Más de cincuenta días de bloqueos, desabastecimiento de combustible y una economía paralizada, todo en el marco de una disputa por el poder político. Bolivia acaba de atravesar el episodio de conflicto social más prolongado del siglo XXI en el país, con reminiscencias del cerco histórico de Túpac Katari en 1781. El resultado no fue la caída del gobierno de Rodrigo Paz ni el triunfo de ninguna de las fuerzas que empujaron las medidas de presión. Fue, en cambio, una radiografía descarnada de la correlación real de fuerzas en las calles bolivianas: un mapa de apoyos, aislamientos y agotamientos que tardará en borrarse.
Carlos Saavedra, comunicador y especialista en comunicación política, tiene una larga trayectoria en el análisis de las luchas por el poder en Bolivia. En diálogo con Animal Político, de La Razón, presenta un balance del conflicto que no escatima diagnósticos sinceradores para ninguno de los actores involucrados.
Una pulseta que dejó tres resultados
En Bolivia, la calle no es solo el escenario de la política: es uno de sus árbitros. Saavedra enmarca el conflicto en una perspectiva histórica de larga data. «La Revolución del 52, la salida de Barrientos, las dictaduras militares, la recuperación de la democracia, la guerra del agua, la guerra del gas, el quiebre de 2019 con las pititas: todos los cambios de ciclo son traumáticos y no necesariamente son solo institucionales. En Bolivia el cambio de ciclo se decide en la calle”. Lo que acaba de ocurrir, en su lectura, es parte de esa misma tradición, aunque con un resultado que no termina de entregar claridad. «No siento que se haya terminado de definir algo. Hacia dónde va el país todavía está en la nebulosa”.
De esa zona confusa y ambivalente, sin embargo, emergen al menos tres resultados que estructuran el balance. El primero es el aislamiento del evismo, que apostó al derrumbe del gobierno y quedó más solo que al inicio del conflicto. El segundo es la desconexión entre el bloque popular indígena y campesino y la Bolivia urbana: una brecha que la movilización no solo no logró cerrar, sino que profundizó. El tercero es un gobierno que superó su primer gran embate pero que, según Saavedra, aún no entiende del todo lo que el conflicto le está exigiendo hacia adelante.
Protesta sin liderazgo ni propuesta
Uno de los rasgos más llamativos de los cincuenta días de bloqueo fue la imposibilidad de identificar una conducción clara. Ninguno de los dirigentes visibles —Mario Argollo, Nilton Condori, Vicente Salazar, el propio Evo Morales— tuvo en ningún momento la capacidad de llamar a la desmovilización por sí solo. Esto revela no solo una fragmentación de liderazgos sino una ausencia de visión estratégica colectiva. Saavedra va aún más lejos. «El bloque popular está en un momento de profundo extravío. No tiene una capacidad de cohesión nacional. Creo que está siendo víctima del desgaste de mucho tiempo de ejercicio del poder. No ha logrado reinventarse, no se termina de conectar, especialmente con los mundos urbanos, donde los niveles de rechazo a la protesta han sido muy altos”.
La paradoja más elocuente del conflicto es precisamente esa: una movilización con capacidad de daño económico real, sostenida durante más de cincuenta días, no logró construir ningún argumento que resonara más allá de sus propias bases. Ninguno de los dirigentes le habló al país; todos hablaron desde su propio ámbito social o sectorial. Y el desmarque fue generalizado y tempranero. El Magisterio salió de la protesta, el transporte nunca terminó de incorporarse, los gremiales fueron duros contra el bloqueo. La Central Obrera Regional (COR) de El Alto no entró, las FEJUVE terminaron acercándose al gobierno, la CIDOB se fue. Al final, solo resistieron dos espacios: el altiplano paceño con la Túpac Katari y el Chapare con las seis federaciones del trópico. «Les pasó lo mismo que a Santa Cruz en su momento”, señala Saavedra. Durante el paro de los 36 días en 2022, “Santa Cruz estaba aislada y no lograba que el país se sumara. Aquí quedaron aislados y bloqueados el altiplano paceño y el Chapare”.
Tres tipos de movilizados
El problema de fondo, en su diagnóstico, fue de lectura histórica. «Uno de los grandes errores de esta movilización ha sido pensar que estabas en el año 2000 o 2003, donde había una pulsión de cambio solo hacia lo popular. Hoy no hay esa pulsión y eso es algo que no lo han terminado de entender los movilizados”.
Detrás de la imagen de unidad que intentó proyectar la protesta había, en realidad, tres tipos de actores con motivaciones distintas y destinos diferentes.
El primero es el de los agraviados genuinos. Ciudadanos que durante la campaña electoral sintieron que Rodrigo Paz los cortejó y que después percibieron que el gobierno no gobernaba con ellos. Su reclamo, dice Saavedra, «es histórico y válido, y creo que el gobierno tiene que entender ese mensaje”. Pero entenderlo no significa, en su lectura, repartir espacios de poder a grupos corporativos. «No pasa por decir, para la COB esto, para los Túpac Katari esto otro”. Lo que el gobierno debería hacer es traducir ese mensaje en la composición simbólica de su conducción. «Debería entender que le hace falta pluralidad en la composición de su gabinete y en su representación. Si no lo entiende, esta tensión va a ser permanente”, sostiene el analista.
En ese sentido, apunta errores concretos. Por ejemplo, la eliminación temprana de la ley de impuesto a las fortunas y un gabinete que «prácticamente no tiene un rostro popular». Son, afirma, señales simbólicas que alejaron a estos sectores antes de que el conflicto empezara.
Actores e intereses
El segundo actor es el de las dirigencias sectoriales —la COB, la Túpac Katari y sus equivalentes— que salen del conflicto profundamente desgastadas. Saavedra los compara con lo que ocurrió en Santa Cruz tras los 36 días que dejaron políticamente embargados a Luis Fernando Camacho y Rómulo Calvo. «Hoy los veo imposibilitados de ser interlocutores válidos de protesta social nuevamente. Aislados, sin el físico político para intentar ejecutar nuevas medidas de presión”. A ese desgaste se suma un cerco jurídico que asoma. «Se va a venir una andanada de denuncias de los mismos sectores que se han visto afectados por los bloqueos. Van a estar jurídicamente acorralados, políticamente fragmentados y moralmente derrotados”, dice el especialista.
El tercero es el evismo, y es aquí donde el análisis de Saavedra se vuelve más severo. El expresidente apostó al derrumbe del gobierno y terminó siendo repudiado incluso por sus aliados más cercanos. Que Mario Argollo, al momento de cerrar el acuerdo con el gobierno, le cargara a Evo Morales la culpa del fracaso de la medida es, para Saavedra, una imagen «mortal». Muestra hasta qué punto el liderazgo que cohesionó al bloque popular durante casi dos décadas se ha convertido en un lastre. «De poder ser un mito viviente en la política nacional, el hombre que abrió la construcción del Estado Plurinacional, la herencia de la inclusión indígena, campesina y obrera, termina siendo un liderazgo con una obsesión casi patológica por el poder, con un sentimiento permanente de persecución y con un aislamiento profundo”. La trayectoria, concluye, es inexorable. «El evismo está cada vez más reducido. Ya no lo quieren cerca porque lo que se impregna de evismo está destinado al fracaso”.
Las ausencias que hablan
Hubo otros actores en este conflicto, tan elocuentes por su silencio como los anteriores por su protagonismo. Durante los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce, el Pacto de Unidad ocupaba un sitial privilegiado, junto con el CONAMAQ. Las denominadas trillizas (Bartolinas, CSUTCB e Interculturales) ostentaban una presencia discursiva y política que parecía inamovible. Se les endosaba una representación casi mítica del pueblo boliviano, una legitimidad que en muchos casos superaba formalmente a la del propio partido gobernante. En el conflicto reciente, esas organizaciones brillaron por su ausencia.
Para Saavedra, esa ausencia no es casual sino sintomática: el derrumbe del masismo como fuerza hegemónica arrastra consigo toda una forma de gobernar. «Hubo mucha prebendalización de las organizaciones. Las organizaciones tienen que reinventarse porque se han visto muy cautivas de las prebendas y muy corrompidas. Eso hace que ya no tengan la capacidad de movilización ni la fuerza moral que tenían antes». El cogobierno corporativo, que fue durante años el sello distintivo del modelo, hoy es precisamente uno de los elementos más desprestigiados del ciclo que se cierra.
A eso se suma un problema generacional y de actualización política. Saavedra señala que muchas de estas dirigencias «piensan que la forma de organización de inicios de este siglo continuaba intacta. No entendieron todo lo que ha pasado: los conflictos, las transformaciones sociales y también los cambios tecnológicos. La interconectividad con la que viven las nuevas generaciones». Son, en su diagnóstico, organizaciones anquilosadas que no lograron leer el nuevo tiempo y pagaron el precio de esa rigidez con la irrelevancia.
El otro extremo
El conflicto tuvo también actores que operaron desde el extremo opuesto de la polarización. Grupos de la oposición conservadora más radical que, según Saavedra, compartían con el evismo una misma lógica antidemocrática. Apostaban a la ruptura del orden constitucional para generar un escenario electoral más favorable. «Son muy parecidos los dos —dice—: una especie de evismo de derecha, con las mismas lógicas, las mismas aspiraciones, las mismas prácticas, pero solo desde la perspectiva opuesta”. Estos actores no quedaron satisfechos con el resultado y tampoco desaparecen del mapa. «Los veo al acecho, en una lógica conspirativa, apostando al desgaste del gobierno”.
El gobierno en la coyuntura
El gobierno de Rodrigo Paz superó el conflicto, pero Saavedra es cuidadoso al momento de llamar a eso una victoria. La resolución fue más favorable al gobierno que a quienes convocaron los bloqueos, pero el costo fue real y las lecciones son exigentes. La primera y más importante: «en Bolivia no solo basta con tener gobernabilidad en la Asamblea; tienes que tener gobernabilidad en la calle. Porque el tejido social-organizacional es bastante denso y es determinante”. Sin un pacto social que lo sustente, ningún gobierno puede operar con estabilidad en un país con esta densidad organizativa.
La segunda lección es de oportunidad perdida. El Decreto 5503 contenía una agenda de reformas —ley de hidrocarburos, ley de minería, ley de inversiones— que el gobierno no logró sostener. «Si el gobierno quería implementar una agenda de cambios, el momento que tenía era hacerlo al inicio y si se mantenía firme en el 5503, yo creo que podía haber logrado eso. Hoy la situación es distinta”. A siete meses de gestión, la ventana de impulso inicial se cerró y las condiciones son otras.
Acuerdos mínimos necesarios
Bolivia sale del conflicto sin una agenda clara de ninguno de los dos lados. El signo más perturbador de la crisis no es el enfrentamiento sino el vacío de proyecto. Ni el gobierno muestra con precisión hacia dónde va ni sus opositores tienen una idea articulada de país posible. «Seguimos en la nebulosa de la transición», remarca Saavedra. Desde ahí identifica los consensos que, aunque no se expliciten, están latentes y son el único terreno sobre el que puede construirse algo.
El primero es la reforma institucional de la justicia, que nadie en el espectro político discute seriamente pero que todos reconocen como urgente. El segundo es una apertura económica que no implique abandonar el rol del Estado pero que genere condiciones mínimas hacia adelante. «Si no se generan ciertas aperturas, no hay viabilidad. No hay recursos ni para pagar el combustible, que es lo más básico”. El tercero es la preservación de lo que el ciclo anterior dejó de irrenunciable: la inclusión de lo indígena, lo campesino y lo obrero en las esferas del poder, que Saavedra no ve como herencia del MAS sino como conquista de la sociedad boliviana que ningún gobierno puede ignorar sin costo.
Lo que el momento exige, en su diagnóstico, es una agenda consensuada con actores políticos, sociales y autonómicos que defina con claridad qué se va a hacer con la economía, con la inserción internacional del país y con la reforma institucional. «Necesita alianzas y necesita agenda: esas son las dos condiciones centrales para la gobernabilidad”. El conflicto que acaba de cerrarse no resolvió nada de fondo, pero dejó una cosa en claro: sin esas dos condiciones, la nebulosa no se despeja y la próxima tormenta es solo cuestión de tiempo.
