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Bolivia es india, parte dos: el salario del desprecio

Bolivia es india. No es una consigna: lo digo a manera de observación. Basta mirar de qué está tejido este país: su castellano, sus fiestas, su manera de confiar y de despedir a sus muertos. Y sin embargo es una frase que casi nadie dice en voz alta, porque aquí todos sabemos que decirla tiene consecuencias.

A veces nombrar despierta sombras y bestias, miedos y desesperos, violencia: lo he visto antes. Mayo de 2008, plaza mayor de Sucre: decenas de campesinos arrodillados con el torso desnudo, obligados a punta de desprecio, y ahí mismo ardieron sus ponchos y sus wiphalas. La plaza gritaba. El olor a quemado no abandona una plaza con simpleza. No esta manera de quemar.

Once años después, vuelve el mismo fuego: se extirpan wiphalas de uniformes policiales; wiphalas arden en las calles. La Constitución ya había situado la bandera multicolor entre los símbolos del Estado, es decir, un hilo del tejido propio, quemado por las manos que lo habían izado. La ceniza se enfría en un momento. La chispa origen lleva quinientos años en vida latente.

El oficio del rechazo

¿Por qué? ¿Cómo llega alguien a quemar su propia bandera? En Bolivia están no solo aquellos que aprendieron a no mirar su hilo, su lazo: viven de no mirarlo. El rechazo del indio se hereda como se hereda una tienda de esquina y, como toda tienda, se atiende. De a poco y cada día: en el acento que se vigila, en el apellido que se pule, en el matrimonio que mejora la raza, en el “no seas india” con que se corrige a una hija.

Y, como toda tienda, deja ganancia. El oficio es el rechazo; la industria, el desprecio. El salario no se registra en nómina alguna, pero se conoce: la fila que avanza, la palabra que es recibida y respetada, la muchacha servicial, el mirar desde arriba, por sobre el hombro, con ventaja. Tocarles el rechazo es tocarles el sueldo. Por eso se responde con fuego, con urgencia inquisidora.

Pero hay que observar el negocio de cerca, como se lee un contrato sospechoso antes de firmar: quien se define por no ser india necesita al indio cada mañana. Lo necesita para saber quién es, para saber dónde está, para medir cuánto vale. Le ha entregado el timón de su ser y existencia.

No hay en este mundo servidumbre más completa.

La casa abierta

Además está lo que el contrato no dice: negarse agota. Es un trabajo de todos los días y de todas las horas. Se madruga a vigilar el acento, se trasnocha puliendo el apellido, y no hay domingo ni feriado, porque el indio que uno niega vuelve en cada espejo, en cada foto familiar, en cada abuela. De ese trabajo nadie paga aguinaldo. De ese trabajo nadie se jubila solo. Por eso mi nombrar invita; no viene a acusar, no viene a perdonar, no viene a convertir: viene a jubilar.

Cerrar la tienda, entrar en la casa: la mesa, el apthapi, se ha tendido y espera hace tanto. El precio es uno solo: renunciar al salario de mirar desde arriba, renunciar al trabajo del desprecio. Habrá quien prefiera el quemar, el rechazar, el negarse, y es libre de hacerlo. La casa no se construye al ritmo de quien más se resiste o se ciega.

A la diáspora le digo lo que a mí nadie me dijo a tiempo: si tu madre o tu padre, o tu abuela es aymara, eres aymara. Si algo te ata a la tierra, a la historia, a la lengua, a la mesa, hay un lugar puesto para ti. Pienso en el chuño, la papa que sobrevive a la helada dejándose transformar. Ya no se parece a la papa, y es papa. Dura años, cruza distancias, es alimento. Lo que la interrupción transformó no dejó de ser lo que es. Somos más fuertes siendo más.

La máquina de clasificar

Sé que esto incomoda a los custodios de la pureza, y quiero hablarles sin caricatura, porque su vigilia tiene razones: han visto el folclor vaciar lo sagrado y el mercado disfrazarse con y de nosotros. Pero la prueba que administran tiene una historia, y conviene contarla completa. Me cuesta pensar en una máquina de clasificar más minuciosa e implacable que la colonia. Padrones, castas, certificados, limpieza de sangre: clasificar era gobernar. A cada cuerpo una categoría, a cada categoría un precio.

Cuando hoy le exigimos a una hermana haber nacido en el altiplano, hablar la lengua, pasar la prueba de autenticidad, no estamos protegiendo: estamos operando aquella misma máquina, solo que esta vez con nuestras manos. Las preguntas del examen son las de siempre. ¿Dónde has nacido? ¿Qué hablas? ¿Qué pruebas tienes? Se invierte el actor, se cambia la dirección; pero la operación de clasificar y expulsar sigue siendo la operación colonial. Y el resultado también es el de siempre: el pueblo se achica. Cada requisito nuevo es un hilo jalado del tejido. El censo, década tras década, cuenta los hilos jalados.

Construir, no reaccionar

Con esta mirada no podría describir mi trabajo como decolonial, y no es un capricho de vocabulario. Estudio a fondo la estructura colonial, pues lo que no entiendes te gobierna. Pero definirse contra el opresor es seguir orbitando alrededor del opresor: sus intenciones en espejo, la identidad como respuesta, el futuro como reacción. Me niego a que nuestro ser y nuestro valor se organicen alrededor de lo que otro hizo. No somos la antítesis de nadie.

Hay una liberación tan libre que no necesita reclamarse liberación: simplemente construye. Y nosotros ya la practicamos una vez. En 1931, en Warisata, Avelino Siñani y Elizardo Pérez no fundaron una pedagogía de protesta: fundaron una escuela del ayllu, en tierra aymara, con lógica aymara, gobernada por su propio parlamento de amautas. Fue el Estado el que tuvo que viajar hacia ella. Construimos donde estamos y hacemos que el centro viaje hacia nosotros.

Y porque construir es mirar la herencia con los ojos abiertos, digo también esto: casi todo lo que heredamos pasó primero por manos de hombres, incluidas nuestras comunidades. Heredamos el ideal del chachawarmi, la autoridad de mujer y hombre caminando a la par, y heredamos la distancia entre ese ideal y la vida concreta de nuestras madres: quién habla en la asamblea y quién cocina para la asamblea. No voy a romantizar lo propio para no incomodar a los propios. Un pueblo que se sabe creador no carga intacto lo que lastima a la mitad de su gente. Hacer verdad esa paridad es parte de la obra, no una nota al pie.

Zera Bolivia

Esto es Zera Bolivia. Zera quiere decir semilla. Servimos a las niñas y los niños de Bolivia, empezando por quienes pagan hoy el precio más alto, enseñando pensamiento crítico e inteligencia emocional, nombrando el racismo y el machismo sin organizarnos alrededor de ellos. Trabajamos para que las wawas hereden la casa abierta y no la lista: una identidad tan segura de sí misma que puede darse el lujo de ser generosa.

No sobrevivencia. No solamente autodeterminación. Autorrealización: la práctica de un pueblo que se sabe creador. En una generación, la Bolivia que se declara indígena pasó de ser seis de cada diez a menos de cuatro, porque declararlo cuesta. Nuestra tarea no es obligar a nadie a volver. Es construir una indianidad tan amplia, tan digna y tan fértil que volver sea lo natural, como vuelve el agua al agua. Bolivia es india. Cuando lo digamos sin miedo, empieza otra época. No como venganza: como germinación.

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