Carta abierta al presidente Rodrigo Paz
Señor presidente: imagine a un paciente que acude al SUS con hambre crónica. En vez de nutrirlo, el médico decide extirparle el estómago: «así ya no necesitará tanta comida». El paciente no se cura, se muere, pero el balance del hospital luce más ordenado. Eso es, en términos exactos, lo que su Gobierno acaba de hacerle a la cultura, el turismo, el folklore y la gastronomía de Bolivia.
Seamos honestos: el Ministerio que usted eliminó no cumplía bien su mandato. Con rango ministerial y viceministerios propios, ya llegaba tarde a la protección del patrimonio, a la profesionalización de los artistas, a defender nuestras expresiones culturales frente a terceros países. El Registro Plurinacional de Artistas apenas cubre a 23.000 personas, cuando el sector estima que somos más de 300.000 hacedores de cultura. Ya éramos, con ministerio completo, un paciente desnutrido.
Por eso la pregunta nunca fue si esa institución funcionaba bien. No funcionaba. La pregunta es qué se hace con un paciente desnutrido. Y la respuesta ha sido quitarle el estómago: una Agencia Nacional del Turismo, del Folclore y la Gastronomía —en cuyo nombre ya no figura «Culturas»— cuya dependencia, presupuesto y facultades ni siquiera han sido explicadas al país, deberá cumplir la misma tarea con una fracción de la jerarquía y el presupuesto que antes ya eran insuficientes. No es reforma. Es amputación con anestesia retórica.
Descentralizar no es debilitar. Es transferir competencias y recursos a los territorios, no borrar la instancia central. Ningún boliviano tiene hoy más poder de decisión sobre su patrimonio que hace una semana: el Estado simplemente se retiró. Y si la causa real es la austeridad exigida por el acuerdo con el FMI —1.900 millones de dólares, meta de reducir el déficit del 9% al 3% del PIB—, alguien debe explicar por qué, entre tantas estructuras posibles, se eligió desmantelar la que atiende a casi un millón de bolivianos si sumamos turismo, gastronomía y hotelería.
La cultura es, hace más de una década, el cuarto pilar del desarrollo sostenible junto a lo económico, lo social y lo ambiental. En América Latina, las industrias culturales generan casi dos millones de empleos y 124.000 millones de dólares anuales, según el BID. Solo el Carnaval boliviano movilizó este año más de 500 millones de dólares; Oruro, Patrimonio de la Humanidad UNESCO, concentró 131 millones. En el municipio de Cochabamba, 2.260 unidades de economía naranja sostienen 94.200 empleos: cuatro de cada diez puestos de trabajo. Esto no es folklore menor: es economía real, con familias detrás. Un país que entiende esto fortalece esas instituciones; usted acaba de debilitar la única capaz de sostenerlas.
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Mientras debatimos ministerios, nuestro patrimonio sigue expuesto a disputas de apropiación con países vecinos —tensión real y recurrente en foros internacionales sobre danzas, festividades y saberes que Bolivia reivindica como propios—. Defenderlo exige institucionalidad fuerte, no una agencia subalterna.
Gestionar la cultura sin institucionalidad es cruel, porque condena a cientos de miles de familias a la incertidumbre sin consultarles. Y es irreflexivo, porque la cultura no es un lujo que se recorta cuando falta dinero: es la apuesta que los países hacen para reinventar su economía más allá de las materias primas. Renunciar a ella no es prudencia fiscal, es cortoplacismo con consecuencias generacionales.
No le pedimos reponer el ministerio anterior: ya dijimos que era insuficiente. Le exigimos que la respuesta a una institucionalidad débil sea mejor, no menor, construida con los sectores culturales como interlocutores directos, en cumplimiento de los artículos 98 y 99 de la Constitución.
Un país no se vuelve eficiente extirpando el órgano que necesita para alimentarse. Se vuelve eficiente nutriéndolo bien.
*Es músico y vicepresidente del Consejo Departamental de Culturas de Cochabamba
