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Mundos interiores

La máquina para hacer cocineros se atascó. Un cocinero estaba a medio salir, así que salió solo medio cocinero. Un cocinero a medias no sirve, como todo a medias, no sirve. Ni una canción, ni una caricia, ni una tormenta. El atasco pudo haber sucedido por cualquier motivo.

Esas máquinas no están bien hechas, son de plástico ordinario reciclado desde el siglo XXIV, por el poderoso asiático que iba dominando el mundo sin mayor problema, hasta la gran lluvia de langostas gigantes, en mayo del XXVI. Así había empezado a escribir el profesor de química, que además de profesor, escribía ciencia ficción en sus ratos libres. Estuvo bastante tiempo tomando notas sobre el mundo que iba a construir, con insectos gigantes, máquinas de hacer cosas inútiles e inútiles haciendo máquinas.

Hasta que en determinado momento de sus importantes preocupaciones, lo llamó la madre para cenar y no era de las madres que tenía mucha paciencia a las horas de las comidas. Ya varias veces lo había expulsado de la mesa por sentarse tarde, frente a un plato de comida fría. Entonces el profesor tuvo un bloqueo por la interrupción. Un escritor interrumpido debe ser una cosa espantosa, como un queque interrumpido, como un suicidio abortado entre el piso 9 y el piso de cemento. Así, en medio de un bloqueo y del imperativo de mover el cuerpo y arrastrarlo hasta la mesa, tomó su libreta de apuntes y fue a cenar. En el trayecto tuvo tiempo para anotar una pregunta. ¿Por qué no hay ni una foto de mi padre? No está en ningún lado.

Bueno, tampoco estuvo mucho en el departamento, ni en la mesa ni en los domingos de ramos ni en los domingos de fútbol ni en la semana santa ni en el mediodía de todos los santos. Quizás este próximo todos santos le hagamos una mesa en medio de la historia de las langostas gigantes.

Puede ser, eso se debe anotar. Había puré con huevo frito y una salsa golf que en verdad había sido, por separado, salsa de tomate y mayonesa. La madre aprovechaba todo resto de comida para convertirla en algo novedoso, como si conociera a fondo el principio del tercero incluido, de la cosmovisión andina, que se la pretende usar siempre, como con calzador, para explicar cualquier obra de entretenimiento, extranjera o local, con pretensiones de extranjerismo. Por supuesto, el presupuesto de la madre, sumado al del profesor, no alcanzaba para más que una discreta cena con huevo y papa. El presupuesto sumado de ambos debía alcanzar para su básica subsistencia, sin pensar siquiera en alguna distracción fuera de la rutina diaria. Así, sus días de pagar para vivir, pasaban entre la repetición como norma.

Y en medio de esa norma, otra, llevada a buen puerto por la señora, la de la obediencia. A la hora de cenar, a la hora de despertar, de apagar la luz, de tomar toda la sopa. La obediencia por sobre todo. Para conseguirla, debía infundir miedo y para este cometido, saber a detalle todos los secretos turbios del hijo profesor, escritor de tiempo libre. Nadie tiene tiempo libre, lo que se tiene es un tiempo de reposición de energías para continuar con los actos productivos, sean que sirvan para algo o no.

Ella construyó un mundo alrededor de la vida del hijo, con minuciosidad, anotando detalles de la coherencia de ese mundo, con los días sus vidas. Dentro del mundo inventado por la madre, habitaba un profesor de química, que nunca había estudiado química, que no era un hijo, que escribía por encargo de su esposa, en las noches, después de cenar.

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