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Disparar a una versión

Cualquier coincidencia … es sólo un cuento… Tres disparos. Sobrevivió y dentro de la ambulancia la mujer, señala al victimador intelectual.

El tsunami de antecedentes que surgieron, parecía confirmar su acusación. Tuvieron una relación enfermiza. Ella conocía secretos capaces de comprometerlo. En el teléfono del sospechoso apareció una frase inquietante: había que encontrar la forma de “eliminarla”.

El hombre fue detenido antes del amanecer. La opinión pública no necesitó esperar las pericias. Ya tenía una víctima, un móvil y un culpable.

El caso parecía resuelto.

Sin embargo, algo perturbaba al criminólogo que examinó las imágenes. Dos hombres habían participado en el ataque, pero solamente uno estaba armado. Ambos descendieron del vehículo y se acercaron a la víctima. El sicario del costado disparó desde corta distancia. La mujer cayó. Pudo rematarla, pero no lo hizo.

Ningún impacto alcanzó parte vital.

Después, los atacantes huyeron con una torpeza difícil de coincidir con la planificación necesaria para localizar a la víctima, disfrazarse y esperarla. ¿Eran sicarios incompetentes contratados por un hombre poderoso? Era posible. En la vida real, los delincuentes también improvisan, fallan y entran en pánico.

Pero existía otra posibilidad.

¿Y si los disparos no hubieran sido dirigidos solamente contra una persona, sino contra una versión de los hechos?

La pregunta no pretendía negar el atentado. Las heridas eran reales. También lo eran el dolor y el miedo. Pero la condición de víctima demostraba que alguien había intentado matarla; no demostraba que ella conociera necesariamente al autor intelectual.

Una víctima puede decir sinceramente la verdad sobre cuanto vivió y equivocarse honestamente sobre quién lo provocó.

Antes del ataque, las denuncias de la mujer podían ser interpretadas como acusaciones surgidas de una relación enfermiza por los celos. Después de tres disparos, cada palabra adquirió la fuerza de una revelación. Contradecirla parecía una forma de atacarla nuevamente.

La violencia había transformado una versión discutible en una verdad emocionalmente indiscutible.

Entonces apareció una hipótesis más inquietante: quizá el objetivo no hubiera sido silenciarla, sino determinar qué diría cuando hablara.

Para producir ese resultado no era necesario convertirla en cómplice. Bastaba conocer sus conflictos que no eran secretos, alimentar sus sospechas y ejecutar un ataque que pareciera confirmar aquello que ya temía. Convencida de haber identificado al responsable, ella revelaría voluntariamente cuanto sabía o creía saber.

La conspiración perfecta no necesita fabricar una víctima falsa. Puede crear una víctima verdadera que señale sinceramente al culpable equivocado.

Naturalmente, esa hipótesis también tropieza con un problema enorme: su complejidad. Exigiría vigilancia previa, control de comunicaciones, capacidad operativa y una precisión muy profesional para herir sin matar. Cuanto más compleja resulta una explicación, mayor debe ser la evidencia que la respalde.

Preguntar quién se beneficia tampoco resuelve el misterio. El beneficiario de un crimen no es necesariamente su autor. Puede ser solamente alguien que reconoció la oportunidad y supo aprovecharla.

Por eso deben investigarse las conexiones entre los atacantes y el supuesto autor intelectual, la autenticidad completa de los mensajes, la trayectoria de los proyectiles, la información sustraída y el origen del dinero. No corresponde reemplazar una conclusión precipitada por otra más seductora.

Pero tampoco debemos permitir que la conmoción niegue las preguntas.

Aquella noche se escucharon tres detonaciones, aunque fueron alcanzados cuatro objetivos: una mujer, un hombre, un gobierno y la verdad.

La cuarta bala no apareció en ninguna radiografía. Entró por los ojos de quienes contemplaron las imágenes y quedó alojada en el imaginario colectivo.

Desde entonces, nadie buscó la verdad.

Todos estaban demasiado ocupados defendiendo la trayectoria.

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