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El camba nace donde quiere. Pero se hace aquí

Hay un dicho que todo cruceño conoce, «el camba nace donde quiere». Se repite entre risas, casi como una broma familiar, para explicar por qué tanta gente que llegó de otro lado termina sintiéndose tan de esta tierra como quien nació en ella. Y es cierto, el camba nace donde quiere. Pero conviene decir la otra mitad de esa frase, la que casi nunca se pronuncia en voz alta, el camba se hace aquí.

Una cosa es nacer en un lugar y otra muy distinta es formarse en él. Santa Cruz tiene esa rara capacidad de recibir gente de todo el país, de todas las regiones y de todas las historias, y con los años devolverla convertida en cruceña de alma, sin que eso le cueste un gramo de su propia identidad. No es una apertura que diluye lo propio. Es una apertura que integra, contagia una manera de hacer las cosas y construye pertenencia. Quien llega aprende aquí a organizarse antes de esperar una solución ajena, a construir con lo que tiene a mano, a sumarse a un tejido social y productivo que lleva más de un siglo tejiéndose solo, comité por comité, gremio por gremio, emprendimiento por emprendimiento.

El 24 de septiembre de 1810, los cruceños decidieron asumir en sus propias manos una parte fundamental de su destino.  No esperaron la condición perfecta, ni el permiso de una autoridad lejana, ni el momento ideal que nunca llega. Esa decisión fundó algo más grande que una fecha en el calendario, fundó una manera de estar en el mundo, una costumbre de asumir responsabilidad colectiva una vocación que renace una y otra vez a lo largo de nuestra historia.

Esa manera de ser cruceño se hizo carne, con el paso de las décadas, en generaciones de bolivianos llegados de los nueve departamentos y en familias provenientes de muchas partes del mundo, que hoy defienden esta tierra con la misma pasión de quienes tienen aquí sus raíces desde siempre. Se hizo carne en quienes migraron buscando trabajo y terminaron construyendo empresa, en quienes llegaron de paso y decidieron quedarse, en quienes encontraron aquí una oportunidad y terminaron encontrando también un hogar. Santa Cruz no le exige a nadie dejar de ser de donde viene para comenzar a ser también de aquí. Y quizá esa sea una de sus mayores fortalezas: convertir la diversidad en pertenencia y la pertenencia en una voluntad compartida de construir.

Y esa realidad, más que un dato demográfico, le da alcance nacional a lo que Santa Cruz propone y reclama. Cuando en esta tierra conviven y construyen su futuro bolivianos provenientes de todos los departamentos, hablar de mejores instituciones, mayor capacidad de gestión, reglas estables para producir y condiciones para emprender deja de ser una agenda exclusivamente regional. Son aspiraciones compartidas por miles de familias que eligieron hacer su vida aquí. Pero esa condición también nos impone una responsabilidad: una Santa Cruz que ha recibido a Bolivia entera no puede pensarse solamente a sí misma; tiene que contribuir, desde su experiencia y su capacidad de hacer, a construir soluciones para el país entero.

El 24 de septiembre no celebra solamente una fecha ni un origen. Celebra una forma de hacerse cruceño: integrando en lugar de excluir, sumando en lugar de separar y asumiendo que pertenecer también significa hacerse responsable. Sostener esta tierra, para quienes nacieron en ella y para quienes la eligieron, significa cuidarla, hacerla producir, defender sus instituciones y dejarla mejor para los que vienen. Porque ser cruceño nunca fue solamente una cuestión de nacimiento; es una manera de vivir y de construir. El camba nace donde quiere. Pero se hace aquí.

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