y la frustración. Por lo tanto, el gobierno debería estar muy consciente de las gravísimas consecuencias sociales, políticas y democráticas de esta fatiga crónica.

Las sociedades exhaustas y decepcionadas suelen salir del lugar donde están por cualquier puerta. Y esa salida no siempre es dialogada. Por lo tanto, la clave de bóveda del instante que vive nuestra sociedad fatigada consiste, precisamente, en no agregar un nuevo conflicto político o económico innecesario. Reitero: ¡Innecesario! Y más aún cuando todas las políticas públicas que se aprueban no son aceptadas, ni respetadas y muchísimo menos compartidas. Este hastío, esta posible derrota psicológica de la sociedad, puede dar al traste con todos los esfuerzos económicos y políticos que se están activando. ¡Todos!

El clima de frustración sobre el que cabalga este fenómeno en Bolivia es muy profundo y peligroso. Y no tomar con seriedad esta fatiga de la sociedad, es jugar con un sismo político gigante, cuyos resultados pueden ser catastróficos para todos los bolivianos.

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