«Bolivia, Corazón de Sudamérica»… Llevamos años repitiendo el mantra. Pero ¿de qué “corazón” seguimos repitiendo?
Tendría muchos argumentos para negar el mantra, pero me bastará con lo que nos dejó el pastiche ideológico y racista del masismo, junte de socialismo 21 trasnochado con indianismo disfrazado de indigenismo progresivo: Desde 1991 en el Chapare empezaron los bloqueos carreteros (aprovechando que por esa región pasaba —y aún pasa— el Eje carretero Occidente-Oriente) para defender, en verdad, producir (entonces) pasta base de cocaína porque las hojas de las plantas chapareñas no son las aptas para el consumo “tradicional”.
(Es paradójico que fue la campaña “Coca no es cocaína” del Gobierno Paz —Paz Zamora dixit— de entonces la que dio justificación a esos reclamos… y a todo lo que vendría).
A estos primeros, en 1992 su sumaron bloqueos en otras regiones por la COB y la CSUTCB de entonces con demandas diversas y, después, contra el Plan Dignidad y la Política de Coca Cero, acompañado de la solidaridad efectiva y mediática de toda la progresía local y las gauche caviar onegistas del Primer Mundo.
Tras el aplaque de las violencias después de la duplicación legal de los catos de coca durante el Gobierno De Mesa, “se sirvió la mesa” (aunque no sólo por ello) para la victoria del MAS-IPSP abanderada con un pastiche que mezclaba defensa del indígena con recuperación de la dignidad nacional, pero que terminó usando de telonero al indígena y entregando el país al eje Caracas-La Habana con la complicidad de Brasil y Argentina e Irán y los cárteles colombianos, mexicanos y brasileros.
La falta de seguridad jurídica, la inseguridad política y su reflejo en vialidad, el estrecho vínculo con los regímenes socialistas veintiuneros y cuánto movimiento se declarara progresistas, además de la impunidad de los cárteles fueron clavos en el ataúd del Proyecto Corredor Bioceánico que, desde el puerto de Santos en Brasil debía pasar por Bolivia para llegar al puerto de Ilo (Perú). Hoy, el Corredor Bioceánico de Capricornio ya pronto conectará el océano Atlántico (desde Matto Grosso en Brasil), cruzará el nuevo puente internacional sobre el río Paraguay en Carmelo para atravesar el Chaco paraguayo, salir a Salta y conectar con Jujuy (Argentina) y cruzará los Andes hasta el Pacífico (por los puertos de Antofagasta, Iquique, Tocopilla y Mejillones de Chile). Ah, y obviando totalmente Bolivia.
¿Qué perdió Bolivia? Conectividad, ingresos por tránsito, vinculación regional y, muy importante, imagen de país serio. O confiable.
La “paliación” es la propuesta de un Corredor Ferroviario Bioceánico Central o Tren Bioceánico que uniría los mismos extremos (puertos Santos, Brasil, y Chancay, Perú) atravesando Bolivia. ¿Supone cuán fácil sería bloquear (¡descarrilar!) ese tren para unos bloqueadores? Mientras tanto, la solución más sensata, económica y —agrego— posible sigue siendo la Hidrovía Paraguay–Paraná; la inversión pendiente imprescindible para dar finalización efectiva a la participación boliviana en la Hidrovía —que nos permitiría llegar al Atlántico atravesando Paraguay y Argentina pero también, en sentido contrario, Brasil e incluso llegar hasta Venezuela como ha utilizado Gravetal—, tan dilatada hasta ahora por el Estado, puede ser resultado de una conjunción público-privada entre la Gobernación y capitales privados, ya sean nacionales como extranjeros.
Estos días de bloqueos y violencia nos están haciendo retroceder a un país donde la ley y los derechos de todos son aplastados por un grupo minoritario, prebendalista y violador de los mismos derechos tras los que dicen protegerse. La economía (que venía de un ciclo cada vez más calamitoso desde el declive de 2014) aumenta su negatividad en los resultados; la inflación regresa y la urgida IE se esfuma, como se esfuman los loables proyectos de convertir Bolivia en un polo turístico sostenible que preconizan amigos como Molina y Mendoza y que prohijaba con activo entusiasmo otra antigua amiga: Yáñez.
Cincuenta días de conflictos en nombre… “del pueblo”. Pero ¿de qué “pueblo”?
