Una joven británica recibió quimioterapia durante once años por un cáncer cerebral que nunca tuvo. Más de una década después supo que las imágenes nunca habían mostrado aquel tumor y que sufría una inflamación cerebral tratable con esteroides.
El caso, ocurrido en Inglaterra y difundido por la BBC, desmonta una explicación eurocéntrica: la mala praxis no es una particularidad del llamado tercer mundo. También se dan en sistemas sanitarios desarrollados. Ningún país posee inmunidad contra el poder médico sin contrapesos.
La pregunta criminológica no debe limitarse a qué hizo un profesional. Debe indagar cómo fue posible que durante once años nadie detuviera aquel tratamiento. ¿Dónde estaban los demás especialistas, la farmacia oncológica, la dirección hospitalaria y los organismos de fiscalización?
La misma pregunta puede formularse en Santa Cruz. Hace poco conocí el caso de una persona a quien diagnosticaron un cálculo en la vesícula y fue intervenida para extirparle ese órgano. Días después del alta sufrió una nueva crisis. Detectaron entonces que la piedra permanecía alojada en un conducto biliar y volvieron a intervenirla, pero la sonda utilizada no habría alcanzado la obstrucción.
El paciente fue dado de alta. Una semana después regresó con otra crisis y fue sometido a una tercera intervención. Al llegar al sitio donde debía encontrarse el cálculo, ya no estaba. Le explicaron que había pasado al colon. Sin embargo, según la información que recibí, no se realizaron estudios de imagen suficientes para localizar la piedra o comprobar qué había sucedido.
La extirpación de la vesícula puede estar médicamente indicada y un cálculo en el conducto biliar puede requerir otro procedimiento. No corresponde juzgar desde una columna. Pero tres intervenciones sucesivas y una explicación sin verificación suficiente justifican preguntas sobre el diagnóstico, los protocolos, el consentimiento informado y los controles institucionales.
No todo error médico constituye delito ni toda complicación demuestra negligencia. La medicina trabaja con incertidumbres. Pero una cosa es el riesgo inevitable y otra la ausencia de comprobación, la desatención de evidencias contradictorias o la repetición de procedimientos sin revisar el diagnóstico.
Aquí aparece la comisión por omisión. El derecho penal también puede atribuir un resultado a quien, teniendo el deber jurídico de controlar y de actuar, permanece inactivo. Es la denominada posición de garante.
Esta responsabilidad no alcanza indiscriminadamente a todo funcionario. Debe establecerse quién tenía el deber concreto de controlar, qué conocía o debía conocer y qué podía hacer para evitar el daño. Pero tampoco puede aceptarse que todo termine en el médico que atendió al paciente.
Clínicas, hospitales, cajas y seguros tienen gerencias médicas encargadas de supervisar profesionales, revisar procedimientos y garantizar insumos e infraestructura. Las autoridades públicas, a su vez, habilitan, acreditan y fiscalizan esos establecimientos. Autorizar no puede reducirse a recibir documentos, cobrar tasas o colocar un sello. Quien permite una actividad capaz de comprometer la vida adquiere también el deber de vigilarla.
Hace algunos años fui diagnosticado con glaucoma. La noticia me produjo una depresión que mi familia advirtió antes que yo. Busqué nuevas evaluaciones: la segunda, tercera y cuarta opinión contradijeron aquel diagnóstico.
Había ejercido el derecho penal y participado en algunos casos de mala praxis. Aun así, comprendí que iniciar una acción penal sería probablemente infructuoso. El paciente debe demostrar desde afuera aquello que la institución debía comprobar y controlar desde adentro.
La medicina necesita autonomía científica, pero autonomía no significa inmunidad. Cuando fallan sucesivamente el profesional, la gerencia y la fiscalización estatal, la explicación del médico aislado puede convertirse en coartada del sistema.
A veces el daño proviene de quien actúa. Otras, de quienes tenían el deber de impedirlo y decidieron no mirar.
The post ¿Quién controla al médico? appeared first on La Razón.
