Espinoza no se fue, lo echaron. Su salida del esquema gubernamental lanza un mensaje duro pero potente para quienes aspiren a cargos públicos de autoridad. La rendición publica de cuentas en la asamblea no es mero acto administrativo, es una obligación que viene atada al cargo, eludirla tienes sus consecuencias.
Espinoza pago muy caro su poca experiencia en el sector público: 11 meses como director y 9 de ministro. La inexperiencia estatal quedó evidenciada además en la creación de un portal fiscal que casi nadie lo utiliza y que prometió ser el paradigma digital de la transparencia, es autor de la redacción del D.S. 5503 con sus más de 100 artículos que incluyen sus errores de transcripción, también se le debe la demora histórica de ocho meses para aprobar un presupuesto a cinco meses de su conclusión y la inoperante gestión de la ley de inversiones cuya versión final aún no fue discutida en la asamblea.
La salida de Espinoza tiene además un matiz mucho más profundo que la sola inasistencia a la Asamblea. Su partida está manchada por un presunto hecho de defraudación fiscal que hasta ahora no se ha esclarecido. Cabe señalar que la renuncia o destitución a un cargo no exime los actos jurídicos. Esta es una advertencia que todo funcionario público debiera conocer antes de enrolarse al Estado.
La declaración jurada no es un simple documento administrativo, es una constancia jurídica que todo funcionario que vaya a ocupar cargos en el Estado debe realizar de forma fehaciente y Espinoza no puede estar por encima de la ley. Ojalá está lección sirva a otros en el entorno de gobierno que subestiman el trabajo de los funcionarios públicos, así como sus responsabilidades.
Tampoco se puede subestimar el sentido común de la gente y quedar impune. La censura pública y el escrutinio social puede llegar a ser mucho más punzante que la propia justicia boliviana, acostumbrada a demorar y ser inclinada. Es posible que la presión social terminó convenciendo al presidente Paz sobre el alejamiento de Espinoza incluso antes del retiro del amparo, para no cargar una imagen ya deteriorada sobre su gobierno.
Es curioso que el motivo que impulsa el retiro del amparo, sea la misma urgencia por resolver los problemas que ha dejado pendiente el propio Espinoza. Su gestión estuvo marcada por cifras negativas como la mayor depreciación del boliviano en un mes desde los años 90 (25% en julio), el incremento más alto en los precios de los combustibles (164% en gasolina y 384% en diésel) y la recesión trimestral más profunda sin contar la pandemia (3,3%). Estas medidas, lejos de ser políticas de estabilización, constituyeron un brusco ajuste ortodoxo que operó como un experimento social digno de aquel que se dedicó hacer pruebas de ensayo y error sobre una población aturdida.
También decepcionó a las huestes neoliberales que esperaban un ajuste fiscal más duro que no se concretó, la eliminación total de las subvenciones que quedó frustrada, la promesa de un régimen cambiario completamente flexible que terminó siendo intervenido (al menos en el anuncio). No culminó la devolución de los dólares a los ahorristas prometida en campaña en 6 meses. Cómo tampoco logró eliminar el impuesto a las grandes fortunas como era deseo de quienes lo llevaron al cargo.
Su papel más relevante fue la negociación directa con el FMI, relación de la cual se aferró de uñas y dientes con tal de preservarse en el cargo hasta que ya no pudo. Los ajustes económicos han quedado incompletos. La credibilidad del gobierno en entredicho y la confianza de la gente por los suelos. Al final, lo que verdaderamente importa no son las promesas con las que los gobiernos y sus autoridades llegan al poder sino los resultados de gestión con los que serán recordados.
La prepotencia y altanería no son buenas consejeras y menos en cargos de autoridad. A Espinoza le jugó en contra su elevado ego y temperamento. El próximo ministro que ocupe la titularidad en economía deberá ser alguien con vocación de diálogo, que no divida la asamblea, que tenga la sapiencia de reunirse con organizaciones sociales con la misma importancia que con empresarios privados, que resuelva los verdaderos problemas de la gente y no solo los desequilibrios macroeconómicos.
Pero ante todo lo que el gobierno necesita es algo más que solo cambiar ministros, requiere con urgencia rehacer toda la estrategia de medidas económicas que viene implementando y que hasta la fecha no le ha dado resultados. La gran pregunta es ¿si lo hará?.
