La costumbre que tenemos de asociar a los políticos con la mentira puede pasar piola en una conversación liviana. Sin embargo, como ciudadanos, debemos exigir transparencia y veracidad de cualquier servidor público. El escándalo político en curso soporta varios enfoques, comenzando por el hecho policial, pasando por sus consecuencias políticas, administrativas, y, finalmente, las que vamos a analizar aquí, que son las comunicacionales.
No se puede culpar a nadie por “destapar” algo que estaba presente en los medios desde hace rato ya: la presencia de Fernando Cerimedo en altos círculos oficiales. Un representante nacional, en algún momento, hizo un pedido de informe escrito acerca del rol que estaba cumpliendo el asesor argentino en la gestión gubernamental. Por toda respuesta, recibió amenazas en redes sociales del mencionado, actitud que, al parecer, se repitió con otros actores.
El 7 de marzo de este año, el asesor argentino acompañó al presidente a Miami para la reunión de consolidación del “Escudo de las Américas”, un esfuerzo liderado por Donald Trump al que invitó solo a los gobiernos afines a su línea. Unos días después, el 12 de marzo, el Rey Felipe de España llegó en visita oficial a La Paz y se tomó una foto con el gabinete presidencial. Ahí, en una esquina, estaba el personaje en cuestión.
Una nota de Brújula Digital del martes 5 de mayo de este año, menciona los cuestionamientos que Alfonso Gumucio y Lupe Cajías hacían a la presencia de Cerimedo como parte de la gestión gubernamental. Es decir, ya se había hecho ver en distintos espacios oficiales, compartiendo con el presidente y con su familia; ya se había hecho público el hecho de que su hija era una alumna destacada de la Academia Numen, de propiedad del mencionado, y había servido de puente para que viniera a Bolivia a asesorar al entonces candidato en la segunda vuelta electoral.
En este punto, vale la pena mencionar que el asesor argentino era, junto con el español Javier Negre, dueño del medio digital “La Derecha Diario”, desde donde se enmarcaba a Rodrigo Paz como un actor de izquierda, más afín a Evo y a Gustavo Petro que a cualquier político pro-MAGA. Al comenzar la segunda vuelta, no hubo ni una mención más en ese sentido.
También en mayo, Cerimedo respondía a una entrevista del periodista argentino Ignacio Ortelli (Clarín y Radio Rivadavia) diciendo que era asesor personal del presidente. Se hacía comentario común, en círculos de comunicadores, que el asesor era quien daba la línea narrativa del gobierno, si había alguna: la mayor parte de los portavoces oficiales intervenía de manera puntual, hacía declaraciones y se retiraba, dejando sus palabras sin el tan necesario marco de referencia que exige la comunicación política de hoy. Es decir, parecía que nadie “bajaba línea”, y si alguien lo hacía, los actores no la honraban.
Todo esto sirve para establecer claramente que la presencia e influencia de Cerimedo en el gobierno era más que evidente. El presidente afirma en el video publicado el día 26 que Cerimedo no tenía cargo ni contrato, y que nunca lo autorizó a representarlo; lo cual puede ser estrictamente verdad, pero innumerables fotos, videos y testimonios dan fe del privilegiado papel que tenía el asesor argentino en la gestión presidencial. Ayer, Cacho Herrera, en el programa Encontrados con Gonzalo Rivera, me preguntaba qué haría si yo fuera asesor presidencial. Reproduzco la respuesta que le di: primero, lo que hay que hacer trasciende ampliamente lo meramente comunicacional. Se requiere una muy decidida acción política para salvar la gestión. Luego, es imperativo comenzar a hablar con la verdad. La tormenta provocada por los hechos del Canal Isuto el lunes 17 está lejos de arreciar, y si algo no se puede hacer es tratar de tapar el sol con un dedo. No puedes decir que hay un sol radiante a personas que están encerradas en sus casas porque llueve a cántaros. No puedes llamar “un problema de pareja” a un conflicto que casi deriva en un feminicidio y que está sacudiendo las estructuras políticas del país.
¿Rodrigo puede salvar su gestión? Puede. Clinton pudo, con un escándalo mucho menos tangencial. Pero urge que el golpe de timón sea decidido, pronto, y por, sobre todo, basado en la verdad.
