El Arco de Triunfo es una invención arquitectónica exitosa. Es una estructura sin función práctica que comunica mensajes de poder o de alguna memoria colectiva. En la Roma antigua, traspasar esa estructura era más que un desfile militar. Era un acto purificador: un ejército victorioso dejaba atrás muertes y ruinas, para ingresar al espacio sagrado de la ciudad capital. Los bajorrelieves, esculpidos en los Arcos Triunfales de Tito o de Constantino, comunicaban esos mensajes de gloria política como lo hacen, hoy en día, la prensa, la TV o las rrss.
En el siglo XIX, Napoleón Bonaparte reeditó esta tipología rememorando sus triunfos y consolidando el nuevo estado/nación. La simbólica de un monumental arco construido en París agrandaban al Pequeño Corso. Por tales razones históricas, el arco es un umbral existencial. Funciona como un portal de transición entre dos momentos; ejemplo: del caos exterior al orden de la civilización; de la guerra a la paz. Como busca la inmortalidad, el arco triunfal debe ser construido en material inalterable, imputrescible, casi eterno como el granito. Debe, además, situarse en un eje urbano de importancia para recordar a todos quién es el nuevo César.
Los autócratas contemporáneos también apetecen arcos triunfales. Hitler diseño el suyo, también de dimensiones colosales, para su nueva capital Germania. A finales del siglo XX, un presidente socialista emuló esos fastos imperiales. François Miterrand, llamó a concursos de arquitectura para realizar obras exuberantes en París; entre ellos un arco del triunfo: La Grand Arche de la Fraternité. El concurso lo ganó un ignoto arquitecto danés, Johan Otto Von Spreckelsen, que había construido su casita y tres iglesitas. Imagínate el vía crucis del inexperto proyectista.
A pesar de la conocida intolerancia francesa, el danés terco como un témpano, impuso algunos caprichos. Va un ejemplo. Quería que la fachada del arco/edificio (de más de 110 metros de altura) estuviera forrada con mármol de Carrara, a pesar de las advertencias sobre su estabilidad. La obra se terminó el año 1989 con ese material. Con el tiempo las piezas caían sobre la cabeza de los turistas. El año 2010 cambiaron todo el mármol de Carrara por una piedra granito traída de EEUU, gastando la friolera de 200 millones euros más.
Hoy en día, Donald Trump está terminado los trámites para edificar su Arco del Triunfo. Lo llaman Arc de Trump. El proyecto de diseño neoclásico incluye águilas, leones dorados, textos gloriosos y demás firuletes. Se construirá en Washington D.C. con 76 metros de altura, 30 metros más que el Arco de Triunfo de París. A los autócratas del planeta les importa quién la tiene más grande.
Concluyo con el arco más pequeño de todos: el arco de fútbol. Tiene apenas 7,32 metros de ancho y 2,44 metros de alto. Si una pelota cruza ese umbral se produce un cataclismo social: millones de seres humanos gritan de felicidad y millones lloran sin consuelo. Le sigue un tsunami económico: se calcula en 13.000 millones de dólares de ganancia para la FIFA; es decir, una ganancia enorme para un puñado de mafiosos. Sin duda, el arco de fútbol posee la mayor potencia simbólica de todos.
Borges dijo que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Con ello en mente, la FIFA gobierna la sociedad del espectáculo global azuzando el onanismo planetario cada cuatro años. Por mes y medio se postergan bloqueos, se adormecen las pasiones políticas, se olvidan las guerras, conservando inalterable la nueva fase del capitalismo global. El arco de fútbol es pequeño pero efectivo, difunde placer y pasión, entre otras astutas estrategias algorítmicas: racismo e intolerancia, conspiraciones sombrías, exacerbado nacionalismo, caderas bamboleantes…
