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El cuarto del fondo – La Razón

A las 12:43 del tercer día después de la tormenta del sur, se escuchará una campanada, solo una. Así lo decretó un cura de pueblito el domingo en la misa, para alertar a sus feligreses de lo peligroso que sería salir después de la tormenta, ya sea en busca de familiares o en busca de cosas perdidas como partes de los techos, restos de ventanas, mascotas, objetos preciados o finalmente, y no falta quien lo hace, en busca de amores perdidos en la niebla, hace tantos años ya. Es un buen pretexto. Funciona más o menos como la gente que busca una aguja perdida en la noche, solo en los lugares que están iluminados. Es posible que lo buscado esté ahí. También pasa con los que tienen los pensamientos perdidos y perdidas las esperanzas.

No buscarán en las sombras. De las sombras es de los lugares de los que más conviene alejarse. No se quiere conocer la sombra, ni la propia, ni la del otro, ni la de la otra patria ni la de la otra historia. La sombra es una amenaza, es un lugar prohibido por las buenas costumbres y por el buen tino de las apariencias. Mejor hacer como que no existe, que se trata de un mito, de un engaño. De tantos engaños está el mundo plagado, que uno más, uno menos, no va a cambiar gran cosa el panorama. Lo engañoso, por lo general, proviene de la sombra, emerge, como si nada y como de contrabando, para quedarse en la superficie habitando el mundo de la normalidad, en forma de atributos de la viveza y de las siempre bienvenidas ocurrencias de las imposturas y de todas las triquiñuelas para lograr algo a favor.

Matar el cambio, lograr la firma del moribundo en el testamento arreglado, el sello bueno en el documento falso, el llenado de cientos de páginas con información falseada en un informe que finalmente dará razón a una empresa que incendia todos los bosques posibles alrededor de la dueña. Hacer que el adulto participe en un campeonato de adolescentes, con un documento de identidad en el que se auto percibe como de quince, o menos. Todo, procedente del mundo de las sombras, de esos lugares, que no son en verdad lugares, ni territorios, no tienen edad ni color ni olor conocidos. En ese mundo pueden bien convivir ángeles con funcionarios, hinchas del Bayer Munich con mecánicos automotrices sin más equipo que el equipo de los valores inventados. El billete, con preferencia. Puede convivir el tango Cambalache con la mermelada exclusiva de frambuesa y otros frutos rojos y con la sangre derramada por los mártires derramados por el camino iluminado de todas las religiones encubridoras de otras sombras.

En ese estado líquido en el que se mueve la sombra, hay silencio, consensuado, deliberado. No está ahí nada de lo desaparecido, ni está lo roto. Ni el juguete ni el corazón. Ni la plata robada, ni la jugada más tramposa para dar fin con un adversario. No está lo infame ni la macana, ni la prueba definitiva que dan lo papelitos que cantan. Nada. Solo el silencio acordado. Por eso se evita, a la sombra propia y a la del mundo. Porque suele asustar y advertir. Avizorar lo desconocido, que es lo que se posiciona detrás de lo vivido. Eso que no se puede conocer, eso que es el futuro. Después la tormenta, que vendría a ser como cualquier experiencia del vivir los días con cierta capacidad de observación, salir a buscar, respuestas o más preguntas, resulta, de una u otra forma, mirar en la sombra, un espejo distorsionado.

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