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Mucho rugido, poca bancada – La Razón

Mucho rugido antes de la sesión… y después cada diputado acomoda su silla. Así de simple.

Bolivia acaba de descubrir una nueva especie política: la bancada sin banca. Tiene sigla, jefe, subjefe, vocero, conferencia de prensa y hasta cara de indignación frente a las cámaras. Lo único que aparentemente le falta es algo bastante secundario para la política: unidad política.

El tratamiento de la ampliación del estado de excepción mediante el DS 5707 dejó una fotografía extraordinaria de nuestra Asamblea. No necesariamente porque el Gobierno haya conseguido finalmente los votos para aprobarla. Eso es política.

Lo verdaderamente interesante fue observar cómo llegó la supuesta oposición al momento de votar… Unos anunciaban rechazo; otros condicionaban, otros pedían informes; otros todavía estaban “analizando”. Y algunos descubrían que dentro de su propia bancada había parlamentarios pensando exactamente lo contrario que sus dirigentes.

¡Maravilloso! Tenemos partidos donde aparentemente la línea política termina exactamente donde comienza la curul.

Libre exigía explicaciones antes de definir su respaldo… En el PDC reconocían públicamente un incómodo 50/50… Unidad todavía debía reunirse para saber qué pensaba Unidad. Y Súmate había decidido respaldar la ampliación.

Es decir, mientras el Gobierno sabía perfectamente qué necesitaba —votos—, buena parte de la oposición todavía estaba intentando descubrir qué era. Y ahí aparece una de las mayores debilidades de nuestra democracia.

No existe oposición sólida simplemente porque alguien grite contra el Gobierno. Una oposición seria necesita doctrina, programa, disciplina política, liderazgo y, fundamentalmente, capacidad de construir una posición colectiva. Porque una bancada no puede funcionar como una pensión familiar donde cada huésped paga su habitación y después hace lo que le da la gana.

Pero nuestra política tiene una particularidad deliciosa. Antes de cada votación aparecen los gladiadores, aquellos que amenazan, advierten, condicionan;,golpean la mesa,declaran ante las cámaras que “el Gobierno tendrá que explicar”.

Y uno imagina que se aproxima la batalla de Stalingrado parlamentaria. Hasta que comienza la negociación política.

Entonces aparecen las conversaciones, los acuerdos, los argumentos,los intereses regionales, las coincidencias… Y también, por supuesto, aquellos parlamentarios que razonablemente entienden que oposición no significa sabotear automáticamente todo aquello que propone un Gobierno.

Porque también hay que decirlo. En un momento delicado para la democracia boliviana, apoyar una determinada medida del Ejecutivo después de analizarla no convierte automáticamente a un legislador en oficialista.

Eso puede llamarse responsabilidad institucional. El problema es otro… El problema aparece cuando un partido proclama una posición y después descubre que no tiene autoridad política suficiente para conseguir que su propia bancada la acompañe.

Ahí ya no estamos hablando de pluralidad. Estamos hablando de debilidad de liderazgo. Y el Gobierno parece haberlo comprendido perfectamente.

No necesita derrotar a una gran oposición, le basta con conversar con sus pedazos.

Un poquito de Libre por aquí, otro sector por allá. Los moderados de una bancada, los disidentes de otra, los que quieren escuchar el informe; los que consideran responsable acompañar.

Y así funciona la nueva matemática legislativa boliviana: no se negocia necesariamente con partidos; se negocia con parlamentarios. La madrugada terminó poniendo números a esa realidad: 100 votos respaldaron la ampliación.

Mucho más interesante que discutir solamente quién ganó aquella votación es preguntarnos qué quedó expuesto.

Quedó expuesto que nuestras organizaciones políticas continúan teniendo enormes dificultades para convertirse en verdaderos partidos. Porque un partido político no debería ser solamente una maquinaria para conseguir diputados. Debería tener principios, doctrina, una visión de país, mecanismos internos de deliberación y liderazgos capaces de construir posiciones comunes sin convertir a sus legisladores en soldados obedientes ni dejarlos transformarse en francotiradores particulares.

Bolivia necesita un Gobierno que pueda gobernar. Pero también necesita una oposición que sepa oponerse. Que controle cuando corresponda; que fiscalice siempre; que denuncie cuando tenga pruebas; que proponga alternativas.

Y que también tenga la madurez suficiente para acompañar aquellas decisiones que considere necesarias para preservar la institucionalidad democrática. Eso se llama oposición democrática. Lo otro es simplemente hacer ruido.

Porque si antes de cada sesión los líderes políticos anuncian una batalla y horas después descubrimos que ni siquiera controlaban políticamente a quienes supuestamente conducían, entonces tenemos un pequeño problema.

No hay bancadas… Hay archipiélagos; no hay conducción… hay vocerías; no hay doctrina… hay declaraciones.

Y mientras nuestros dirigentes continúan practicando ese heroico deporte nacional llamado “amenazar antes y negociar después”, el Gobierno ya aprendió algo elemental: ¿Para qué negociar con una oposición unida… si la oposición viene gentilmente dividida de fábrica?

Bienvenidos a nuestra Asamblea Legislativa. Donde todos tienen bancada… pero algunos todavía están buscando el respaldo de sus propios diputados.

*Es escritor y analista político

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