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PISA: ¿una farsa?

La prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) es una evaluación internacional estandarizada creada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que mide las competencias de estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias. En la edición PISA 2025 participaron 91 países y economías, los resultados fueron publicadas el 8 de septiembre de 2026. La próxima evaluación internacional será el 2029 y tendría énfasis en las competencias digitales y en inteligencia artificial.

La última evaluación de PISA presenta los peores resultados de su historia y muchos investigadores lo denominan “catástrofe educativa” o “colapso mundial de la educación”. Sin embargo, esta prueba es una farsa que no mide integralmente la calidad educativa de los países. Es apenas una evaluación en tres áreas y, además, no responde a las necesidades del siglo XXI. El debate y cuestionamiento comienzan porque la OCDE tiene una visión economicista e instrumentalista de la educación, con una evaluación influida por grupos empresariales que pretenden establecer lo que debe ser la educación, mientras la participación técnica de los organismos educativos es incipiente.

Según Howard Gadner (1983) identifica al menos ocho inteligencias humanas clave: lingüística, lógico–matemática, espacial, musical, corporal–cinestésica, interpersonal, intrapersonal y naturalista. De ellas, PISA evalúa principalmente competencias vinculadas con la comprensión lectora y las matemáticas. Desde esa perspectiva, la prueba no evalúa integralmente los objetivos de aprendizaje ni las competencias que desarrollan las diferentes culturas. Diane Ravitch historiadora y especialista en la política educativa estadounidense de George H. Buchs, cambió de posición respecto a varias políticas educativas que anteriormente había apoyado. En su texto Muerte y vida del gran sistema escolar norteamericano, advierte que la educación debe estar “informada por los datos, no conducida por los datos”; las mejoras en las calificaciones no siempre son sinónimo de una mejor calidad educativa.

Entonces, la educación no se puede traducirse en preparar estudiantes para rendir el examen. Al respecto educadores populares como Luis Bonilla Molina con su planteamiento del “apagón pedagógico” y Marco Raúl Mejía, con el concepto de “despedagogización”, coinciden en que la educación pierde centralidad pedagógica, cuando las políticas educativas ponen demasiado énfasis en pruebas, resultados, indicadores o procedimientos administrativos y dejan en segundo plano el papel pedagógico del maestro con incidencia en el aprendizaje profundo.

La evaluación PISA presenta limitaciones con la representatividad de la muestra (760.000 frente a 33 millones), la aplicación de pruebas estandarizadas, la evaluación de determinadas competencias y la escasa consideración de las diferencias culturales, lingüísticas y socioeconómicas entre países. Tampoco evalúa las habilidades blandas que se requiere en el presente siglo. Por ello, sus resultados deben entenderse como un elemento de diagnóstico y no como una mirada integral de la calidad educativa.

La OCDE parece concebir al ser humano como parte de una economía global y asumir que todos deben desarrollar las mismas competencias. Esta visión estandarizada parte de un mundo que, en realidad, no es estándar.  Desde un paradigma educativo, la evaluación responde a círculos económicos y economicistas y no necesariamente a una visión humanista de la educación.

En ese escenario, el Estado boliviano debe repensar la participación en PISA y priorizar el desarrollo de un sistema propio de evaluación educativa con muestras representativas. El objetivo debe centrarse en construir evidencias e insumos para diseñar políticas públicas y formar profesionales con alta especialización en evaluación educativa, superando la premisa de que una nueva ley o la participación en una evaluación internacional solucionan por sí solos los problemas educativos del país.

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