En la película hay un personaje en un bar, sentado ante una mesa pequeña, mirando a su celular, arrastrando el dedo pulgar de una mano, todo el tiempo. En el sofá, hay una mujer viendo la película y el teléfono, intermitentemente, moviendo el dedo pulgar de una mano hacia arriba. La relación entre estos dos universos particulares, es que en ambos casos se trata de historias. Las historias son lo que les pasa a las personas, o a los personajes, que bien podrían ser animales o seres inventados, como los dioses o las gallinesas, que son unos seres vivos que nacieron del cruce entre una gallina y una milanesa de pavo. En la película hay un hombre al que algo le tendría que pasar. Entra al bar un asesino, le dispara por la espalda. O se acerca una mesera morena, joven, a la mesa, lo mira, se le acerca, le da un beso. O, de atrás del mostrador sale una rata y se le mete por debajo de pantalón. En fin, la mujer en el sofá no sabe qué podría pasar, ni en la película, ni en su futuro inmediato. Ahora piensa en tres cosas, en la historia del audiovisual, en las historias del teléfono, y finalmente, en lo que podría ocurrir en las próximas horas, en su vida. Solo tiene algunas certezas, los servicios que debe pagar, las actividades laborales que debe asumir para obtener los recursos para pagar los servicios que le permitirán continuar con sus actividades laborales, para llegar a cumplir con el costo de los servicios que debe pagar para seguir trabajando. Se da cuenta, mientras el hombre se para de la mesa y se dirige a una puerta que aparentemente es el baño del bar, de que está viviendo, más que en una matrix, en una rueda del hamster diseñada para hacer del absurdo un propósito y del despropósito una forma del disenso.
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El hombre en la pantalla cruza la puerta, la cierra tras de sí y queda el bar, en contrapicado, sin ninguna persona. La mujer deja de mover el dedo, se queda mirando fijamente, intrigada, curiosa. Es el momento en el que la curiosidad se convierte en un verdadero propósito y sin saberlo, comprende que la curiosidad es un indicador de la creatividad y que a pesar de sus pasados cuarenta años, es algo que no dejará de sentir, ya sea por un impulso asociado al chisme, ya sea por otro asociado a la necesidad de saber más cosas, por muy inútiles que parezcan en su vida cotidiana o en su oficio. Se da cuenta, mientras mira a la pantalla, que a lo largo de su vida profesional, no muy larga, por cierto, supo resolver problemas recurriendo a la curiosidad y a la aplicación de conocimientos inútiles, en sus casos varios de litigios de toda índole. Desde conflictos por la tenencia de una pelota de béisbol hasta disputas entre hermanos por el terreno de la abuela, situado en un barranco del cañón de la ciudad que baila más días de los que tiene el año.
El hombre no sale de atrás de esa puerta. Se le ocurren, a la mujer, varias hipótesis, las más descabelladas. A lo mejor alguien adentro lo acuchilló. Pero se hubiera escuchado algo. No hay acuchillamiento totalmente silente. O quizás le dio un infarto, a cualquiera le da un infarto sin mayor aviso, uno de esos súbitos, aparentemente causados por efectos imprevisibles, para los humanos comunes, de las vacunas ultra rápidas contra el virus de la covid. Se pone ansiosa, incómoda.
Escucha que se abre la puerta, no la de la pantalla sino la de su cuarto, detrás de ella. Se da la vuelta y el hombre, el de la pantalla, la saluda.
(*) Óscar García es compositor y escritor
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