No hay duda de que la primera dama María Elena (Bibi) Urquidi tiene poder; sin embargo, no está claro el uso que hace de él; es más, si le corresponde tenerlo; y, finalmente, nos permite entrar en el repaso de lo que significa el empoderamiento femenino y preguntarnos: ¿Bibi es una mujer empoderada?
Como dato previo, el denominado Despacho de la Primera Dama fue creado en 1998, en el gobierno de Hugo Bánzer, mediante el Decreto Supremo 25214, con el que a la esposa del Presidente de la República se le atribuía el rol de promover políticas sociales y coordinar planes y programas de apoyo a favor de algunos grupos sociales generalmente vulnerables y desatendidos.
Esta norma quedó abrogada en 2004 (DS 27394), en la presidencia de Carlos Mesa, y la figura fue totalmente eliminada en los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce, en el entendido de que la esposa (o hermana o hija) no tienen nada que hacer en un gobierno, ya que el mandato es personal y no familiar, además de colocar a la mujer del presidente en condición de apéndice del marido y en roles machistas, por estar restringidos al cuidado, y de carácter clasistas, ya que tienen una función asistencial marginal y no de política social fundamental.
En el actual gobierno conservador, el rol tradicional de la primera dama ha vuelto a hacerse presente; aunque, con la abrogación de este cargo, recurre al marco de las Unidades de Apoyo y Gestión Social dependientes del Ministerio de la Presidencia. Eso, en lo formal, porque por otras vías ha trascendido que Urquidi tiene gran presencia en asuntos del gobierno.
A raíz de la detención del asesor presidencial Fernando Cerimedo (acusado de intento de feminicidio y otros cargos) se han difundido una quincena de grabaciones (confirmadas como válidas por varias verificadoras) de conversaciones entre él y varias personas del gobierno. Allí se incluyen al presidente Rodrigo Paz, a ministros, a diputados y también a la primera dama y a una de sus hijas, donde se evidencia una participación en decisiones que van más allá de lo, digámosle, convencional.
En las grabaciones se entiende que Urquidi (y Cerimedo, quien tampoco tenía cargo formal alguno) tendría poder sobre la designación de puestos decisivos, estaría sobre ministros de Estado y estaría al tanto de los dineros que generan ministerios y empresas estatales. Igualmente pasaría con su hija Carolina Paz, aunque centrada en el área de comunicación.
Por muy bien avenida que sea la familia Paz-Urquidi y por mucho que se les hagan fotografías de postal navideña, quien tiene un mandato popular es sólo él, nadie ha votado por el resto. Que la familia intervenga en funciones de gobierno es señal de nepotismo y es a todas luces un exceso ético, estético y, seguramente, sancionable legalmente, si hay quien hoy quisiera entrar en el asunto de lidiar con el poder. Quizás más adelante.
Sí, Urquidi tiene un poder que desprende de su marido. Ella ejerce ese poder; sin embargo, no es una mujer empoderada porque, para comenzar, no se lo ha ganado por si sola. Ella no ha sido candidata a nada.
Pero, ¿qué significa ser empoderada? Son muchas las autoras feministas que han escrito sobre este término que, inicialmente, se refería a una ruptura de un sistema de poder masculino y luego, banalizado y utilizado por entornos empresariales, ha dejado de cuestionar el fondo de las relaciones de poder y desigualdad en el género y, en algunos casos, ha contribuido a mantenerlas. De allí que se diga empoderada a una mujer emprendedora, aunque ella misma viva y promueva todas las formas de opresión hacia las mujeres.
Es el caso de Urquidi, que ejerce un poder que no aporta ni amplia las posibilidades para otras mujeres, no modifica ninguna regla patriarcal y, al contrario, las reafirma haciendo de “mujer de”. No es independiente y, con seguridad, su poder se alza sobre el trabajo invisible de otras mujeres que le atienden.
Finalmente, no cuestiona ninguna jerarquía de lo masculino, ella no es nadie sin su marido ni ha mostrado que aspire a serlo. No cuestiona las diferencias de clase, le encanta verse por encima y promueve esa diferencia, incluso por un supuesto “linaje” de prestigio. No rechaza los privilegios por razones racistas, que se han vuelto a instalar en el país. Al contrario, todas estas diferencias y discriminaciones, cotidianamente las afirma en cada uno de sus actos, notas de prensa y fotografías que se distribuyen desde su despacho.
