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Menos mal que nos queda el Mundial

Luis de Haro. Director general de iSanidad
El Mundial de fútbol llega en un momento especialmente delicado para los profesionales sanitarios, que llevan demasiado tiempo trabajando al límite. No se trata solo de soportar cargas asistenciales elevadas, sino de convivir con una acumulación de factores que va erosionando la vocación de forma progresiva. La incertidumbre permanente en torno al estatuto marco, la falta de personal estructural que ha convertido lo excepcional en rutina diaria, las jornadas maratonianas que hacen imposible una conciliación real, el aumento de agresiones y la presión constante de reclamaciones configuran un escenario cada vez más complejo. Pero, por encima de todo, pesa la sensación de que no existe un horizonte claro de mejora. La situación es asfixiante y no admite atajos: nadie con un mínimo de realismo cree que vaya a resolverse a corto plazo.

No hay un horizonte de mejora en la realidad diaria y nadie piensa que vaya a resolverse de forma rápida

Este desgaste no es solo una cuestión interna del sistema sanitario; es también un reflejo bastante preciso del estado general de la sociedad. Fuera de hospitales y centros de salud, el ambiente no resulta mucho más liviano. La secuencia de escándalos judiciales parece no tener fin, el enfrentamiento político contamina cualquier conversación y las guerras devuelven una sensación persistente de fragilidad. A todo esto se suman problemas muy concretos —la vivienda, la seguridad o la economía— que impactan directamente en la vida diaria. Todo suma y todo cansa.

En este contexto, el Mundial aparece casi como un paréntesis terapéutico. Evidentemente, no va a arreglar los problemas de la sanidad, ni a abaratar la vivienda, ni a rebajar la tensión política. Para eso ya contamos con otros mecanismos, cuya eficacia todos conocemos. Sin embargo, sí puede ofrecer algo que ahora mismo resulta muy necesario: una tregua emocional compartida. El fútbol tiene una capacidad poco habitual para generar un lenguaje común y reunir a personas muy distintas alrededor de una misma ilusión.

El Mundial aparece como una tregua emocional, uniendo a todos en un mismo afán como si fuera una anestesia social

Por eso, y sin ironía, conviene decirlo con claridad: ojalá España llegue a la final. Que gane o no es casi secundario. Lo verdaderamente relevante es prolongar ese espacio de distracción que funciona como una forma de anestesia social. Durante unas semanas, el foco se desplaza y la conversación deja de girar en torno a listas de espera o reformas bloqueadas para centrarse en si el equipo funciona, si el planteamiento es acertado o si un cambio llegó tarde. Puede parecer banal, pero cumple una función de descompresión que no deberíamos subestimar.

Quienes ven en todo esto una simple evasión quizá olvidan que no todo descanso es irresponsable. También las sociedades necesitan mecanismos de autocuidado. Igual que un profesional sanitario agotado necesita desconectar para poder seguir cuidando, un país entero requiere pequeños respiros para no romperse. Negarlos solo contribuiría a hacer aún más pesada una situación ya difícil de sostener. Nos queda el Mundial. Nos queda esa ilusión prestada, ese calendario de partidos que organiza los días y ese grito compartido que, aunque sea breve, ayuda a aligerar el ánimo. No arregla lo importante, pero permite sobrellevarlo un poco mejor.

No conviene despreciar ningún alivio a una sociedad tan hastiada como la que tenemos

Y, tal como están las cosas, no conviene despreciar ningún alivio. Porque si dejamos de mirar el marcador y nos enfrentamos sin tregua a una situación que sigue siendo pesada y de difícil solución a corto plazo, la duda que aparece es inevitable: no es cómo llegaremos al final del torneo, sino con qué fuerzas llegaremos a después del verano.

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