Es que del jardín, se extraña el olor a la tierra y el color de las flores, pocas, rojas e inodoras. La textura del pasto húmedo en el momento en el que, en contacto con los pies descalzos, provocaba una sensación de frío sublime. Un jardín, en verdad, no es cosa que muchas personas puedan tener. Hubo un tiempo, seguramente, en el que era algo de más acceso. Ahora es más bien un espacio poco común.
En el libro de la almohada, Shonagon hace un delicado repaso por las flores en su entorno, a lo largo de un ciclo. Se explica el paso de la vida a través de las formas y de los aromas de las flores. Algunas, de aparente falta de gracia, guardan en sus pétalos unas hermosas líneas de colores pasteles, ocultas, imperceptibles. Entonces descubre una forma de obtener una experiencia, con la paciencia y la observación del detalle. Con esta misma actitud, a lo mejor al ser urbano le toque encontrar belleza en los detalles del cemento mientras deja el complejo habitacional o retorna a él, con apuro.
Como un ser de adaptación, es posible que desarrolle un estado de contemplación, la mientras apura el paso, se preocupa, se acuerda de las cuentas, de los entornos criminales en el poder, de la velocidad con que la tecnología confirma lo visionario de Huxley. No será el miedo el que termine por oprimir finalmente a las sociedades, sino la sensación de obtener todo fácil, rápido y sin dificultades. Cuando descubrieron que prohibir y someter con una bota sobre la cabeza provocaba una reacción de sublevación, decidieron que es más efectivo hacer creer que las personas son libres, que eligen, que deciden y que pueden ser, al final, felices. Entonces, ahí van dependientes, enganchados, necesitando cosas, respondiendo a estímulos innecesarios, a personas que a lo mejor no existen, a contactos con un perfil hecho a la medida de quien mira.
Se extraña entonces, el olor a la tierra húmeda, pero también la calle esa en la que había un farol parlante. La estación en la que Penélope tejía, no está claro si un chal o un periódico con las noticias de ayer. Se extraña cada noche en la que, en algún lugar de los cuerpos, se empezaba a producir comino fresco y la densidad del mar de los Sargazos. Se extraña lo que de manera sesgada, también fueron siempre los tiempos mejores, según quién lo describa y cuente. Aquellos que tuercen los hechos a su favor o a favor de unas ideas que caben en una pequeña bolsita de pan, son quienes, por definición, afirman que sus extrañezas, son mejores que las de otros. Incluso en las formas de extrañar están los juegos del poder. Desde el más ínfimo y en apariencia inofensivo, hasta el que se urde desde las sinapsis trabajadas para hacer mal.
Se extraña el aroma de un café hecho por alguien, para alguien. El sonido de una llave que proviene desde afuera de una puerta que no se abrirá más, ni una sola vez más, de esa manera. Se extraña el sonido de la lluvia en dos categorías. Cuando se la escuchaba de adentro, a afuera y cuando en un territorio cálido y húmedo, caía sobre los cuerpos, provocando una inexplicable alegría, que bien podría parecerse a eso que le dicen felicidad. Se extraña a veces, a la araña, al arañazo suave, a la maraña, a la mañana aquella, en la que una canción sonaba a lo lejos, en vivo.
