¿Cómo puede Bolivia garantizar al inversionista extranjero una rentabilidad atractiva y, al mismo tiempo, seguridad jurídica sobre sus derechos de propiedad, en un entorno favorable al capital privado extranjero?
La respuesta también está en la historia económica de Bolivia. En el pasado, Bolivia fue parte del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), del Grupo Banco Mundial. Este mecanismo permite a corporaciones o inversionistas extranjeros demandar directamente a un Estado ante tribunales arbitrales internacionales cuando consideran que determinadas leyes, regulaciones o decisiones vulneran los derechos reconocidos en tratados de inversión.
Esto supone un régimen de protección específico para los inversionistas extranjeros, diferente al que enfrentan los inversionistas nacionales.
Los costos de litigar ante el CIADI son elevados y pueden alcanzar entre US$5 millones y US$13 millones por caso. Además, sin considerar los costos de litigación, Bolivia perdió alrededor de US$810 millones en 13 procesos de arbitraje, una importante carga para las finanzas públicas que también afectó las reservas internacionales.
Desde el 7 de noviembre de 2007, Bolivia ya no forma parte del sistema CIADI. Las autoridades argumentaron entonces que este mecanismo presentaba un sesgo en favor de las corporaciones multinacionales. Posteriormente, Bolivia denunció tratados bilaterales de inversión con 22 países, incluido Estados Unidos.
La Constitución Política del Estado de 2009, en su artículo 320, establece que las inversiones extranjeras deben someterse a la jurisdicción interna y no pueden ser sometidas a tribunales internacionales de arbitraje.
Es importante señalar que el proyecto de Ley de Inversiones propuesto por el Gobierno no plantea modificar el artículo 320 ni restablecer los tratados bilaterales de inversión.
Recientemente, el expresidente Jorge Quiroga presentó una propuesta amplia que, entre otros aspectos, plantea modificar dicho artículo constitucional. Samuel Doria Medina se ha adherido a una propuesta de Carlos Alarcón. Con el debido respeto al señor Alarcón, no me referiré a ella porque, a mi entender, no está suficientemente fundamentada o, posiblemente, he tenido acceso a una versión incompleta.
En cuanto a la propuesta de Quiroga, considero que modificar el artículo 320 no sería suficiente. Para generar un marco efectivo de protección a la inversión extranjera sería necesario avanzar también en acuerdos bilaterales de inversión, y evidentemente Estados Unidos debería ser una prioridad.
Sin embargo, la experiencia del pasado es reveladora. Según el Banco Central de Bolivia, la inversión extranjera directa neta promedió US$342,1 millones anuales entre 2000 y 2006, cuando Bolivia formaba parte del CIADI, frente a US$475 millones entre 2007 y 2012. Esto muestra que pertenecer al CIADI no garantizó mayores flujos de inversión extranjera.
Incentivos tributarios: una lección del pasado
El proyecto también contempla excepciones al pago de determinados impuestos y aranceles, como el IVA, una política de incentivos que en el pasado tuvo resultados poco satisfactorios, como ocurrió con el Decreto Ley Nº 10045 de 1971, analizado en un artículo anterior publicado en La Razón.
Sorprende que se insista en políticas cuyos resultados históricos deberían invitarnos, más bien, a aprender de sus limitaciones.
Quisiera insistir en un punto: debilitar las finanzas públicas mediante excepciones tributarias y deteriorar la competitividad de los exportadores a través de un tipo de cambio real decreciente son, en buena medida, dos caras de una misma moneda.
Cuando el Estado recauda menos y aumenta el déficit fiscal, se generan presiones sobre los precios internos que pueden reducir la competitividad de las exportaciones.
Por ello, los incentivos tributarios tienen un costo fiscal que debe evaluarse cuidadosamente. Bolivia necesita atraer inversiones con seguridad jurídica, estabilidad macroeconómica, reglas claras, disciplina fiscal y competitividad.
Aprender de nuestra historia no significa rechazar la inversión extranjera, sino atraerla sin repetir los errores del pasado.
