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celebrar las medallas y construir el futuro

Hay deportes que convocan multitudes y otros que, silenciosamente, construyen prestigio. Bolivia parece haber encontrado en el raquetbol una de esas disciplinas excepcionales en las que el talento, la constancia y los resultados han permitido competir de igual a igual —y muchas veces superar— a países con mayores recursos, infraestructura y tradición deportiva.

Los Juegos Suramericanos de Santa Fe 2026 acaban de recordárnoslo.

Bolivia cerró su participación en el ráquetbol en la modalidad individuales con seis medallas: dos de oro, tres de plata y una de bronce. Conrrado Moscoso volvió a demostrar su jerarquía internacional; Jhonatan Flores confirmó que existe una nueva generación preparada para competir al máximo nivel; Kadim Carrasco, Jenny Daza y Camila Rivero completaron una actuación que ratifica algo que ya no debería sorprendernos. Bolivia es una potencia regional y mundial en este deporte.

Hasta ahí, la parte agradable de la historia.

Pero Santa Fe también nos deja una imagen bastante más incómoda.

La final femenina de singles fue disputada por María José Vargas y Natalia Méndez. Ambas nacieron en Bolivia, crecieron deportivamente vinculadas al raquetbol boliviano y actualmente representan a Argentina. Vargas, además, se encuentra en la cima del raquetbol profesional femenino mundial.

No corresponde reprocharles su decisión. Todo lo contrario. Un deportista de alto rendimiento tiene una carrera corta y necesita entrenadores, preparación física, competencias internacionales, viajes, alojamiento, alimentación, atención médica, equipamiento y sobre todo, continuidad. El talento por sí solo no financia una carrera profesional. Quizás sea ahí donde deberíamos comenzar una reflexión menos emotiva y mucho más pragmática.

El éxito del raquetbol boliviano parece descansar todavía, en buena medida, sobre una combinación extraordinaria de esfuerzo individual, familias que financian y acompañan durante años a sus hijos, entrenadores comprometidos, asociaciones que organizan competencias y una Federación que ha acumulado experiencia internacional.

El Estado ha realizado algunos esfuerzos y sería injusto desconocerlos. Existen antecedentes de apoyo mediante programas deportivos, incentivos y cobertura parcial de pasajes para atletas destacados. Pero también existen casos recientes en los que seleccionados nacionales tuvieron que buscar recursos adicionales e incluso recurrir a aportes privados para poder participar en competencias internacionales.

Esa diferencia es importante.

El problema no parece ser la inexistencia absoluta de apoyo. El problema es que todavía resulta insuficiente, ocasional y poco previsible para una disciplina que produce resultados extraordinariamente consistentes.

Y allí aparece una pregunta inevitable: ¿qué más tendría que demostrar el raquetbol boliviano para convertirse en una verdadera prioridad deportiva nacional?

No se trata de enfrentar deportes.

El fútbol tiene una dimensión social, cultural y económica incomparable y continuará concentrando naturalmente una parte importante de la atención pública y privada. Pero una política deportiva seria no debería distribuir sus esfuerzos exclusivamente en función de la popularidad. También debería reconocer rendimiento, potencial competitivo, formación de nuevas generaciones y posibilidades reales de posicionamiento internacional.

El raquetbol cumple prácticamente todas esas condiciones.

Tenemos campeones internacionales, jugadores profesionales, entrenadores experimentados, jóvenes con enorme proyección y, probablemente lo más importante, centenares de niños que observan a nuestros campeones y empiezan a imaginar que ellos también pueden representar algún día al país.

Ahí se encuentra el verdadero patrimonio que deberíamos proteger.

Porque la fuga de talento no comienza cuando un campeón decide representar a otra bandera. Empieza mucho antes: cuando un adolescente con condiciones excepcionales descubre que competir internacionalmente depende exclusivamente de las posibilidades económicas de su familia; cuando un entrenador capacitado encuentra mejores oportunidades profesionales en otro país; o cuando un joven comprende que llegar al alto rendimiento implica asumir costos que difícilmente podrá financiar.

Exportar talento deportivo no es necesariamente algo negativo. Que entrenadores y jugadores bolivianos sean requeridos internacionalmente también demuestra la calidad que se ha desarrollado en el país.

Lo preocupante sería que irse se convierta en la única alternativa para progresar. Por eso quizás sea momento de cambiar la lógica.

En lugar de reaccionar cada vez que aparece una medalla, Bolivia podría construir un programa nacional de desarrollo del raquetbol de alto rendimiento, coordinado entre el nivel central del Estado, gobernaciones, municipios, Federación, asociaciones, clubes y empresa privada.

No necesariamente tendría que significar enormes cantidades de recursos.

Podría comenzar identificando una selección permanente de deportistas de élite y talentos juveniles; garantizando calendarios internacionales mínimos; apoyando pasajes, preparación física, atención médica y competencias; fortaleciendo centros de entrenamiento existentes; formando entrenadores; y creando mecanismos transparentes para que empresas privadas puedan patrocinar atletas y selecciones.

También sería importante mirar más abajo.

Los campeones mundiales no aparecen espontáneamente. Surgen de categorías infantiles y juveniles, de torneos municipales y departamentales, de padres que llevan durante años a sus hijos a entrenar y de profesores que detectan condiciones cuando todavía nadie sabe si ese niño llegará algún día a representar al país.

Una política deportiva inteligente debería acompañar precisamente ese recorrido.

Bolivia atraviesa limitaciones económicas evidentes y sería ingenuo desconocerlas. Pero administrar escasez también significa establecer prioridades. Y pocas inversiones parecen más razonables que fortalecer aquello que ya demuestra resultados.

No necesitamos inventar una potencia deportiva. Ya la tenemos.

Lo que necesitamos es decidir qué queremos hacer con ella.

Las medallas de Santa Fe deberían celebrarse. Nuestros campeones merecen reconocimiento, aplausos y orgullo. Pero quizás el mejor homenaje no sea solamente recibirlos con fotografías, discursos y felicitaciones.

El verdadero reconocimiento sería conseguir que el próximo Conrrado Moscoso, el próximo Kadim Carrasco, la próxima María José Vargas o el próximo Jhonatan Flores, cuando tenga diez o doce años y empiece a destacar en una cancha boliviana, pueda imaginar una carrera deportiva sin que la primera preocupación de su familia sea cuánto costará mantener vivo ese sueño.

Porque cuando un país encuentra algo que sabe hacer excepcionalmente bien, lo razonable no es solamente celebrarlo.

Es cuidarlo, fortalecerlo y convertirlo en futuro.

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