El destacado economista catalán Xavier Sala i Martín, catedrático de la Universidad de Columbia y exasesor económico principal del Foro Económico Mundial, hizo una lectura a profundidad de la coyuntura económica por la que atraviesa Bolivia. Su mirada conecta directamente con su propia experiencia, cuando hace cuatro décadas atrás el país pasaba por circunstancias similares. Aprovechamos su asistencia al Foro Económico Cainco 2026: «Reconstruir sin ensayar», para que nos comparta su perspectiva en un diálogo en exclusiva con Energías & Negocios, de La Razón.
«No sé si se lo sabéis, pero yo formé parte del equipo de Jeffrey Sachs durante la hiperinflación del 85. Estuve viviendo en La Paz durante todo el año 86», contó. Esa cercanía con la crisis que marcó a la Bolivia de los años ochenta le permite hoy una lectura sin rodeos. «Veo que se están cometiendo los mismos errores de entonces. Han pasado 40 años y no hemos aprendido la lección”.
Para el economista, el diagnóstico es preciso. «La inflación es un problema monetario que deriva de un problema fiscal”. Reconoce que el actual gobierno no mira al otro lado. «El presidente lo entiende perfectamente”, dice y remarca dos afirmaciones del primer mandatario. “Hemos reducido el déficit, que estaba en el 16%, y hemos vuelto a otorgar al Banco Central una independencia que de facto no existía”, sin tetiza en su propia voz.
Límites al poder
Esa independencia, explica, tiene una traducción concreta en el día a día del poder. «Eso significa que cuando el presidente del país o el ministro de Hacienda llaman al presidente del Banco Central, este responde: lo siento, no estoy, usted no me puede llamar. No hay que sentarse a discutir; simplemente es no”.
El riesgo de no sostener esa disciplina, advierte, es repetir la historia. «Si el presidente termina financiando el déficit público, pasará lo que ya pasó en el 86”. Y recuerda una singularidad nacional. «Bolivia es el único país en la historia que ha tenido una hiperinflación causada por su propio gobierno. Normalmente las hiperinflaciones vienen por una guerra o un desastre natural”.
Para Sala i Martín, la secuencia de las reformas no es un detalle técnico sino el eje de todo. «La primera clave es el tema fiscal, punto. Esa es la prioridad, y así es como se rompe el círculo”. Solo después de esa etapa —lo que él llama «las reformas de primera generación»— tiene sentido avanzar hacia lo demás. «Empezamos a hablar de productividad, de competitividad, de las reformas microeconómicas: reducir la burocracia, reducir la regulación, infraestructura, educación, etcétera. Pero sin estabilidad macroeconómica no hay nada”.
La cuestión educativa
Ahí es donde el economista aborda a un terreno menos transitado en el debate boliviano: la educación primaria como problema de competitividad de largo plazo. «Hay que pensar en la educación. Muchas empresas no vienen porque no hay capital educativo», sostuvo. Se apoya en su experiencia asesorando al presidente dominicano Luis Abinader en la captación de inversiones en Davos. «Presenté a los grandes directivos de las grandes compañías del mundo… y luego vi cómo, una por una, venían a la República Dominicana, estudiaban la posibilidad de invertir y, una por una, se iban a Panamá o a Costa Rica. Y la explicación siempre era la misma: no hay trabajadores suficientemente preparados en este país”.
Su diagnóstico apunta, sobre todo, a la base del sistema educativo. «Cuando llegamos a la universidad y decidimos si somos abogados o ingenieros, el 80% de los niños ya no están. Todo ese talento que pierde el país se debe a que el sistema de primaria y secundaria no funciona bien”. Y remata con la conclusión que orienta su propuesta de política pública. «La inversión hay que hacerla en primaria”.
La reflexión final del economista funciona como síntesis de ambos frentes: hay urgencias que se resuelven con decisiones fiscales inmediatas, y hay decisiones que, por ser de largo aliento, exigen empezar hoy mismo. «Hay que empezar a arreglar ahora, precisamente porque es de largo plazo», resumió sobre la deuda educativa boliviana. Algo inseparable, asegura, de la estabilidad macroeconómica que el país aún necesita consolidar.
