La coartada pacifista y América Latina

Hacia 1970, Golda Meir, primera ministra israelí, formuló una pregunta demoledora: por qué, en nombre de la paz, se exigía al Estado judío replegarse a las líneas anteriores a la Guerra de los Seis Días, de junio de 1967, cuando Gaza estaba bajo control egipcio y Cisjordania en manos jordanas. Si esas eran, en verdad, las líneas de la paz, añadía, por qué entonces la coalición árabe se aprestaba a invadir a Israel. Lo que estaba en juego no era, por tanto, un mero litigio territorial, sino el rechazo profundo a su sola existencia, cualquiera fuese el trazado de sus fronteras.

Así, aunque Israel y Estados Unidos puedan tener razón estratégica e histórica, suelen pagar un alto costo político no solo por defenderse, sino por hacerlo sin el beneficio moral que la época reserva a ciertas causas y niega a otras. Deben enfrentar a enemigos a quienes no pocos activistas occidentales de indignación selectiva dispensan una indulgencia que jamás concederían al adversario equivocado.

Hay, además, una razón narrativa para esa asimetría. Es cierto que resulta más fácil oponerse a la guerra porque es visible y cruel, y por eso se deja leer con facilidad como abuso del fuerte, del Imperio. Pero resulta revelador que esa misma sensibilidad tolere, sin mayor sobresalto, la ejecución de tres mil —o de treinta mil— opositores, los abusos sistemáticos contra las mujeres, la violación de la soberanía de países como el Líbano, el financiamiento de grupos terroristas como Hezbolá y Hamás —incluido el ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel— y, más aún, las ambiciones nucleares y la fabricación de misiles balísticos en verdaderas ciudades subterráneas.

De otro modo, costaría explicar la reticencia de ciertos virtuosos ante la guerra contra Irán, porque no encuentran un casus belli inmaculado, pero no se horrorizan —o prefieren relativizar— los llamamientos del difunto líder supremo de Irán, Alí Jamenei, quien presentaba a Israel como “un tumor canceroso” al que había que extirpar y destruir.

Tampoco conmovió demasiado a esas conciencias la instalación, en 2017, en la Plaza Palestina de Teherán, de un reloj digital gigante que marcaba la cuenta regresiva para la desaparición de Israel en 2040. Llegados a ese punto, cabe preguntarse dónde quedaron sus banderas contra la pena de muerte, la soberanía o la legalidad internacional. Incluso las víctimas parecen valer no por su sufrimiento, sino por su utilidad simbólica para el relato de cierto pacifismo. Se impone así una lógica más rudimentaria y sectaria, la del enemigo de mi enemigo es mi amigo. Es que la violencia deja de parecer monstruosa si la ejerce el bando correcto, o si quienes la practican son antiestadounidenses o antisemitas. Es allí cuando cierta sensibilidad pacifista acaba reducida a una liturgia ideológica de parte.

No extraña, por eso, que la guerra contra Irán despierte rechazo incluso en medios convencionalmente situados a la derecha, cuando Trump busca impedir que la amenaza se agrave, ni que en algunas capitales europeas la protesta antiisraelí se haya vuelto parte del paisaje urbano. Como si amenazar con borrar del mapa a otro Estado no constituyera una obscenidad jurídica y civilizatoria, esa sensibilidad reacciona con mayor escándalo ante la respuesta armada que ante la preparación perseverante de una amenaza exterminadora.

Desde América Latina, la incoherencia se agudiza. Se fustiga a Estados Unidos por sus guerras y su militarismo, pero se da por descontado el paraguas de seguridad que, con todas sus imperfecciones, ha mantenido al hemisferio lejos de amenazas que otras regiones padecen. Bastaría imaginar cuánto cambiarían ciertos juicios morales si el régimen iraní dispusiera de capacidad nuclear intercontinental contra Estados Unidos. Se vería allí con mayor crudeza que buena parte de la tranquilidad hemisférica no descansa en la inocencia del mundo, sino en una fuerza que otros ejercen, disuaden y pagan.

Por eso desconcierta la comodidad con que cierto pacifismo latinoamericano contempla a un Irán agresivo, promotor de guerras subsidiarias y desestabilizador de toda una región, mientras se muestra incapaz de advertir lo que supondría un Irán libre y democrático. No sería solo una ganancia moral, sino la caída del mayor patrocinador estatal del terrorismo, un Oriente Medio más estable y próspero, un alivio energético mundial y la apertura de vastas oportunidades económicas, también para América Latina. ¿O es que, en el fondo, cierta sensibilidad regional es incapaz de reconocer causas justas cuando no coinciden con sus reflejos ideológicos?

No conviene llamarse a engaño. Trump e Israel no solo combaten a un enemigo peligroso y fanático; lo hacen mientras dirigentes y países supuestamente aliados, junto con no pocos cultores de la paz, no verían con disgusto un eventual empantanamiento de Washington. Si Trump no obtiene una victoria decisiva —una de las mayores victorias estratégicas de Occidente en décadas—, el costo político se volverá severo a partir de las elecciones legislativas en noviembre próximo. La agenda interamericana de seguridad, democracia y comercio podría resentirse seriamente. Por eso, los populistas aguardan agazapados; saben que un Estados Unidos debilitado o exhausto vuelve a dar aire a sus viejas coartadas.

John Mario González es analista político e internacional

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