La ciudad sagrada de La Meca

Si retrocedemos en el tiempo, encontramos infinidad de realidades distintas en la historia de la conformación de las ciudades del planeta. Una de estas es la ciudad sagrada de La Meca, que revela particularidades propias, no solo relacionadas con la esencia conceptual de su origen, sino también con valores de nuevos espacios urbanos. Un ejemplo es la Kaaba, situada en el Haram de La Meca. Un monumental espacio abierto que, constituye el principal lugar de esa urbe.

Lo relevante es que ese lugar cerrado, donde aun existen las grandes prácticas religiosas del islam, es considerado sagrado. Su ubicación en el corazón de La Meca está destinada a la práctica ritual solo de los varones. La característica más notable de esta ciudad es que cuenta con edificaciones que siguen el sentido lineal de ese gran monumento urbano. Una especie de fortaleza de tres a cuatro niveles de altura.

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Lo singular es que así, como ocurre en muchas plazas del mundo, este espacio público se organiza alrededor de un monumento central distinto. Se trata del cubo negro de aproximadamente 15 metros de altura y lados de entre 10 y 12 metros, que resguarda la Piedra Negra, considerada un meteorito sagrado enmarcado en plata.

Lo determinante de este monumental espacio religioso se manifiesta en su capacidad de imponerse dentro del tejido urbano. Cabe remarcar que su enorme dimensión modifica y redefine la imagen del conjunto de la ciudad, demostrando que en ese escenario el poder de la religión musulmana se convierte en una realidad evidente de la fe, pues fue concebido principalmente para la práctica religiosa y no para el esparcimiento ciudadano.

De ahí que La Meca, ciudad sagrada del islam, situada en un valle rodeado de montañas, es considerada hoy como la más importante de la península arábica, en términos religiosos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esa ciudad ha continuado creciendo, al igual que el número de su población. La gran plaza que alberga a ese espacio sagrado ha tenido que ceder su singularidad a la presencia de la ciudad contemporánea que se desarrolla a su alrededor.

Actualmente, en esa parte de la ciudad de la Meca se han edificado numerosos edificios de gran altura que han disminuido la fuerza simbólica de ese sector urbano destinado a la religión musulmana. Lo singular es que la expansión urbana y sus rascacielos parecieran haber reducido el poder simbólico de ese monumental centro religioso. Pero no se debe dejar de nombrar Lo llamativo es que la vista de su interior hoy es posible desde los ventanales de los edificios en altura que se ubican en uno de los lados de ese gran espacio religioso.

Una realidad de la ciudad vertical contemporánea, que colabora a la mayoría de las ciudades del planeta, a que sus ventanales se convierten en balcones y miradores de las ciudades.

Al punto vale aclarar que el anhelo de conversión de la ciudad de vida urbana intensa, no siempre se logra en poco tiempo. Sin embargo, ante esa necesidad de resignificar los espacios urbanos, hoy en día muchas ciudades intentan reinterpretar y actualizar el sentido de los lugares históricos. Esto, como ocurre aparentemente con la ciudad sagrada de La Meca.

Resulta interesante observar que una ciudad, por más bella que sea, si no es apropiada por su población, sigue siendo solamente un escenario urbano atractivo. Cabe remarcar que, únicamente cuando los espacios se llenan de actividad y de vida urbana, es posible que éstos se cualifiquen como verdaderos espacios públicos. Un aspecto de fundamental importancia para el alcance de su cualificación como verdaderas CIUDADES VIVAS.

 

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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