Elitismo competitivo – La Razón

Joseph Schumpeter fue un economista y político social demócrata que fungió como ministro de economía de Austria entre 1919 y 1920 y profesor de la Universidad de Harvard desde 1932 hasta su muerte en 1950, su obra constituye una de las más importantes reflexiones del elitismo competitivo para comprender las democracias contemporáneas.

Para Schumpeter, la democracia es un método, un procedimiento de selección de lideres políticos, en el que la astucia y la imaginación son centrales. La idea de democracia para los elitistas se reduce así a un método en el que el papel del pueblo no es el de deliberar sobre el gobierno y las posibilidades que ellos tengan de participar, no, su función es otra: la de elegir entre un número muy limitado de personas a los gobernantes. Si bien es parte de la ilusión discursiva que todos pueden ser candidatos, en la práctica muy pocos lo son, en tanto los partidos políticos son organizaciones oligárquicas que condicionan los liderazgos políticos a sus intereses.

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Los candidatos compiten por el voto del pueblo, es decir, hay una lucha competitiva, de esta manera, la competencia permite introducir la reflexión económica a la práctica democrática. En base a la competencia se puede ver a los votantes como consumidores de opciones políticas, y a las elecciones como una compra de una periodicidad razonable de estabilidad. Los electores quieren estabilidad en los gobiernos, no solo porque ello es condición de desarrollo de políticas públicas estables y eficaces, sino porque los gobernados no tienen intención de gobernar, quieren que se les deje realizar su vida particular y privada, liberados de la presión de lo político. Entonces, no hay en sí ciudadanos sino consumidores.

Debe aclararse que Schumpeter no descalifica el debate, por el contrario defiende ampliamente la libertad de expresión, pero lo que llama debate es en realidad una suma de acusaciones y descalificaciones, de halagos y complacencia, de simplificaciones y maniqueísmo, todo emocional y subliminal, pues considera que los ciudadanos no están calificados –tanto por su formación como por su información– de ingresar a debates serios de política. Entonces, la dimensión política de la democracia puede desplazarse a la idea de un mercado en el que se compra y vende propuestas de gobierno incluso irrealizables, eso no importa.

Los candidatos no se dirigirán al votante como aquel interlocutor racional y dispuesto a la construcción colectiva de razones públicas o de soluciones técnicas a los problemas que aquejan al gobierno, no. Los ciudadanos son consumidores. Los candidatos deben hacer propuestas atrayentes, persuasivas y hasta lúdicas para convencer a los ciudadanos a que voten por ellos. La persuasión sustituye a la deliberación y la competencia, que en el fondo es una competencia elitaria, será entre partidos políticos concebidos como maquinarias para vender propuestas a la población en busca de que ésta elija al mejor candidato.

El elitismo competitivo precisa de una ciudadanía poco informada, desorganizada y bastante emotiva, dispuesta a ser llevada a reacciones viscerales a momento de elegir a los gobernantes.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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