A inicios de septiembre de 2026, Bolivia parece haber salido de uns crisis solo para ir ingresando a otra. El paro de 53 días que estremeció al país entre mayo y junio dejó secuelas en la economía que el estado de excepción, decretado el 19 de junio, no logra reponer. En Santa Cruz, los productores agrícolas vuelven a anunciar protestas porque la cosecha no espera y el diésel no llega. En las ciudades, las filas en las estaciones de servicio se reinstalan como una postal recurrente del desabastecimiento. Y en la arena política, la detención del asesor presidencial Fernando Cerimedo está minando la confianza en el gobierno de Rodrigo Paz.
En medio de este panorama, Ana Lucía Velasco, politóloga, observa la escena con la claridad de quien sabe que los síntomas no deben confundirse con la enfermedad. «Creo que hay muchas cosas que se han juntado», dice en una conversación exclusiva con Animal Político, de La Razón. Para la estudiosa del poder, lo que ocurre en Bolivia no es solo una secuencia de errores administrativos ni una conspiración opositora. Es la radiografía de un gobierno que llegó sin plan, sin equipo y sin aliados, y que ahora debe resolver temas complejos para los cuales las narrativas no alcanzan.
Vuelven los anuncios de protestas
El descontento que agita nuevamente al país no es homogéneo y Velasco insiste en que no todo es político. En Santa Cruz, los productores agrícolas están en plena cosecha. Ellos no hacen agricultura con picota y azadón: la hacen con maquinaria. La cadena es implacable: sin diésel no hay grano, sin grano no hay pollo ni leche. El reclamo, entonces, no es una excusa para llevar la contra al gobierno. Es una cuestión de supervivencia. Pero a esta urgencia productiva se suman otras presiones, las de actores con intereses políticos concretos que también intentan llevar agua para su molino. Y en las ciudades, el descontento por la escasez de gasolina y diésel sigue creciendo, alimentado por una sensación de abandono estatal que el caso Cerimedo acentúa.
Cuando el gobierno decretó el estado de excepción, se suponía que el oficialismo tendría un espacio para rearmarse. «En teoría esos tres meses deberían haberle dado al gobierno oxígeno para apuntalar, sobre todo, el tema económico, que siempre es el más delicado, el más urgente», recuerda Velasco. La esperanza, admite, era tal vez ingenua.
Tempus fugit
El gobierno tenía una ventana para asegurar préstamos, tomar decisiones difíciles y empezar una segunda fase con algo más de solidez. Pero la ventana se viene agotando inexorablemente. «El gobierno ha cometido una serie de errores, algunos muy de principiantes, si vale el término, y otros que son producto de un contexto complejísimo que se ha heredado económicamente», señala. «De diez problemas, ocho son culpa del propio gobierno, y de errores algunos realmente muy tontos», sentencia.
Antes de que estallara el escándalo Cerimedo, el problema de la compra del automóvil del ahora exministro de Economía, José Gabriel Espinoza, ya había sembrado dudas. «Pensando bien, una tontería; pensando mal, un acto de corrupción gigantesco», resume Velasco. La interpretación de la politóloga es severa: el gobierno de Rodrigo Paz es «un gobierno improvisado, que no tenía equipo, ni plan, ni socios, ni aliados. Entraron al gobierno de golpe, se armaron como pudieron, no tenían un plan de gobierno claro». Lo que se ve hoy, dice, es exactamente eso. Y si a la negligencia y la falta de plan se suman actos de corrupción, injerencia y mal manejo del Estado, el resultado es un Ejecutivo que entra a la segunda mitad del año «mil veces más débiles de lo que podríamos haber estado si hubieran hecho las cosas bien».
Mitigar la crisis
Ante la ola de protestas, el oficialismo ha intentado contener la situación con gestos tácticos. Ha desplegado ministros a Santa Cruz para negociar, ha prometido flexibilizar —aunque no derogar— el decreto que establece los precios del diésel y ha intentado abrir canales de diálogo con los cívicos. El Comité Pro Santa Cruz tiene anunciada una Asamblea de la Cruceñidad para el miércoles próximo. Pero Velasco mira estos movimientos con escepticismo. «Estoy un poco preocupada, en el sentido de que siento que le han explotado (al Gobierno) como quince minas a la vez», dice. El caso Cerimedo, seguramente no planificado por el gobierno, consume tiempo, energía y atención en el momento en que el Ejecutivo menos puede darse ese lujo.
El problema del diésel, advierte, no se resuelve con comisiones ni con artículos flexibilizados. «La realidad, y esto lo sabemos desde la época de Luis Arce, es que, si no hay dinero para comprar diésel, aunque se abra la puerta a privados que lo traigan, abastecer al mercado necesita de grandes cantidades de dinero. Nuestro Estado no lo tiene». El gobierno de Arce, recuerda, logró contener la crisis con préstamos. Ahora, el gobierno de Paz espera el desembolso del Fondo Monetario Internacional o fondos externos. «Son esas situaciones en las que estamos esperando que alguien nos lance el salvavidas».
En el aire
En ese contexto, los ministros negocian, pero negocian sin palancas. «Puedes mandar una comisión de ministros, puedes negociar un poco el decreto, quitarle un artículo, sacarle otro, pero en el fondo lo que estás haciendo es comprar tiempo. No estás atacando nada estructural, porque ahora no tienen oxígeno, ni tiempo, ni capital político, ni capital social para atacar la estructura». La conclusión es sombría. «Siento que es cuestión de tiempo hasta que la situación lo sobrepase». Considera que, aunque el estado de excepción se extienda, o si Santa Cruz aprueba su ley para normar los bloqueos, la realidad puede imponerse de todos modos.
«¿De qué sirve tener un estado de excepción si en la realidad no vas a poder contener el descontento social, con él o sin él?». Velasco no descarta que el Estado se vea sobrepasado y que las leyes no alcancen para gestionar el descontento. «Estamos apagando incendios y nos estamos quedando sin agua».
El Legislativo que no legisla
Mientras el Ejecutivo tambalea, el Legislativo parece mirar desde la orilla. Desde que Rodrigo Paz llegó al poder en noviembre de 2025, no ha cambiado nada en el marco legal para mejorar el atractivo del país a las inversiones extranjeras. La ley de inversiones, anunciada con bombos y platillos, no avanza. Los acuerdos no llegan. Samuel Doria Medina condiciona su presencia en mesas de negociación. Jorge Tuto Quiroga habla de agendas mínimas que no se concretan.
Velasco tiene una explicación para este estancamiento, y no es coyuntural. «Creo que es algo que los politólogos hemos insistido mucho: el problema es que tenemos un sistema político y de partidos sin partidos». El sistema, explica, está diseñado bajo el supuesto de que existen organizaciones con disciplina, ideología, cuadros y liderazgos. Cuando eso existe, las negociaciones y los pactos se dan de manera natural. En Bolivia, «eso ha muerto: no existe», asevera.
Sin razón de ser
El resultado es una Asamblea que funciona, en palabras de Velasco, como «una simulación de Asamblea, que no tiene cuerpo ni razón de ser». Hoy, como antes, hay denuncias de cobros por votos entre los parlamentarios. «Es algo que ha pasado varias veces, pero que ahora siento que es más notorio que nunca, precisamente porque no hay bancadas, no hay partidos, no hay liderazgos».
La consecuencia es un vacío de poder que no se llena con figuras institucionales. «Aunque tengamos presidente, la realidad es que no tenemos presidente; aunque tengamos en planilla un vicepresidente, la realidad es que nadie está liderando la Asamblea. Estamos en la orfandad real, pura». Personajes como Doria Medina o Quiroga, agrega, no arriesgarán el liderazgo sin garantías. «Porque corren el riesgo de ser absorbidos por la inercia del gobierno de Rodrigo Paz», señala. La crisis, entonces, no es solo de gobierno. Es de institucionalidad.
«Hemos llegado al punto más alto de la crisis de institucionalidad: cuando realmente no hay instituciones que funcionen, no sabes cómo dirigir el barco a ningún lado», anota Velasco.
Una reforma cada vez más lejana
En medio del caos, la reforma constitucional aparece como una promesa recurrente. Comibol no reformará la minería por sí misma. Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos tampoco transformará ni recuperará por esfuerzo propio el sector hidrocarburífero. Se necesita, al menos, ajustar la Carta Magna para atraer las inversiones extranjeras necesarias. Pero Velasco advierte que esto es más fácil de proponer que de ejecutar. «Tal vez vamos a tener que tocar fondo, fondo, para que despierten los liderazgos políticos y la situación sea tan apremiante que sean las circunstancias las que tomen las decisiones. Porque las personas no lo están queriendo hacer».
El dilema es clásico y cruel. «Para mejorar la economía se necesitan inversiones, y para las inversiones necesitas cambiar la Constitución. Entonces, ¿qué hacemos primero?». Velasco no cree que haya cabeza política ahora para abrir un proceso constituyente serio. «Por lo menos que se dé algo de certezas y un poco más de estabilidad económica», indica.
Caminando por el borde
Plantea una metáfora en torno a la serie televisiva Juego de Tronos. «Mientras todos los reyes están peleando por quién es el verdadero o el más legítimo rey del norte, está viniendo una amenaza gigantesca que hace ver las luchas por el trono totalmente absurdas, mezquinas y tontas. Y siento que estamos un poco en eso: si no resolvemos el monstruo de la economía, se nos va a caer todo».
A lo máximo que aspira, dice siendo «bastante ambiciosa», es a que se cambie «alguno que otro artículo que permita la inversión extranjera, que atienda el tema de los arbitrajes internacionales, y algún otro que realmente ayude a destrabar el tema económico. Pero nada más: políticamente no creo que tengan el músculo para hacer mucho más que eso».
Y hay un juicio más duro aún sobre el presidente. «Yo no creo que la economía le dé una tercera oportunidad». En su criterio, la primera fue el triunfo electoral, cuando la población le dio un espaldarazo. La segunda fue el armisticio posterior al paro de 53 días. Ambas son ya agua bajo el puente.
La cuestión del poder
Para la politóloga, Rodrigo Paz se vio «de la noche a la mañana en una situación que no había planificado. Y, al no haber estado planificado, eso se llenó de gente que le decía ‘no te preocupes, hermano, yo te voy a ayudar, juntos vamos a hacerlo’». Sin una estructura que lo protegiera de los arrimados, el presidente quedó expuesto, sostiene.
Y ahí aparecen los entornos, las cortes de palacio. «Viene este tema del llunkerío: te dicen que tú eres lo máximo, que lo que pasa es que te odian, que no te preocupes, que lo estás haciendo bien. Y así, poco a poco, le lavan el cerebro a las personas que están en el poder». Velasco no habla solo de Paz. Cree que lo mismo le pasó a Evo Morales y a Luis Arce. «Cualquier persona con poder debería tener un psicólogo y un psiquiatra de cabecera, porque es muy probable que eso les pase», advierte.
El resultado es un presidente que, cuando la realidad toca la puerta, ve reducida su capacidad de respuesta. Cita el mensaje presidencial en el que Paz intentó minimizar su vínculo con Fernando Cerimedo, diciendo que solo estuvo al principio, cuando las fotos lo desmentían. Para Velasco esto evidencia una desconexión con lo que la gente percibe.
Pero incluso la comunicación política tiene límites. En la Bolivia agraria, la cosecha no espera y en las ciudades las colas ante los surtidores no son escenografía. El estado de excepción cumple sus últimos días sin haber logrado devolverle al país el aliento que prometía.
