Dos personas rusas que vivieron durante la Unión Soviética se encuentran y comentan, con pena, que todo lo que les contaron sobre lo bueno que era el comunismo era mentira; luego agregan, con decepción, que todo lo malo que les explicaron del capitalismo, sin embargo, era verdad. Es un chiste (contado sin chispa, sí), pero en toda broma hay algo de verdad. La decepción en política forma parte de nuestro imaginario colectivo; aunque, no por eso, sus consecuencias dejan de afectar a quienes la viven.
Hay un clima de decepción en Bolivia y, como consecuencia, una especie de apatía. En unos casos es algo asumido y en otros es un choque reciente y que se repite cada vez que se ven o leen las noticias y, entonces, falta asimilarlo.
Muchas de las cosas buenas que se dice del “proceso de cambio” son mentira, decepcionantes para quienes lo apoyaron. Especialmente en los últimos años, sólo se vieron luchas internas fratricidas, corrupción y enriquecimiento maloliente, además del declive de un líder (Evo Morales) aferrado al poder y marcado por acusaciones de apetitos ilegales hacia jovencitas.
Pero, también, parece que son verdad las advertencias de la vuelta de una forma de hacer política anterior a 2006: un gobierno que favorece a las élites, especialmente agroindustriales y minero cooperativistas; una inacción permanente que se refleja en un sinfín asuntos pendientes, como el no nombrar embajadores en ocho meses, que haya constantes paralizaciones en asuntos judiciales, que no haya carburantes con o sin bloqueo de caminos, que la violencia machista no sea un asunto de la agenda pública…
Pero, fundamentalmente, decepciona la aparición de innumerables hechos hediondos que generan sospecha (gasolina sucia que destrozó miles de motores, ingreso de millones de dólares en maletas, la caída de un avión cargado de toneladas de dinero, nepotismo, contrabando de oro, venta de cargos en la Policía…). El político y empresario Samuel Doria Medida anunció hace poco que dejaba de apoyar al gobierno de Rodrigo Paz por casos de corrupción, lo que es una denuncia gravísima.
La decepción es un choque emocional ante la realidad que no era la esperada, eso provoca sufrimiento y un proceso similar al duelo porque allí hay una pérdida. Tiene sus fases: shock o revelación, la distancia emocional con dolor o rabia, y la aceptación final. Hay bastante teoría al respecto y desde distintas disciplinas, también desde el feminismo ya que de decepción las mujeres saben bastante.
No señores, no hablo de decepciones amorosas que de eso tienen hombres y mujeres, hablo de una decepción política desde el género, es decir en las relaciones y roles sociales adjudicados según el sexo: allí hay una gran decepción de parte de las mujeres cuando se dan cuenta de lo que es el patriarcado, un sistema construido para privilegiar a los hombres.
La académica feminista Sara Ahmed, sostiene que muchas mujeres experimentan decepción cuando descubren que cumplir con los mandatos sociales (casarse, ser madre, cuidar, ser «buena») no garantiza la felicidad prometida. La filósofa Nancy Fraser nos habla de la decepción política de los movimientos sociales cuando las promesas de igualdad (social y de género) se quedan únicamente en el plano discursivo; mientras que Silvia Federici recuerda que las promesas de emancipación femenina conviven con nuevas formas de explotación del trabajo de cuidados. La doble explotación (en casa y en el trabajo) de Flora Tristán tiene muchas formas de perpetuarse.
Lo de bueno es que la decepción puede ser el comienzo de una conciencia crítica, de un despertar y de un enrumbar los pasos hacia un camino más adecuado. Hay que recomponerse del golpe y seguir hacia adelante.
Pese a las constantes decepciones, el feminismo lleva tres siglos ganando para las mujeres derechos, espacios de poder en lo privado y en lo público. La educación, el voto, el salario, la paridad, la penalización de las violencias machistas son el resultado; sin embargo, falta mucho por hacer, por levantarse y continuar. Lo mismo en otros espacios sociales, como en la lucha por derechos laborales o la lucha contra el racismo que en Bolivia es un tema lacerante.
La frustración es temporal si se ama la vida y a la comunidad, de ello Bolivia tiene grandes ejemplos, es un país históricamente golpeado y es también enormemente resiliente. No es cuestión de voluntad sino de conciencia, a veces no está claro hacia dónde ir, pero la realidad decepcionante te señala por donde no seguir.
