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Messi, la solidaridad y el caudillismo

No soy fanático del fútbol. En este Mundial mi adhesión a Argentina nació de una solidaridad familiar: Valentina, es también argentina. A ello se agrega una pertenencia latinoamericana que, sin anular otras simpatías, orienta los afectos.

Algunos partidos me dejaron una reflexión sobre el liderazgo, la solidaridad, las instituciones y la violencia.

Messi era marcado sistemáticamente por dos o tres adversarios. Aquella presión podía conducirlo a intentar resolver cada jugada individualmente o, por el contrario, a comprender que la atención concentrada sobre él liberaba espacios para sus compañeros. En varios momentos eligió lo segundo: no desapareció para que aparecieran los demás; utilizó su presencia para hacerlos aparecer.

Allí se revela una cualidad particular de liderazgo: la comprensión de la interdependencia.

No se trata de afirmar que Messi renunció a marcar goles ni de adivinar una intención moral escondida en su conciencia; sí de observar una conducta: quien concentraba el mayor talento, reconocimiento y atención fue capaz de transformar esa centralidad en oportunidades para otros.

Eso puede denominarse generosidad estratégica o liderazgo de servicio. No es la renuncia al protagonismo, sino su multiplicación. El líder mediocre necesita concentrar todas las miradas; el líder superior convierte las miradas que recibe en posibilidades para quienes lo rodean.

España permitió observar otra dimensión. Su funcionamiento colectivo puede relacionarse, prudentemente, con la solidaridad orgánica de Émile Durkheim, que se da en las sociedades complejas y no nace de que todos sean iguales o realicen la misma función, sino de la diferenciación y la interdependencia. Cada integrante cumple una tarea específica y, precisamente por ello, necesita de los demás.

España integró sus individualidades dentro de un sistema; conservando sus capacidades, las subordinó a una estructura compartida; no dependía solamente de la voluntad de una figura excepcional: estaban incorporadas en la organización del equipo (tick tock de Cruyff).

Esta diferencia resulta particularmente sugerente para América Latina y Bolivia, sociedades caracterizadas por una persistente debilidad institucional y una recurrente búsqueda de caudillos.

El caudillismo es simultáneamente producto y productor de esa debilidad. Con instituciones lentas, corruptibles, excluyentes o ineficaces, la sociedad busca a alguien que resuelva aquello que el sistema no puede resolver; aparece como un atajo y una vez instalado, necesita que las instituciones continúen debilitadas para seguir de indispensable. Las subordina, las desacredita o las convierte en prolongaciones de su voluntad. La institución débil produce al caudillo; el caudillo, a su vez, profundiza la debilidad institucional.

Para Max Weber, el problema no es ese liderazgo, sino que el carisma sustituya a las reglas. El caudillo pretende convertirse en jugador, D.T., árbitro y reglamento: procura encarnar la institucionalidad

Allí aparece la violencia.

Así, quien discrepa es considerado enemigo o traidor. Al debilitarse la institucionalidad y los mecanismos de mediación, los se resuelven mediante presión, intimidación o persecución.

La violencia no surge únicamente porque el caudillo ordene ejercerla, también porque destruye las mediaciones que impiden que cada conflicto termine en enfrentamiento.

Messi convirtió la presión concentrada sobre su figura en libertad para sus compañeros. La política democrática debería hacer algo semejante con el poder: transformar su concentración en capacidad distribuida.

El líder democrático utiliza su poder para multiplicar protagonismos. El caudillo utiliza los protagonismos ajenos para multiplicar su poder.

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