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Borges: el olvido como condición de la identidad

Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires (Argentina) un 24 de agosto de 1899, aunque en más de una ocasión —cuatro ocasiones para ser exacto— Borges declaró que nació en 1900, un ardid, una pequeña intervención temporal en su pasado. Como ejemplo de esta pequeña mentira se tiene la carta de Borges a Alfredo Bianchi en la que escribe: «Amigo Bianchi: He nacido el año mil novecientos en Buenos Aires, en la entraña de la ciudad, calle Tucumán esquina Esmeralda». Para el crítico literario Alan Pauls, esta mentira —tenue pero claramente intencional por ser repetida muchas veces— supone que al cambiar 1899 por 1900 suma exactamente el año necesario para que Borges no sea un autor nacido en el siglo XIX, sino un autor del siglo XX, un detalle que le permitía sentirse parte del tiempo en el que vivía. Una coquetería temporal; y es que el tiempo ha sido una de las recurrentes obsesiones de Borges a través de su obra.

Conciencia del tiempo

En una charla en la Universidad de Belgrano en 1978, Borges señalaba que «el tiempo es un problema esencial. No podemos prescindir del tiempo. Nuestra conciencia está pasando de un estado a otro, y ese es el tiempo: la sucesión». Incluso refiere a que si solo tuviéramos el sentido del oído y que —ante la ausencia de vista, tacto, olfato y gusto— toda la percepción del mundo se remitiera a ese solo sentido, «en ese mundo, sin embargo, tendríamos siempre el tiempo»; así, para Borges, el espacio es algo que encontramos en el interior del tiempo. Y aún más: el problema del tiempo entendido como sucesión, y no como simultaneidad, nos lleva al problema de la identidad, es decir, ¿cómo sintetizar la sucesión para hacer posible la identidad? ¿Cómo es posible la identidad si el tiempo no para de evitarla? Tal vez una indagación más precisa respecto a la tensión entre identidad y sucesión se la pueda encontrar en uno de los cuentos más memorables de Borges, titulado bajo el signo de la memoria: «Funes el memorioso», relato que se encuentra en la colección de cuentos de 1944 reunidos bajo el nombre de «Artificios».

Funes tenía una memoria asombrosa, recordaba todo con detalle, pero ello le generaba una fuerte tensión entre tiempo e identidad, entre la multiplicidad que persiste en la realidad y la reducción a la identidad de un nombre. Borges cuenta respecto a Funes: «No solo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares y de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el de las tres y cuarto (visto de frente)». Es decir, esta experiencia de la multiplicidad no hace posible la identidad, porque el conocimiento empírico que permite ver y nombrar, conocer y reconocer un perro remite al imposible de que el perro sea el mismo: ¿cómo llamar con el mismo nombre a perros distintos?(1) Ni siquiera Funes se sentía el mismo: «su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez (…) notaba los progresos de la muerte, de la humedad». Entonces, la identidad que nos sugiere Borges tal vez solo sea posible si el tiempo mismo es invadido por el olvido. Y es que en el cuento, Funes ya no es capaz de olvidar; en consecuencia, no es capaz de la abstracción que necesita la identidad.

Olvido

Borges retrata un antes y un después en la vida de Funes, marcado por una caída de caballo que lo había vuelto tullido. Después de la caída, Funes está inhabilitado para olvidar y literalmente ha caído en el tiempo, perdiéndose en él. Para explicarlo, Borges nos dice que «nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos». Funes no podía olvidar; su percepción, su memoria eran infalibles, pero por ello no podía concebir el olvido. Borges concluye que, a pesar de su vasta e infalible memoria, Funes no solo era incapaz de olvidar sino que era también incapaz de pensar. Borges nos da esta sentencia en el relato: «Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer».

En una entrevista con Osvaldo Ferrari, Borges refiere a este cuento de la siguiente manera: «él —Funes— recuerda cada instante, no recuerda a una persona sino cada una de las veces que la vio; recuerda si la vio de frente, de perfil, de medio perfil. Recuerda el día y la hora en que la vio; es decir, recuerda tantas circunstancias que es incapaz de generalizar, es incapaz de pensar —ya que el pensamiento requiere abstracciones, y esas abstracciones se hacen olvidando pequeñas diferencias y uniendo las cosas según las ideas que contienen—. Y mi pobre Funes es incapaz de todo ello, y muere abrumado por esa memoria infinita».

Identidad

Entonces, así como pensar precisa del olvido, la identidad también. No se trata de un olvido cualquiera, sino de un olvido selectivo que posibilita pensar la identidad. La pugna, la lucha por el sentido de la memoria y la discreción del olvido se encuentra en la idea misma de pensar y de concebir la identidad; así, todo conocimiento histórico de una identidad en el presente obtiene su luz y singularidad de este presente que selecciona, en un sentido profundo, el servicio del recuerdo y del olvido, porque toda identidad no es sino una identidad presente que selecciona del pasado lo que busca proyectar hacia el futuro. Tener identidad no es solo tener memoria, sino también tener olvido.

En «Funes el memorioso», Borges deja en claro que una memoria absoluta es incapaz de pensar y, por tanto, incapaz del cálculo y la selectividad necesaria para la narrativa de la identidad.

Y hoy escribimos sobre Borges como si se tratara de un contemporáneo, aunque haya nacido hace más de un siglo, y lo hacemos porque seleccionamos una parte de su vida, de su obra, sabiendo que olvidamos muchas otras partes de las mismas; e invocamos la imagen de un Borges presente en cada cuento, en cada entrevista, en retazos de su obra, aunque sepamos que Borges murió en Ginebra (Suiza) un día como hoy pero de 1986, es decir, un 14 de junio de 1986.

Referencia

(1): Cabe la ironía que hace notar David Johnson cuando refiere que Borges responde a Kant, en tanto Kant utiliza el ejemplo del perro de la siguiente manera: «El concepto de perro, por ejemplo, designa una regla según la que mi imaginación puede diseñar de un modo general la figura de un cuadrúpedo, sin limitarse a una figura particular de la experiencia» (Immanuel Kant, Crítica de la Razón Pura, Buenos Aires, Editorial Losada, 2006, página 306). David Johnson señala que Borges saca a pasear al perro de Kant en «Funes el memorioso», obviamente con toda la ironía que la frase supone. Cfr. David Johnson, 2018, El can de Kant, Santiago, Editorial Metales Pesados.

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