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Meta-tribu

El ser humano ha fallado como animal. A diferencia de todas las demás especies, como por ejemplo el oso que hiberna o las aves que migran por el clima, cada una ajustada a su ambiente y capaz de sobrevivir según su naturaleza, el Homo sapiens llegó al mundo mal equipado, es decir, sin garras, sin pelaje suficiente, sin instintos que basten para sostenerse.

Es un animal con columna vertebral, mamífero placentario, pero también un animal que, si hubiera estado a merced únicamente de su naturaleza e instintos, no habría conseguido sobrevivir. Y, sin embargo, aquí está. Lo que lo salvó no fue su capacidad de adaptarse —su evolución cambió de rumbo respecto a la de los demás—, sino un destello, o quizás un fallo, de su mente; a este fallo que destella lo llamamos técnica.

Desde un palo usado como prolongación de su cuerpo hasta un cohete interplanetario, la técnica es la prótesis que compensó ese fracaso animal y lo definió como animal antropotécnico. El lenguaje es otra de esas prótesis, una frontera que los demás animales no cruzan, como tampoco cruzan la invención del pasado y del futuro, ya que ellos viven un presente continuo.

Con el lenguaje aprendimos a saber quién miente y quién es leal, a vigilar al de adentro y a nombrar al de afuera, y con el tiempo aprendimos a encarnar el miedo a la muerte. La razón gestiona y transforma la técnica para prolongar la vida de la comunidad: levantó ciudades y encadenó el conocimiento en los contenedores que llamamos libros. Pero esa misma razón que construye es la que teme y la que inventó la guerra.

Desde sus inicios, el Homo sapiens solo ha sobrevivido por su pertenencia a un grupo llamado tribu. En ese contexto, «ellos o nosotros» es el sintagma nominal que atraviesa toda la historia humana, porque opera con una disyunción y no con una conjunción. Numerosos pueblos se nombran a sí mismos con palabras que significan «seres humanos» o «gente verdadera»: los inuit del Ártico se llaman así, «la gente»; los lenape de Norteamérica adoptaron un nombre que evoca a los «seres humanos auténticos»; los yanomami, entre la selva de Venezuela y Brasil, hacen lo mismo. La antropología llama a esto «endónimo etnocéntrico», una operación lingüística que reserva la plena humanidad para los suyos. Frente a ello, quienes pertenecen a otras aldeas son designados con términos que no solo marcan la diferencia, sino que la sitúan en el terreno de lo hostil: el «otro» no es simplemente distinto, es un enemigo en potencia.

En tanto la razón opera como herramienta de supervivencia, esa misma razón nos ha dado la característica central de lo humano: vivir en conjunto. Y el conjunto nunca deja de crecer. La lógica ha sido siempre la de ensanchar el círculo: de la banda al clan, del clan a la tribu, de la tribu al pueblo, del pueblo a la nación. Cada frontera que parecía definitiva terminó siendo provisional, absorbida por una pertenencia mayor.

Lo que ayer era el extraño de la aldea vecina es hoy el compatriota, y el enemigo de ayer, el aliado de la federación siguiente. Si la dirección es esa, cuesta no imaginar el final del recorrido: una sola tribu planetaria. Aunque esa dirección la marca la lógica, el instinto empuja hacia el lado contrario.

Si la tribu ha sido el refugio del ser humano, el destierro es su mayor castigo. Hoy, tras milenios, los países no son más que la organización de tribus enormes. Llamemos a ese fenómeno meta-tribu, y al nacionalismo la manifestación política de defensa de sus límites: la fe interna organizada en contra de la otra tribu —hemos podido ver su abstracción más elevada en el reciente mundial de fútbol—, un grupo en contra del otro grupo de seres humanos. Vista desde la antropología, la historia se lee como una destrucción de unos contra otros por causas que solo han cambiado de nombre: los límites de permanencia son hoy las fronteras; la diferencia de costumbres, la cultura; los factores de salubridad y migración, el ataque y el posicionamiento.

Todo sugiere que seguimos habitando un estado primitivo y tribal. El animal que se salvó de su fracaso gracias a la técnica la usa ahora para reproducir su instinto más animal. La adaptación que describió Darwin nos dejó a mitad de camino: seguimos sin ver a un ser humano. Vemos las diferencias que nos velan los ojos, y a través del racismo vemos a un miembro distinto, de otro bando. Mientras tanto, así como creció la tribu se potenció la técnica, y hoy manejamos una tecnología que crece más rápido de lo que podemos comprender, plegándola a nuestras viejas capacidades tribales de supervivencia. Herramientas del siglo XXI operadas por instintos del Paleolítico.

Bolivia lo escenifica de manera casi literal. En 2009 el país dejó de llamarse República para refundarse como Estado Plurinacional, y la Constitución promulgada reconoció treinta y seis naciones y pueblos, con sus lenguas, sus autonomías y sus territorios. Y, sin embargo, ocho de cada diez bolivianos dicen sentirse parte de la nación antes que de su región: la meta-tribu todavía convoca, aun cuando por dentro no deje de fracturarse. El círculo, en los hechos, se está encogiendo. Basta seguir un conflicto sindical boliviano cualquiera: organizaciones que ayer firmaban un pacto de unidad y bloqueaban juntas se acusan de «traición» al día siguiente, apenas una de ellas negocia con el Gobierno o la meta-tribu, y evalúan romper filas.

La unidad era apenas un simulacro, una tregua entre tribus. El aliado no dejó de serlo por un cambio de principios, sino por un reacomodo de la frontera del «nosotros» y la construcción inmediata de un «ellos». La conspiración, el reproche y la sospecha son aquí armas paleolíticas y, al mismo tiempo, la técnica del lenguaje operando como operó siempre, dividiendo a la tribu grande en tribus menores que vuelven a mirarse como enemigas. Los mitos impresos de las nuevas «narrativas» pretenden convertir una región en nación, pero no ensanchan el círculo, lo recortan. Tal vez sea muy animal aceptar que hoy vivimos en tribus enormes. Y tal vez sea muy humano comprender que somos de la misma especie, y no de la otra tribu.

 

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