El viernes 16 de octubre de 2026 amaneció frío en El Alto. A las nueve de la mañana aterrizó el avión del presidente de Chile, José Antonio Kast, y con él terminó una espera de 71 años: Desde que Carlos Ibáñez del Campo visitó a Víctor Paz Estenssoro en 1955, ningún mandatario chileno había llegado a La Paz en visita oficial. En la pista lo recibió el canciller Héctor Huanca; el gobernador paceño le entregó una placa de huésped ilustre. Abajo, en la hoyada, la ciudad seguía su rutina de minibuses y vendedoras, como si la historia pasara de puntillas.
En el Palacio Quemado, el Regimiento Colorados rindió honores. Rodrigo Paz y Kast conversaron a solas y luego con sus ministros. Firmaron cinco instrumentos: Cooperación minera, conectividad digital, integración energética, seguridad fronteriza y los términos para modernizar el Acuerdo de Complementación Económica 22. Después, una frase quedó flotando en el salón: «Presidente Paz, hoy dejamos de darnos la espalda». Kast anunció que Paz visitará Chile en 2027. El mar no figuró en la agenda.
No todos aplaudieron. Desde el Chapare, Evo Morales calificó de traición dejar fuera la demanda marítima, y algunos columnistas advirtieron que Bolivia entrega cooperación en seguridad y migración a cambio de poco. Son voces que merecen respuesta, no desprecio. Desde 2018, cuando la Corte de La Haya resolvió que Chile no está obligado a negociar un acceso soberano, la vía judicial quedó cerrada. Lo que queda abierto es otra cosa: Convertir la vecindad en negocio compartido.
Escribo esta crónica como boliviano e hijo de madre chilena. Crecí escuchando dos versiones de la misma historia. En la escuela aprendí que el Tratado de 1904 selló nuestro enclaustramiento; en la mesa familiar escuché que ese tratado fue firmado y cumplido. Ambas memorias son sinceras. Por eso miré la ceremonia con una mezcla de emoción y prudencia: Ya vimos abrazos en Charaña en 1975 y una agenda de trece puntos en 2006, y ninguno sobrevivió al siguiente gobierno.
Al día siguiente apareció la noticia que, a mi juicio, vale más que la foto. El gobierno anunció que, con el Banco de Desarrollo de América Latina, prepara una hoja de ruta para reactivar el ferrocarril Arica–La Paz y elevar la carga boliviana de 2,7 a 3,1 millones de toneladas al año. Ese tren, de 440 kilómetros e inaugurado en 1913, es la obra material del Tratado de 1904. Lleva años casi detenido, mientras unos 300 camiones diarios suben y bajan la cordillera con nuestras exportaciones.
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Propongo ir más lejos: Que ese tren sea eléctrico. En la altura, el motor diésel pierde fuerza; el eléctrico no. Al descender hasta el mar, el tren puede recuperar energía al frenar. Y el altiplano tiene uno de los mejores soles del planeta para alimentarlo. Cada tonelada movida con energía solar es diésel que no importamos con dólares que no tenemos.
¿Con qué se paga? Con algo que crece en silencio. El wolframio, metal de las brocas que perforan las minas de cobre de Chile, multiplicó su precio por siete entre 2025 y 2026. En el primer semestre de este año su producción creció 17,2%, y en septiembre la cotización oficial superó los 61.000 dólares por tonelada fina. Bolivia fue en 2024 el primer exportador mundial de su mineral, pero lo vende en bruto y compra herramientas importadas. Una parte de esa bonanza podría formar un fondo que financie, junto a Chile y a la banca multilateral, la electrificación por etapas. Sería la primera vez que un auge minero boliviano se convierte en infraestructura.
Pienso también en el Trópico de Cochabamba, hoy llamado zona roja. Allí treinta mil familias viven del banano que exportan casi solo a Argentina. El norte chileno compra fruta tropical que llega por mar desde lejos; un corredor certificado, con contenedores escaneados e inspección binacional, podría llevarla desde Chimoré hasta Antofagasta. Un banano limpio y puntual hace más contra el narcotráfico que muchos discursos.
Ese mismo tren podría llevar turistas. Ningún ferrocarril del mundo sube desde el nivel del mar hasta más de cuatro mil metros en tan poco trayecto: Desierto, valles, bofedales, volcanes y, al final, La Paz, Tiwanaku y el Titicaca. Desde allí, Uyuni y la selva cochabambina. Las comunidades aymaras de ambos lados de la frontera podrían vivir de ese viaje.
Nada de esto ocurrirá por inercia. Chile tiene una doctrina de Estado que no cambia con los gobiernos; Bolivia ha tenido humores. Si queremos una relación duradera, necesitamos una ley que fije metas, una comisión binacional que rinda cuentas y proyectos que sobrevivan a cualquier elección. También necesitamos una frontera ágil: Ventanilla única en Tambo Quemado, aduanas integradas y tiempos de cruce publicados cada mes. La improvisación ha sido nuestra peor frontera.
Esa tarde, Kast regresó a Santiago. En La Paz se apagaron las cámaras y volvió el tráfico. Pensé en mi madre y en mi padre, maestro normalista, que me enseñaron que dos patrias caben en un mismo hogar. La puerta se abrió después de siete décadas. Que conduzca a algo nuevo dependerá menos de Santiago que de nosotros: De nuestra capacidad para planificar, para dejar de producir nuestras propias crisis y para hablar, por fin, con una sola voz de Estado. Si lo logramos, quizá algún día un tren eléctrico suba desde Arica y llegue, puntual, a La Paz.
