En diciembre de 2024, en la cárcel de Rodeo I, me tocó compartir celda con un ciudadano ruso al que, por razones de privacidad, llamaré Vladimir. El presidente Nicolás Maduro me había enviado allí después de que yo apareciera en televisión cuestionando su proceder tras los controvertidos comicios de ese año. Vladimir estaba detenido por haber caminado, como turista, cerca de la base militar conocida como Fuerte Tiuna. Aparentemente era inocente.
La cercanía con él en prisión, su devoción por la Biblia en traducción rusa y su fe profunda en Jesucristo me hicieron reflexionar y, en buena medida, inspiraron mis investigaciones posteriores sobre Rusia. Entendí que nos llevábamos bien no solo por simpatía personal, sino porque, desde el punto de vista de la fe, éramos mucho más cercanos de lo que yo podría estarlo con la América protestante.
Afortunadamente, este hombre fue liberado en enero de 2025.
Como ya mencioné en mi página LeocenisGarcia.com y mis entregas de El Nacional en Venezuela, Rusia busca una suerte de “realismo civilizatorio”: un contramodelo al liberalismo occidental que utiliza el capitalismo para fortalecer al Estado y a las élites, mientras promueve una agenda social conservadora y soberanista que tacha los valores occidentales de “decadentes” o “fútiles”.
Este concepto no es un invento retórico de Vladimir Putin, sino una corriente de pensamiento ruso que tiene nombre propio: el realismo civilizatorio (цивилизационный реализм), desarrollado sobre todo por el politólogo Boris Mezhuev a partir de las ideas de Vadim Tsymbursky y su famosa tesis de “La isla Rusia”. En esencia, propone algo muy pragmático y, al mismo tiempo, profundo:
El mundo no se organiza alrededor de valores universales (la “democracia liberal” como receta única), sino alrededor de civilizaciones distintas, cada una con su propio centro de gravedad cultural, religioso y político.
Rusia no es un país más dentro de Europa ni una potencia “euroasiática” que quiere integrarse al Occidente liberal. Rusia es un Estado-civilización (gosudarstvo-tsivilizatsiya), un polo civilizatorio completo, con su propia lengua, fe ortodoxa, tradición histórica y visión del orden mundial.
Por tanto, la estrategia racional no es confrontar a Occidente para destruirlo ni copiarlo para integrarse, sino mantenerse como isla soberana que atrae a su órbita a quienes comparten afinidades civilizatorias, mientras coopera selectivamente con quien le convenga en lo práctico.
Aquí está la clave que explica el título de este ensayo en la Razón de Bolivia : Putin, como líder de Rusia, quiere de Occidente solo el capitalismo. El realismo civilizatorio le permite tomar sin complejos la tecnología, los mercados, las inversiones y la eficiencia del modelo capitalista occidental, pero rechazar de plano el “paquete ideológico” que viene con él: el individualismo que califica de “radical”, la agenda woke, la primacía de los derechos humanos por encima de la soberanía cultural y la idea de que la historia avanza inexorablemente hacia una sola forma de sociedad liberal.
En la práctica, esto se traduce en:
Un capitalismo autoritario y estatalista: el Estado controla los sectores estratégicos y los oligarcas solo prosperan mientras sean leales al Kremlin.
Una política exterior multipolar y civilizatoria: Rusia no busca un imperio universal, sino ser reconocida como uno de los grandes polos (junto a China, India, el mundo islámico, etc.) en un mundo donde cada civilización define sus propias reglas.
Una narrativa conservadora que une a Rusia con otros países que rechazan el “fundamentalismo liberal”: de ahí el giro hacia los BRICS, el apoyo a regímenes africanos y latinoamericanos conservadores, y el énfasis en los “valores tradicionales”.
Y aquí es donde el realismo civilizatorio toca directamente a América Latina católica. Porque, aunque Rusia se presenta como guardiana de la ortodoxia, comparte con nosotros una cosmovisión cristocéntrica que valora la tradición, la familia, la soberanía cultural y la idea de que el Estado debe proteger el bien común espiritual, no solo los derechos individuales. Es el mismo espíritu que Chávez nunca llegó a entender del todo: Rusia ya no es socialista, pero tampoco es liberal. Es un capitalismo conservador que defiende una civilización distinta dentro de la gran tradición cristiana de Occidente. Y eso es un punto que, a un liberal con vocación de poder como yo, me atrae profundamente.
El realismo civilizatorio es la doctrina que permite a Putin decir:
«Tomamos lo mejor del capitalismo occidental (el motor económico), pero rechazamos su alma liberal porque nosotros tenemos nuestra propia alma: ortodoxa, soberana y milenaria».
No es antioccidentalismo visceral. Es un realismo frío que reconoce que las civilizaciones no se disuelven en un “fin de la historia” liberal, sino que coexisten, compiten y, a veces, pueden dialogar. Ese diálogo es precisamente el que este libro quiere explorar: no para justificar la guerra ni el autoritarismo, sino para entender que Rusia no es un enemigo eterno de Occidente, sino un hermano civilizatorio incómodo que nos obliga a preguntarnos qué parte de nuestro propio Occidente estamos dispuestos a defender… y qué parte estamos dispuestos a reformar.
La caída de Maduro y la nueva fase rusa
Cuando salí de prisión en febrero de 2026, lo logré por dos vías: la mediación del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero y la del exenviado especial para casos de rehenes americanos en el mundo de Trump y Biden, el apreciado embajador Roger Carstens.
La verdad es que me encontré con una situación bastante incómoda. Había estado dos años sin noticias ni periódicos en esa cárcel; solo sabía, por las visitas de mi padre, que Estados Unidos mantenía un bloqueo naval desde hacía meses y que, a principios de enero —concretamente el día 3—, una incursión militar había secuestrado a Maduro desde el Fuerte Tiuna y lo había trasladado, junto con su esposa, a Nueva York como prisionero.
Yo fui liberado un mes después, el 8 de febrero. Aunque estaba preso por denunciar a Maduro y su régimen de terror, no me agradó del todo la incursión militar ni que varios soldados venezolanos murieran en ella. De hecho, protagonicé una encendida protesta en la cárcel contra compañeros que celebraban la operación; los llamé “vende-patria” a grito herido. Porque, si bien es cierto que detestaba a Maduro, ni en esta vida ni en la otra iba a aplaudir una incursión militar extranjera.
Pero la primera pregunta que me hice esos días en libertad —y que nadie supo responderme— fue: ¿por qué Rusia, que había apoyado militarmente a Venezuela vendiéndonos armas y cuyo interés en nuestro país era comprensible por lo que Venezuela significaba para Moscú, no movió un dedo?
Pese al control que durante décadas ejercieron sobre la FANB —lejos de los rumores que atribuían ese dominio a los cubanos—, Rusia no respondió al ataque. El ministro Padrino López, quien tanto se había retratado con el Kremlin y había recibido asesoría previa a la extracción de Maduro, optó por una pasividad que refuerza el objetivo ruso de deshacerse de un socio que ya no era sostenible.
Nunca en la historia moderna un jefe de Estado en ejercicio, al frente de sus poderes y rodeado por el dispositivo militar más robusto de su país, había sido capturado dentro de su propio cuartel general. El 3 de enero, Nicolás Maduro no fue derrocado por una rebelión interna ni vencido en un campo de batalla convencional.
Fue extraído en plena madrugada desde el perímetro del Fuerte Tiuna, la principal instalación militar de Venezuela, sede del Ministerio de la Defensa, de la Comandancia del Ejército y de batallones de infantería, caballería motorizada y blindados cuyo despliegue debía garantizar su integridad física.
Con todos los recursos humanos, tecnológicos y logísticos a su disposición, y con alertas previas sobre la naturaleza y los métodos de la amenaza, el desenlace no fue producto de una derrota material ni de una imposibilidad operativa. Fue el resultado de una parálisis decisoria sistemática.
Ese vacío estratégico tiene un nombre preciso en la doctrina de seguridad contemporánea: “inacción radical” militar. Y entenderlo es la única vía para explicar cómo un Estado soberano perdió a su comandante en jefe sin activar el sistema de defensa que juró mantener.
El pragmatismo ruso y la asimetría chavista
Desde los tiempos de Hugo Chávez, Rusia se convirtió en el gran patrocinador geopolítico del chavismo. No fue un aliado cualquiera: fue el que proporcionó el oxígeno financiero, militar y retórico cuando Occidente cerraba las puertas. Pero, como siempre en la historia, las alianzas entre potencias autoritarias y regímenes dependientes terminan revelando más sobre el pragmatismo ruso que sobre la “solidaridad antiimperialista”.
Mi experiencia personal en las cárceles del régimen me permitió ver de cerca cómo operaba esa influencia. En Rodeo I, escuché relatos de copresos sobre los circuitos de corrupción que involucraban a empresas rusas en PDVSA, los acuerdos de armas que nunca se tradujeron en soberanía real y la retórica que justificaba la represión interna con el discurso de “resistencia al imperio”. Rusia no salvó a Venezuela del colapso; la mantuvo en una dependencia que servía a Moscú: un punto de avanzada en el patio trasero de Estados Unidos, acceso a recursos energéticos y un laboratorio para probar estrategias de influencia.
Chávez vio en Putin al líder que podía confrontar a Washington sin complejos. Los acuerdos se multiplicaron: Rosneft entró en la Faja del Orinoco, se firmaron contratos millonarios de armas, cooperación nuclear e intercambios culturales que disfrazaban la dependencia. Para el Kremlin, Venezuela era un activo de bajo costo: un aliado que distraía a EE. UU. en su hemisferio mientras Rusia operaba en Ucrania, Siria y el Ártico.
Pero esa relación siempre fue asimétrica. Rusia tomaba lo que necesitaba (petróleo barato a través de mecanismos de evasión de sanciones, votos en foros internacionales) y daba lo justo para mantener el régimen a flote. De Occidente, el chavismo copió el capitalismo de conveniencia: élites enriquecidas, cuentas en Miami y Madrid. De Rusia, la astucia autoritaria: control del aparato de seguridad, propaganda y la capacidad de adaptarse sin rendirse del todo.
Con la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, la relación entró en una fase de baja visibilidad. Rusia condenó la “agresión estadounidense”, mantuvo contactos diplomáticos con Delcy Rodríguez y Lavrov habló con ella, pero Putin guardó un silencio calculado. Prioridades mayores (Ucrania, equilibrio con Trump) pesaron más que defender un aliado lejano y agotado.
Esto no significa una ruptura total. Hay lazos residuales en petróleo (shadow fleet), comercio discreto y foros como el SPIEF. Pero la dinámica cambió: menos visitas de alto nivel, menos pactos estratégicos públicos. EE. UU. presiona para reducir esa influencia, y Delcy navega entre el pragmatismo y las lealtades pasadas.
La “Perestroika de Delcy”
En la historia de los regímenes autoritarios, pocos conceptos ilustran mejor la supervivencia pragmática que la Perestroika de Mijaíl Gorbachov. Aquella reforma soviética de mediados de los años 80, vendida como apertura y reestructuración, fue en realidad un intento desesperado de salvar el sistema desde dentro: cambiarlo todo para que nada cambiara realmente. Gorbachov creía que el comunismo podía modernizarse sin una ruptura violenta, manteniendo el control del Partido y el aparato de poder. El resultado fue el colapso acelerado de la URSS, pero también la semilla de un nuevo autoritarismo ruso bajo Putin: más capitalista en la forma, igual de centralizado en el fondo.
Hoy, en mi país, asistimos a una versión criolla de esa misma lógica. Delcy Rodríguez, al asumir el rol de figura central tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, ha iniciado su propia Perestroika chavista. No se trata de una democratización genuina, sino de una reestructuración calculada: doblarse ante las presiones externas (principalmente estadounidenses) para no romperse internamente y preservar el núcleo de poder.
Delcy, con su perfil de pragmática forjada en años como canciller y vicepresidenta, entiende lo que Gorbachov intuyó demasiado tarde: un régimen agotado por sanciones, aislamiento y crisis económica no sobrevive con dogmatismo. Por eso abre la puerta a la inversión extranjera (selectiva, claro, favoreciendo a los oligarcas leales), modera el discurso antiimperialista en foros internacionales y negocia con Washington mientras mantiene el control de las instituciones clave, las Fuerzas Armadas y los circuitos de lealtad chavista.
Esta “Perestroika de Delcy” no es una traición ideológica al chavismo, sino su evolución natural para la supervivencia. Como en la Unión Soviética, se busca proyectar continuidad: el socialismo del siglo XXI se transforma en un modelo más “pragmático” y “atractivo para el capital”, pero sin ceder el monopolio del poder. Cambiar la fachada económica y diplomática para que el núcleo autoritario permanezca intacto. Rusia lo hizo; Venezuela lo intenta ahora, con el Kremlin observando desde la distancia, calculando pérdidas y oportunidades discretas en petróleo, deuda y alianzas residuales.
En mi experiencia como preso político que conoció de cerca las entrañas del régimen, esta maniobra no sorprende. Es el realismo geopolítico aplicado a la desesperación: cuando el sponsor ruso ya no puede (ni quiere) sostener el modelo anterior, la élite local se adapta. Delcy no es Gorbachov en envergadura histórica, pero comparte el instinto de supervivencia: reformar para perpetuarse.
Esta dinámica confirma una tesis central: Rusia exportó a Venezuela no solo armas, petróleo y retórica antioccidental, sino también la lección de cómo los regímenes autoritarios mutan para persistir. De Occidente, el chavismo solo tomó el capitalismo de conveniencia; de Rusia, la astucia para mantener el control.
Lección final para Venezuela
Como liberal patriota, veo en esta historia una advertencia y una oportunidad. Venezuela no debe repetir dependencias externas que hipotequen su soberanía. La verdadera salida pasa por una transición ordenada hacia una democracia liberal: economía de mercado real, Estado de derecho y alianzas pragmáticas que beneficien al pueblo, no a las élites.
Rusia nos enseñó, a su pesar, que los imperios y sus aliados sobreviven adaptándose. Ahora nos toca a nosotros construir algo mejor: una Venezuela libre, donde el capitalismo genuino y la democracia reemplacen tanto al socialismo del siglo XXI como a las Perestroikas de conveniencia.
*Leocenis García es dirigente de Acción Democrática en Resistencia en Venezuela
