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Epidemia de escritores con IA

Toda sociedad moderna produce un flujo de textos escritos para cumplir diversos propósitos necesarios para su funcionamiento. El flujo textual boliviano nunca ha sido muy nutrido, ya que vivimos en una sociedad relativamente pequeña, con élites culturales reducidas y con cierta tradición de incomodidad para con la palabra escrita, como puede verse por nuestro poco uso de la señalética, en un extremo, y, en el otro, por la fetichización de ciertos textos como los jurídicos.

Considerado en conjunto, nuestro flujo escritural se caracterizaba por su estilo pedregoso y entrecortado que resultaba del bilingüismo incompleto y acomplejado de nuestra sociedad. Con las excepciones de rigor, era difícil encontrar textos “correctamente” escritos, es decir, que siguieran sin dificultades las normas sintácticas del español.

Esto ha estado cambiando en el último tiempo de una manera vertiginosa. Desde los trabajos de los estudiantes de las escuelas y las universidades, hasta los posts que se cuelgan en las redes sociales, pasando por los artículos de opinión de los periódicos, los comunicados de las instituciones, los mails personales, los discursos de circunstancias y quizá (no me consta) los memoriales, fallos y escritos judiciales, todos los textos se han beneficiado de una corrección formal que sin embargo no siempre los ha tornado más legibles y tampoco más interesantes, como veremos.

Lo cierto es que la producción de textos escritos en Bolivia ha dado un salto muy notable. La causa no es misteriosa. Consiste en el uso cada vez más masivo de la Inteligencia Artificial (IA), que tiene, entre sus facultades, la de escribir a pedido del usuario. Es decir, escribir por el usuario.

Como la mayor parte de la gente recurre a las aplicaciones de IA gratuitas y no se toma demasiado tiempo para introducir prompts (comandos) precisos y originales, el resultado de este fenómeno ha sido, en mi opinión, deplorable. Como ya he sugerido, las frases se organizan correctamente (la máquina se asegura de ello), pero los textos se vuelven más estereotipados y también nebulosos, lo que es un resultado del encadenamiento de significantes correctamente enlazados entre sí, pero débilmente vinculados con el referente.

En muchos casos, la máquina arrastra al “autor” del texto a hablar vaguedades con oraciones sencillas y atractivas, cuya creación es lo único que sabe hacer. El resultado se lee rápido y fácil, pero ¿qué dice realmente? Lugares comunes, generalidades, alocuciones de una amabilidad y un dinamismo artificiales, como si todos los ciudadanos se hubieran convertido en redactores publicitarios o creadores de discursos para políticos.

Algunos de los que usan la IA se jactan de ello, como si fuera difícil hacerlo. Pero no lo es. Es mucho más fácil que escribir un texto real y auténtico. ¿De qué se enorgullecen, entonces? ¿De qué están en la última moda? Bueno, pero comprarse un traje rutilante no es lo mismo que hacerse un traje, incluso uno modesto; por otra parte, frecuentar los negocios de IA será cada vez más rutinario y menos “cool”.

Otros creen que no se va a notar, que el texto parecerá suyo, pero no es así. Los estilemas de las máquinas son inconfundibles (los que saben me dicen que esto se puede disimular con versiones más avanzadas, aunque habría que ver). Estilemas como: “Si no fuera porque es cierto, nadie lo querría creer”; “aunque la razón lo dictamina, a veces la razón no es suficiente”; “no se trata de pensar esto, se trata de hacerlo”, etc. Siempre oposiciones y contrastes, tal como le gustaría, insisto, a un redactor publicitario.

Y párrafos de una sola línea.

Y vocablos ligeramente inusuales en nuestro medio, como tempestad en lugar de tormenta, agitación en lugar de tensión, animar en lugar de impulsar, causar embarazo en lugar de avergonzar, brindar apoyo en lugar de apoyar, etc.

Es posible que en la vorágine de las redes (la IA diría “en la selva de las redes”, eliminando el término idiosincrásico) estos indicios de la presencia de lo artificial no resulten muy visibles, pero en ese caso tampoco serían muy visibles los errores de redacción que pudiera tener un texto. ¿Por qué se recurre entonces a la IA con tanta asiduidad y además con tranquilidad de conciencia? Está en juego una actitud ampliamente extendida en este tiempo, que es la de “pretender ser lo que uno no es”.

Esta frase me la dijo hace muchos años un periodista al que descubrí cometiendo un plagio. Lo encaré (era mi trabajo, no lo hice por moralista) y le pregunté por qué había copiado un artículo de apreciación cultural de un periódico extranjero cuando no tenía ninguna necesidad de hacerlo, ya que su trabajo en nuestro medio era de otro jaez. Me parecía una real estupidez. Me respondió que eso era fácil de decir para mí, porque yo no necesitaba “pretender ser lo que uno no es”.

En el flujo textual boliviano de antes, destacaban algunos que “sabían escribir” y por tanto publicaban en sitios de mayor prestigio. Esta distinción está a punto de desaparecer. Se ha detectado que incluso en las revistas académicas los artículos son redactados con IA y luego aceptados por el comité de redacción tras pedir un resumen a… la IA. O sea que los humanos ya no leen tales artículos. Cada vez hay más “autores” de columnas periodísticas que dejan que la IA escriba sus contribuciones, que en Facebook se han convertido incluso en diarias. Hay varios comentaristas que publican en las redes textos largos diarios para pretender ser lo que no son, porque son artículos escritos por una máquina a la que le han dado sucintas instrucciones.

Ahora engañan (a mí no), pero con el tiempo todo el mundo lo sabrá.

Por cierto, pretender ser quien no se es, está prohibido en el mundo académico. (O debería estarlo). Los estudiantes creen que son muy listos recurriendo a la IA para hacer sus trabajos académicos. Ahora un “estado del arte” se consigue en diez minutos. El problema es que el “autor” no ha leído ninguno de los trabajos que citará en él. Y algunas referencias incluso podrían ser falsas, ya que la IA es moralmente tan ligera como los que la usan.

El filósofo francés Guilles Deleuze decía que cuando algo es único solo queda repetirlo, es decir, copiarlo. En cambio, la variación por medio de la introducción de leves diferencias en lo mismo es el opuesto de la repetición. La IA no repite, plagia por medio de una cadena de sustituciones que hace desaparecer el original. Evita así la repetición, aunque por la vía de la eliminación de lo auténtico. Y entonces pueden ser “autores” todos los que no han creado nada.

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