En Bolivia, cuando hablamos del FMI, muchas veces nos referimos a esta institución, como dice Gonzalo Chávez, como si fuera la suegra. Nada contra mi suegra, dicho sea de paso, a quien quiero mucho.
Ahora que estamos en pleno proceso de aprobación del programa con el Fondo, quisiera explicar por qué creo que, más que una suegra, el FMI se parece a una madre abnegada.
Cuando la economía va bien, no solamente dejamos de acudir al Fondo, sino que incluso hablamos mal de él. El MAS se encargó durante años de convertir al FMI casi en una mala palabra, responsabilizándolo de muchos de nuestros problemas económicos.
Pero hay algo que solemos olvidar: el FMI no viene a buscarnos. Somos nosotros los que volvemos a tocar su puerta.
Lo hacemos cuando las cosas se complican, cuando nos quedamos sin financiamiento, cuando agotamos nuestras reservas y cuando ya no sabemos de dónde sacar recursos. Es un poco como volver a la casa de nuestra madre después de habernos divertido, gastado más de la cuenta y olvidado nuestras responsabilidades. Llegamos con la maleta y pedimos refugio.
Y nuestra madre nos vuelve a abrir la puerta.
Por eso estoy convencido de que, en las circunstancias actuales, el crédito del FMI probablemente sea el mejor crédito al que Bolivia puede acceder.
Primero, porque tiene condiciones financieras mucho mejores que las que Bolivia podría obtener hoy en los mercados internacionales. Pero, sobre todo, porque viene acompañado de algo que muchos consideran un defecto y que yo considero una de sus principales virtudes: condiciones.
El Fondo no nos entrega dinero para que hagamos con él lo que queramos. Nos exige metas, reformas, disciplina y seguimiento.
Y eso incomoda.
Pero quizás justamente necesitamos que nos incomode.
La alternativa ya la conocemos. Bolivia ha emitido bonos soberanos en los mercados internacionales. Son recursos más caros y, a diferencia de los del FMI, nadie nos dice qué hacer con ellos. El gobierno de turno recibe el dinero y lo utiliza según su mejor criterio.
La historia debería hacernos reflexionar sobre si eso realmente es una ventaja.
Emitimos bonos en los mercados internacionales y parte de esos recursos terminó financiando empresas y proyectos públicos cuya rentabilidad económica y social es, como mínimo, muy discutible. La deuda, sin embargo, quedó. Los proyectos pueden fracasar, pero los bonos los tenemos que pagar todos los bolivianos.
Más recientemente, Bolivia volvió a emitir deuda internacional por alrededor de US$1.100 millones. Los recursos se gastan rápidamente, pero la deuda permanece durante años. Y si ese endeudamiento no viene acompañado de reformas que permitan crecer, exportar más, atraer inversión y ordenar las cuentas fiscales, simplemente habremos comprado tiempo.
Por eso creo que el mejor préstamo no necesariamente es aquel que nos deja hacer lo que queremos. A veces es aquel que nos obliga a hacer lo que debemos.
Bolivia vuelve al FMI aproximadamente cada dos décadas, generalmente después de olvidarse durante demasiado tiempo de hacer sus deberes.
Y el Fondo vuelve a abrirnos la puerta.
Nos presta dinero, pero también nos dice: ordenen sus cuentas, cuiden sus reservas, corrijan los desequilibrios, recuperen credibilidad y generen las condiciones para volver a crecer.
Suena bastante parecido a una madre.
Ahora que el programa con el FMI se ha hecho público, espero que la Asamblea Legislativa tenga la madurez de aprobarlo.
No porque el Fondo vaya a resolver nuestros problemas. No lo hará. Los problemas de Bolivia los tenemos que resolver los bolivianos.
Pero el programa puede darnos tres cosas que hoy necesitamos desesperadamente: financiamiento en buenas condiciones, credibilidad y confianza internacional, y una hoja de ruta para las reformas económicas que el país tiene que encarar.
El acuerdo con el FMI no es la recuperación económica. Es apenas el comienzo. Pero puede ser un primer paso fundamental para volver a poner la casa en orden.
Después de todo, podemos renegar de sus consejos, alejarnos cuando las cosas van bien e incluso jurar que nunca más volveremos.
Hasta que nuevamente necesitamos tocar la puerta.
Madre solo hay una. Y yo tuve la suerte de que me tocara una gran madre.
