Al iniciar la semana y en menos de 48 horas, Washington encendió tres frentes distintos en su disputa tecnológica con Beijing. Primero, eximió a los modelos de inteligencia artificial de código abierto —incluidos los chinos— de las pruebas de seguridad gubernamentales. Segundo, redactó una prohibición a la importación de componentes chinos para centros de datos. Tercero, avanzó en un marco voluntario de revisión para los modelos cerrados. Las tres medidas, tomadas en conjunto, revelan algo más que una política puntual. Son la fotografía de una carrera tecnológica que ya no se libra solo en los laboratorios, sino desde despachos en la Casa Blanca.
El pasado martes, en una reunión a puerta cerrada, asesores del presidente Donald Trump comunicaron a OpenAI, Anthropic y Google que el gobierno no someterá a pruebas de seguridad a los modelos de peso abierto. Ni los de ellos, ni los que desarrollan sus rivales chinos. La decisión se enmarca en un esquema todavía no público que sí exige revisión previa —30 días— para los modelos cerrados considerados «de frontera». Todo el proceso es voluntario: las empresas deciden cuándo y qué comparten con el gobierno.
EEUU limita importaciones
En paralelo, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por si sigla en inglés) redacta una prohibición a la importación de nuevos transceptores ópticos chinos. Estos componentes son los que mueven información a la velocidad de la luz dentro de los centros de datos. La medida busca blindar la infraestructura de la IA frente a riesgos de espionaje, malware o sabotaje, y podría publicarse antes de fin de año. Golpea de lleno a Zhongji Innolight, la empresa china que controla el 27% del mercado global de transceptores. Desde la embajada china en Washington respondieron con dureza. «China tomará todas las medidas necesarias en respuesta a cualquier acción que cause un daño material a sus intereses», advirtieron. Pidieron a EEUU dejar de «difamar a empresas chinas y amenazarlas con sanciones».
La paradoja es evidente: EEUU restringe el hardware chino, pero deja correr libremente al software chino. Detrás hay una lectura estratégica ligada a la diferencia entre ambos modelos de negocio. Los sistemas cerrados —como los de OpenAI, Anthropic o Google— mantienen sus pesos bajo llave. La empresa controla el acceso y puede actualizar sus salvaguardas. Los modelos abiertos, en cambio, liberan esos pesos para que cualquiera los descargue, modifique y ejecute en su propio hardware, sin control posterior de quien los creó. China domina hoy ese terreno abierto con sistemas como Kimi K3, de Moonshot AI, o DeepSeek y Qwen. Según algunas pruebas, ya igualan o hasta superan a los modelos estadounidenses de última generación.
Infraestructura en disputa
Para la Casa Blanca, frenar esa proliferación con controles equivaldría, según sus propios asesores, a perder la carrera: si China sigue liberando modelos abiertos competitivos, la capacidad avanzada se difunde de todos modos, con o sin el visto bueno de Washington. Por eso la apuesta es dejar circular el software y concentrar el control en la infraestructura física. «Los transceptores definitivamente representan un riesgo», resumió Divyansh Kaushik, experto en política de IA de la consultora Beacon Global Strategies. «A medida que se expande la construcción de centros de datos, hay que asegurarse de que la cadena de suministro sea segura desde el principio».
El anuncio ya tuvo efecto inmediato en los mercados. Las acciones de Lumentum, Coherent y Applied Optoelectronics —fabricantes que competirían con los proveedores chinos— treparon hasta 18% en una sola rueda. Del otro lado, gigantes como Amazon Web Services podrían enfrentar mayores costos si deben migrar de proveedores. Mientras tanto, la adopción de modelos chinos sigue creciendo entre empresas estadounidenses que buscan reducir costos. Esto ya despertó investigaciones del Congreso sobre firmas como Airbnb y Cursor por integrar tecnología china en sus productos.
