Drew no era una celebridad, ni un famosete de esos que nos hacen preguntarnos si elegimos la profesión correcta. En TikTok, él solamente era un joven viviendo en Dallas, y en sus frecuentes publicaciones se quejaba por lo caro que resultaba allí el costo de vida, comparándolo incluso al de la muy glamorosa California.
Al poco tiempo, se descubrió la verdad. “Drew” no existía, se llamaba Alex Forrester, nativo de Utah, viviendo en Florida. “Nunca estuve en Texas”, dijo en el video que reveló todo. Él formaba parte de un ejército de creadores de contenido identificados por el New York Times (fuente de toda esta información), pagados por un colectivo que impulsaba la idea de mejorar el acceso a la vivienda. ¿cuánto cobraba por cada publicación? Tan solo 30 dólares. En comparación, un influencer en el espectro político estadounidense llegó a cobrar 25.000 $ por un solo video. La investigación revela muchos más casos similares, con algunos de estos creadores de contenido haciendo vídeos acerca de política local norteamericana desde lugares tan exóticos como Nigeria y Pakistán.
Para quienes crecimos con los medios masivos de comunicación, hoy llamados “medios tradicionales”, identificar la propaganda era bastante fácil: la podíamos ver o no, porque los canales eran los mismos para todos. Quedan en la memoria hitos célebres como la marcha del MIR (“Marchemos ya, camino a la victoria…”) o la célebre “Mi general”, hecha para las campañas de Banzer. Hoy en día, sin embargo, la lógica multipunto a multipunto de las redes sociales hace muy difícil que podamos reconocer con esa lógica la uniformidad, coherencia y adecuada orquestación de un mensaje. Estamos en un punto más allá de la desinformación, porque esto ya no solamente se trata de noticias falsas, sino de un fenómeno llamado “ampliganda”.
El término fue acuñado por la exdirectora de investigación en el Stanford Internet Observatory Renée DiResta. En un artículo de 2021 de The Atlantic, el subtítulo es “no necesitas cuentas falsas para difundir propaganda en línea. Hay gente de verdad que lo hace con gusto”. La lógica es simple: “¿Por qué gastar 1,000 dólares en un solo video, cuando puedes gastar 1,000 dólares en 30 videos?”, afirma Drew Levin, cofundador de SideShift, un popular mercado de contenido generado por los usuarios (UGC). La ampliganda tiene 3 puntos clave para entenderse: Uno, dinámica ascendente. La propaganda tradicional suele venir de una autoridad, o de un gobierno central; la ampliganda nace desde las bases, que toman una idea y la comparten masivamente. Dos, algo que alude mucho a la naturaleza misma de las redes sociales: quienes comparten el mensaje son usuarios activos, que impulsan etiquetas (hashtags) y tendencias para generar y amplificar contenidos afines a sus creencias. Tres: lo que comparten no es necesariamente falso, sino que le hace eco exagerado a historias reales o manipuladas para que parezcan más importantes o dominantes de lo que son en realidad, logrando así mucha más influencia. Ojo, “influencia” no es la demostración de un cambio psicológico de opinión, conducta política o incluso intención de voto. Es más bien, de acuerdo a la investigadora turco-americana Zeynep Tufekci, la capacidad observable de actores y narrativas para alcanzar visibilidad, circulación y centralidad en el entorno de la conversación pública digital.
A medida que el peso de la relevancia mediática se afinca en Internet, vemos que quienes ejercen verdadera influencia, no son actores políticos o mediáticos tradicionales, sino creadores de contenido que priorizan la cantidad de publicaciones y la frecuencia de las mismas para generar un verdadero impacto. Los algoritmos están diseñados para impulsar los mensajes más cargados de emotividad y a la vez, para opacar y hacer menos visibles las publicaciones en las que se usa un lenguaje moderado. Esto no significa que estas plataformas no sean puntos de encuentro adecuados para el debate democrático, pero debemos entender que quienes adquieren más visibilidad no son aquellos que tienen visiones moderadas, sino los que jalan para los extremos. Y es algo que debemos tomar en cuenta a la hora de hacer una lectura crítica de los medios de hoy, que no son otros que las benditas redes sociales.
