Luis de Haro. Director general de iSanidad
La sanidad española avanza hacia un modelo donde el éxito ya no se mide por disponer del equipamiento más sofisticado. Se trata de mejorar la capacidad para generar valor clínico en el proceso asistencial. Este cambio de paradigma implica una transformación profunda para médicos, gestores y la administración. Atrás queda la época en la que la mera adquisición del dispositivo más moderno era sinónimo de calidad; la práctica clínica ha demostrado que el impacto real de la tecnología depende estrictamente de su integración en el uso cotidiano.
El valor clínico empieza a imponerse en la forma de concebir la compra de la tecnología sanitaria
El I Informe de los Ciclos Communis MedTech de iSanidad refleja esta evolución: el sistema ya no demanda proveedores de producto, sino soluciones que integren organización y resultados. Para el profesional sanitario, la prioridad actual es contar con herramientas que optimicen las decisiones clínicas, reduzcan tiempos y mejoren los circuitos asistenciales. En definitiva, el valor se mide en salud, no en prestaciones técnicas.
Este enfoque es especialmente urgente en el contexto actual, donde el envejecimiento poblacional, la cronicidad y la presión sobre los recursos humanos aumentan la complejidad de la gestión. Con una facturación que supera los 12.700 millones de euros anuales, el sector de la tecnología sanitaria representa un componente clave del sistema, un volumen que exige una visión estratégica donde la adquisición se entienda como una inversión en eficiencia y no como un simple gasto.
Los 12.700 millones de euros anuales que supone la compra de tecnología sanitaria exigen una importante visión estratégica
Los 12.700 millones de euros anuales que supone la tecnología sanitaria exigen una visión estratégica orientada a la inversión y no al gasto. El marco regulatorio y la evolución de la contratación pública acompañan este cambio conceptual. La futura evaluación de tecnologías sanitarias introducirá criterios basados en la evidencia para valorar el impacto organizativo de cada solución. Al reducirse el peso del precio en los procesos de compra, la administración puede priorizar los resultados en salud. Se podrá adaptar la inversión a la realidad y las necesidades de la práctica médica.
La industria, por su parte, ya transforma su rol mediante modelos que combinan dispositivos, servicios y análisis de datos. Estas nuevas fórmulas, sumadas al pago por servicio o proceso en lugar de por volumen de actividad, alinean los intereses de todos los actores del sistema. Logran que la tecnología deje de ser un elemento aislado.
Sin embargo, este avance aún enfrenta el reto de la obsolescencia, visible tanto en la antigüedad de los equipos como en la innovación que no llega a incorporarse. Para solucionarlo y diseñar estrategias de renovación equitativas, urge un censo nacional de tecnología sanitaria en centros públicos y privados. Solo combinando este diagnóstico real del sistema con la participación activa del paciente se logrará consolidar una sanidad verdaderamente eficiente y orientada al valor.




