Hoy, más que nunca en nuestra historia de conflictos, Bolivia debería estar liderada por cuadros políticos de alta calidad, poseedores de visiones de largo plazo y capaces de combinar el pensamiento racional con la anticipación del futuro. Un episodio crucial de nuestro pasado demuestra cómo este tipo de liderazgo estratégico puede cambiar el rumbo de un país, dejándonos valiosas lecciones para el presente.
Para comprender este hito, debemos remontarnos a agosto de 1949. Bajo la presidencia de Enrique Hertzog, estalló una violenta guerra civil liderada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Ante la gravedad del conflicto, Hertzog se licenció y luego renunció, asumiendo el mando el vicepresidente Mamerto Urriolagoitia, quien logró sofocar la insurrección armada. Este enfrentamiento dejó al país profundamente polarizado y con las heridas abiertas de cara a las decisivas elecciones de mayo de 1951.
En vísperas de esos comicios, el ala derecha del MNR temía que el nombre de Víctor Paz Estenssoro fuera rechazado por la población tras años de lucha y eventos luctuosos, como el colgamiento del presidente Villarroel y la reciente guerra civil. Por ello, una delegación viajó a Buenos Aires para proponerle que cediera la candidatura presidencial al intelectual Franz Tamayo. Al retornar a Bolivia, la comitiva recibió la promesa de Paz Estenssoro de que enviaría una respuesta formal.
La respuesta llegó de la mano de su joven secretario privado, el Dr. Manuel Paz S., quien registró una postura de notable lucidez política: el candidato debía ser un militante genuino del MNR. Paz Estenssoro preveía que ganarían las elecciones, que el gobierno se negaría a entregar el poder y que este desconocimiento colocaría al régimen en la ilegalidad y al MNR en el lado de la legitimidad. Además, la cohesión demostrada por las bases en 1949 aseguraba que, en ese inevitable choque de fuerzas, el movimiento popular vencería.
Al día siguiente de enviar la carta, Paz Estenssoro le confesó a su secretario que había tenido la pesadilla de ganar la elección y que sus enemigos le entregaran el gobierno de forma pacífica. Él quería evitar ese escenario, afirmando que el MNR no era un partido de «caballeros de salón» y que el viejo orden debía ser desplazado del poder de forma categórica para consolidar el cambio histórico.
Mientras el MNR cerraba filas bajo esta estrategia, el presidente Urriolagoitia fue incapaz de unificar a las fuerzas de derecha en torno al candidato oficialista Gabriel Gosálves. Al contrario, se consolidaron tres candidaturas de similar tendencia: Guillermo Gutiérrez Vea Murguía (Acción Cívica Boliviana), Lucio Díaz Medina (Partido Liberal) y Bernardino Bilbao Rioja (Falange Socialista Boliviana).
Esta fragmentación facilitó la victoria electoral del MNR. Ante el resultado, Urriolagoitia desconoció la elección y transfirió el poder a una junta militar, la cual terminaría siendo derrocada meses después por la insurrección popular de abril de 1952.
Este episodio histórico nos deja tres grandes lecciones aplicables al presente político nacional. En primer lugar, demuestra que la polarización extrema suele fraccionar los frentes políticos por dentro, tal como le ocurrió a la derecha en 1951 al dispersar sus candidaturas.
En la actualidad, las posturas de sectores que exigen políticas económicas radicales y mayor punición contra el movimiento sindical e indígena reflejan una visión de corto plazo que, de imponerse, solo fragmentará a la oposición y pondrá en riesgo su frágil hegemonía.
En segundo lugar, el debate interno en momentos de crisis hace indispensable un liderazgo de carácter y con visión de Estado para unificar las fuerzas, un rol que Paz Estenssoro ejerció con notable frialdad analítica y que hoy parece ausente en el escenario boliviano.
Finalmente, el desenlace de Urriolagoitia prueba que el uso excesivo de la fuerza reduce el margen de acción de un gobernante y acelera su declive político, una constante en nuestra historia que se repitió décadas después con la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 tras las crisis del agua y del gas.
Dedicatoria: A Manuel Paz Soruco, por sus incisivos relatos sobre la vida política del MNR.
