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Bolivia sin tiempo para ensayar

En economía solemos distinguir entre el diagnóstico, las opciones de política y la capacidad de implementarlas. En Bolivia, desafortunadamente, hemos avanzado bastante en lo primero, discutido bastante en lo segundo y fallado reiteradamente en lo tercero.

No porque falten informes, propuestas o buenas intenciones. Tampoco porque los problemas sean enteramente novedosos. La mayor dificultad parece estar en que las decisiones importantes duran poco: se anuncian con entusiasmo, se discuten con pasión y luego se diluyen en la siguiente coyuntura, en el próximo conflicto o en el cambio de autoridades.

Esta fragilidad tiene un costo que no siempre vemos. Cada mes de indefinición regulatoria, cada reforma que se posterga y cada señal contradictoria que se envía tiene efectos sobre la inversión, el empleo y la confianza. No son abstracciones técnicas: son decisiones de empresas que se frenan, de familias que se endeudan con más cautela y de jóvenes que empiezan a mirar otros destinos.

¿Tenemos todavía margen para seguir ensayando? Creo que cada vez menos. El tiempo, que en los libros aparece como una variable secundaria, se ha convertido en nuestro recurso más escaso. Mientras discutimos si una medida responde a una u otra etiqueta ideológica, otros países ya probaron caminos, corrigieron errores y, sobre todo, sostuvieron decisiones durante varios gobiernos.

Ahí está una lección que conviene mirar con menos prejuicio y más serenidad. Las reformas que funcionaron en la región no fueron necesariamente perfectas. Algunas tuvieron costos, otras requirieron ajustes y varias enfrentaron resistencias comprensibles. Pero tuvieron un atributo decisivo: alguien las defendió cuando estuvieron a punto de ser desmontadas.

Ese “alguien” no siempre fue el gobierno de turno. En varios casos fueron instituciones, técnicos, empresarios, académicos y ciudadanos que comprendieron que una política pública no se sostiene sólo por haber sido aprobada, sino porque existe una coalición dispuesta a preservarla. En términos sencillos: una reforma no vive por la firma que la crea, sino por la sociedad que la cuida.

Esa constatación es particularmente relevante para el sector privado. En países como el nuestro, las empresas no pueden limitarse a esperar que la estabilidad aparezca por generación espontánea. Si desean reglas previsibles, inversión sostenida y un entorno más razonable para producir, también deben participar en la construcción de esa continuidad. No como sustitutos del Estado, sino como actores responsables de una agenda de largo plazo.

Por eso el Foro Económico CAINCO 2026 plantea una pregunta que considero central: ¿qué hizo que ciertas reformas funcionaran y, sobre todo, por qué siguieron vigentes cuando cambiaron las circunstancias políticas? No se trata de importar recetas, menos aún de copiar mecánicamente experiencias ajenas. Se trata de escuchar a quienes estuvieron cerca de esos procesos, comprender sus aciertos y errores, y extraer las lecciones que puedan servirnos.

El viernes 4 de septiembre, en CAINCO, esa conversación tendrá lugar. No lo vemos como un encuentro más para confirmar lo que ya creemos, sino una oportunidad para contrastar ideas con experiencia, evidencia y sentido práctico. Bolivia no necesita descubrir de nuevo la rueda; necesita aprender a conducir sin desarmarla en cada curva.

El Foro Económico CAINCO 2026 abre un espacio para continuar esta conversación. Inscribirse y participar no resolverá por sí solo la magnitud de los desafíos nacionales, pero puede contribuir a algo necesario: escuchar experiencias, contrastar ideas y asumir una responsabilidad más activa en la construcción de respuestas que puedan sostenerse en el tiempo.

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