Un 11 de octubre de 1854 nació en Cochabamba Adela Zamudio, la mujer que firmaba como Soledad unos poemas que desnudaban, con una audacia escandalosa para la época, la desigualdad de su tiempo y cuestionaban la falta de oportunidades económicas, políticas y sociales para las mujeres.
Hoy el calendario nos reserva más de una fecha. Todas buscan reconocer la contribución histórica de las mujeres y recordarnos que la lucha por la igualdad sigue abierta. Las fechas cambian, pero a mí me gusta pensar que ese día puede ser cualquiera. Un martes, por ejemplo. A las diez y media de la mañana, en una sala de reuniones cualquiera. Un martes en que una mujer propone algo y, en lugar de un silencio cortés o de una audiencia absorta en sus celulares, encuentra eco. Sin seudónimo. Ideas propias, dichas en voz alta. Ideas con dueña.
Hace más de un siglo, Adela escribió un poema que todavía incomoda. En él retrató a una mujer más lúcida y esforzada que el hombre a su lado, condenada a verlo recibir, por el solo hecho de ser varón, el reconocimiento que a ella se le negaba. Lo tituló Nacer hombre. Si Adela entrara hoy a esa sala de reuniones, ¿vería la misma escena o una distinta? Cambiaron el mobiliario, la tecnología y las leyes. En demasiadas salas, la escena sigue intacta.
Cada 11 de octubre, mientras llegan puntuales las flores y los mensajes de admiración, pienso en las mujeres en ese martes cualquiera. Tengo la convicción de que el Día de la Mujer Boliviana vive menos en el calendario que en los instantes mínimos que pasan sin testigos. Ahí se celebra, o se traiciona.
La desigualdad de nuestro tiempo dejó atrás la crudeza de la prohibición y aprendió a ser discreta; por eso es más tenaz. Se esconde en lo cotidiano, en gestos tan pequeños que parecen inofensivos. Y es ahí donde también se la derrota.
Se celebra cuando tomamos la palabra primero, con la certeza de que nuestras ideas son lo bastante lúcidas para ser escuchadas antes que juzgadas. Se celebra cuando entrevistamos a una candidata embarazada y la evaluamos por lo único que corresponde, su talento. Se celebra cuando a una mujer se le confía el proyecto más ambicioso o el cliente más difícil, y es ella quien decide qué desafíos asume. Porque el cuidado que decide por otra, por bienintencionado que sea, también cierra puertas. Se celebra cuando el acta, el café y el cumpleaños del mes se reparten entre todos, y el pretexto de que ella es – más detallista – queda en el pasado. Se celebra cuando una joven profesional escucha de sus líderes que su trabajo es valioso, antes de que la duda la convenza de que el lugar que ocupa le queda grande. Se celebra cuando una mujer con carácter recibe el mismo adjetivo que un hombre con carácter: líder.
Todo esto ocurre lejos de las estadísticas, en los días que el calendario deja entre flor y flor. La igualdad se consigue con la suma paciente de decisiones mínimas, repetidas mil veces por quienes tienen algo de poder y eligen ejercerlo con justicia. Por eso, prefiero los compromisos a las flores.
A las mujeres que ya ocupan una silla en la mesa, recíbanla como una deuda con las que vienen detrás. Sentarse fue apenas el comienzo. Mantengan la puerta abierta, y empújenla, para que entren muchas más.
A los hombres que dirigen empresas e instituciones, esta tarea también les pertenece. Empieza por la atención. Advertir quién habla y quién es interrumpida, a quién se le reconoce el mérito y a quién se le arrebata, y tener la entereza de corregirlo al instante.
Y a las más jóvenes, levanten la mano. Aunque tiemble. Aunque la sala parezca indiferente. Esa mano levantada es el homenaje más elocuente a todas las que vinieron antes, empezando por una cochabambina que, hace más de un siglo, se atrevió a levantarla cuando el mundo le pedía silencio.
El próximo martes, a las diez y media, una mujer volverá a tomar la palabra. Que la mesa la escuche a la primera. Ese día será 11 de octubre.
