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Navegar es necesario, vivir no es necesario

Plutarco cuenta que, en medio de una feroz tormenta, cuando los marineros se negaban a zarpar por miedo a morir, Pompeyo les recordó que transportaban el trigo que alimentaría a Roma. Entonces pronunció una frase que atravesó los siglos: «Navegar es necesario, vivir no es necesario.»

No era, por supuesto, una invitación al suicidio ni un desprecio por la vida. Era algo mucho más profundo. La afirmación de que existen causas, propósitos y responsabilidades que otorgan sentido a la existencia. Vivir, por sí solo, es apenas una condición biológica. Navegar, es decir, emprender un camino con dirección y significado, constituye una decisión profundamente humana.

Nuestra época, paradójicamente, ha invertido esa lógica. Nunca hemos vivido tanto ni con tantas comodidades, pero pocas veces nos hemos preguntado con tanta angustia para qué vivimos. Hemos convertido el bienestar en un fin en sí mismo y confundido la seguridad con la plenitud.

Queremos llegar, pero ya no sabemos adónde. Los antiguos griegos hablaban de la eudaimonía, esa vida buena que no depende exclusivamente del placer sino del desarrollo de las propias virtudes. Aristóteles insistía en que la felicidad no era un destino sino una actividad, una forma de recorrer el mundo. Mucho después, los estoicos recordarían que el único territorio sobre el que tenemos verdadero dominio es la manera en que caminamos, no el lugar donde terminamos.

La sociología también ha encontrado en el camino más respuestas que en la meta. Georg Simmel observaba que la aventura rompe la monotonía de la existencia precisamente porque interrumpe la rutina y nos obliga a descubrir quiénes somos. Alfred Schütz mostró que construimos sentido interpretando continuamente nuestra experiencia cotidiana y que no vivimos una historia ya escrita, sino una narración que redactamos mientras avanzamos. Erving Goffman, con la ironía que lo caracterizaba, describía la vida social como una sucesión de escenarios donde improvisamos papeles sin conocer del todo el libreto.

En tiempos más recientes, Zygmunt Bauman describió nuestra modernidad líquida como un viaje permanente sin puertos definitivos. Lo curioso es que muchos leen esa idea con pesimismo, cuando también puede entenderse como una extraordinaria oportunidad. Si el puerto nunca está garantizado, entonces cada jornada de navegación adquiere un valor propio.

Quizá por eso las mejores conversaciones nunca ocurren al final del viaje. Nadie recuerda con entusiasmo las dos horas que pasó haciendo fila en migración para obtener el pasaporte. Recordamos el desvío inesperado, el café escondido en una calle cualquiera, el amigo encontrado por azar o incluso el hotel espantoso donde ahora nos reímos de las desgracias compartidas. La memoria es una coleccionista de trayectos, no de llegadas.

Lo mismo ocurre con la vida. Nos educan para aprobar exámenes, conseguir empleo, comprar una casa, jubilarse… siempre la próxima estación. Cuando finalmente alcanzamos una meta, descubrimos que la satisfacción dura sospechosamente poco y enseguida aparece otro objetivo en el horizonte. Los psicólogos llaman a esto adaptación hedónica. Nuestros abuelos, con menos pretensiones académicas, simplemente afirmaban con sabiduría que el ser humano nunca está conforme. Tal vez tengan razón ambos.

Ya cité en otra oportunidad a Viktor Frankl, que sostenía que quien encuentra un porqué puede soportar casi cualquier cómo y lo vuelvo a mentar porque viene al pelo. Su reflexión no se refería únicamente a las circunstancias extremas que vivió, sino a la condición humana.

El sentido nunca está esperando al final del camino como una recompensa, más bien se construye mientras avanzamos. La sociología de la vida cotidiana nos recuerda justamente eso, que la existencia está hecha de gestos aparentemente insignificantes. El saludo al vecino, la conversación durante la cena, la caminata sin apuro, el trabajo bien hecho, aunque nadie lo aplauda. Son esos pequeños actos repetidos los que terminan definiendo una biografía mucho más que los grandes acontecimientos que solemos exhibir en las fotografías.

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Pompeyo hablaba de barcos. Nosotros navegamos entre reuniones virtuales, cuentas por pagar, mensajes sin responder y sueños que posponemos para «cuando haya tiempo». Pero la enseñanza permanece intacta. Lo verdaderamente necesario no es simplemente seguir respirando. Lo necesario es tener una travesía que justifique cada respiración. Porque, al final, la vida nunca fue el atracadero.

El puerto es apenas una pausa, un espejismo de estabilidad antes de que vuelva a soplar el viento. La vida es la travesía. El horizonte que siempre se aleja, las tormentas que nos enseñan más que las aguas calmas, los compañeros que suben y bajan de cubierta, las cicatrices que deja la sal sobre las manos y la certeza de que ningún mapa puede anticipar la belleza de lo inesperado.

Quizá por eso Pompeyo sigue interpelándonos más de dos mil años después. No porque nos invitara a desafiar la muerte, sino porque nos recordó que una existencia sin rumbo, sin curiosidad, sin causas y sin coraje puede prolongarse durante muchos años y, sin embargo, nunca convertirse verdaderamente en una vida. Navegar, al fin y al cabo, no consiste en llegar, consiste en merecer el viaje.

*Es sociólogo

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